UN MINUTO DE SILENCIO
Guardaremos unos
minutos de respeto y de meditación ante los fallecidos, pero no podemos ignorar
los terribles accidentes ferroviarios que han tenido lugar en España. No es
extraño que hayan alcanzado un eco con gestos de espanto en muchos países de la
tierra.
Estos desastres han suscitado en todos
nosotros un profundo dolor y desconcierto. Además, han dejado en nosotros una
siniestra desconfianza ante una técnica que muchos considerábamos eficaz y una
amarga suspicacia ante el comportamiento de personas que debieran ser fiables
para la sociedad.
A creyentes y no
creyentes la muerte de tantas personas inocentes nos obliga a replantearnos
nuestra presunta certeza sobre el valor de la vida humana y nuestro temor ante
el misterio de la muerte.
Los católicos
recordamos la reflexión sobre la muerte que el Concilio Vaticano II incluyó en
su constitución sobre la Iglesia en el mundo de hoy. En aquel famoso documento
se decía que “el máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre
con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo”. El sufrimiento se
aumenta cuando tal disolución es tan repentina como inesperada, tan dramática
como injustificable.
Para la
conciencia de cualquier persona, “el máximo tormento es el temor por la
desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar
la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo”.
Ahor bien, la fe
nos ayuda a descubrir y cultivar la semilla de eternidad que llevamos en
nosotros. Creemos que nuestro ser no se reduce a la sola materia.
Pero tanto los
creyentes como los no creyentes pensamos que “todos los esfuerzos de la técnica
moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre. La
prórroga de la longevidad que hoy proporciona la biología, no puede satisfacer
ese deseo del más allá que surge ineluctablemente del corazón humano”. Lo mismo
hay que pensar ante las promesas que hoy nos ofrece el transhumanismo, al que
se ha referido el papa León XIV en su encíclica “Magnifica humanitas”.
Según el
Concilio, “la fe responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre
el destino futuro del hombre”. Es más, la fe nos ofrece la posibilidad de una
comunión con nuestros hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza
de que poseen ya en Dios la vida verdadera. Esa fe no se puede imponer ni
impedir, pero se puede compartir.
Creyentes y no creyentes podemos unirnos para observar un minuto de respetuoso silencio por los difuntos. Pero también levantamos la voz para exigir una respuesta a nuestras preguntas por lo que se podía y se debía prevenir ante unas tragedias como estas. A los creyentes, la oración por los muertos no puede amordazarnos ante los vivos.
José-Román Flecha Andrés