EL ENVÍO Y LA
MISIÓN
“Si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi
propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis
para mi un reino de sacerdotes y una nación santa” (Éx 19,5-6). Ese es el
mensaje que Dios confía a Moisés en la montaña del Sinaí para que lo transmita a
su pueblo.
Ser propiedad de Dios es un honor y debería ser una
responsabilidad. Quien se sabe elegido por Dios nunca debería aceptar ser
dominado por otros poderes inhumanos. Esa pertenencia a Dios no es un
privilegio de unos pocos, sino que señala la vocación de todo un pueblo. Israel
queda consagrado a Dios y es llamado a vivir en
santidad.
Con el salmo responsorial, nosotros confesamos que nos
sentimos herederos de aquella elección divina: “Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño” (Sal 99).
Hemos sido elegidos gratuitamente. Cristo ha entregado su vida por nosotros. Por él hemos obtenido la reconciliación, como escribe san Pablo a los Romanos (Rom 5,6-11).
PONER ESPERANZA
Según
el evangelio de este domingo undécimo del tiempo ordinario (Mt 9,36–10,8),
Jesús envió a sus discípulos a una misión que parecía imposible: “Curad
enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios”. Jesús los había
llamado y ahora los enviaba para que continuaran su propia misión.
Es
verdad que los discípulos del Maestro han puesto salud donde había enfermedad y
proyectos de vida donde reinaba la muerte. Pero los seguidores de Jesús habrían
de poner esperanza donde solo había motivos para la desesperación. Limpiar las
lepras de esta humanidad es una tarea que exige el esfuerzo sincero de la
solidaridad mundial.
A veces imaginamos la expulsión de los demonios como una lucha casi imposible contra un monstruo indomable. Y así es en realidad. Sobre todo, porque lo demoníaco, siempre monstruoso, se esconde bajo formas políticamente correctas, como tantas veces repitió el papa Francisco. Solo la fe puede desenmascararlo y dominarlo.
UNA CULTURA NUEVA
Esos
cuatro encargos Jesús los inserta en una especie de decálogo. En realidad, el
anuncio del Reino de Dios los sitúa en la dirección precisa.
•
“Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca” (Mt 10,7). Anunciar la
cercanía y la presencia de Dios es y será siempre la tarea de todo cristiano.
Pero el anuncio ha de ir acompañado de gestos eficaces de servicio a los
enfermos y leprosos de esta tierra.
•
“Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca”. Ese anuncio obliga a la
Iglesia a reconocer la distancia que hay entre ella y el reinado de Dios, que
anuncia como cercano. Y la lleva a esforzarse por sembrar semillas de vida en
una cultura de la muerte.
•
“Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca”. El anuncio recuerda al
mundo entero que no cabe ignorar lo demoníaco de las decisiones antihumanas.
Descubrirlo con lucidez y rechazarlo con energía es el primer paso para crear
una cultura nueva.
Señor
Jesús, tú decías que la mies es abundante y que son pocos los obreros que
aceptan el envío. También hoy ese desafío nos interpela. Ayúdanos tú a aceptar
con alegría y generosidad nuestra responsabilidad en el anuncio del Evangelio.
Amén.
José-Román Flecha Andrés