LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Considerando las “cosas nuevas” que presentaba
la sociedad a finales del siglo XIX, el papa León XIII iniciaba la Doctrina
social de la Iglesia. Ahora el papa León XIV nos invita en su primera encíclica
a reflexionar sobre las “cosas nuevas” que nos ofrece la tecnología.
En su primera encíclica “Magnifica humanitas”, ocupa
un puesto central su consideración de la inteligencia artificial: una ayuda muy
valiosa que requiere una seria atención. Con esa
intención, el Papa nos ofrece algunos puntos fundamentales:
1. “Las denominadas
inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no
pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde
dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad”.
2. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan
el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el
peso de las consecuencias”.
3. El uso de la IA nunca es un hecho puramente técnico: cuando entra
en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta a sus derechos,
oportunidades, reputación y libertad.
4. No podemos considerar a la IA como moralmente
neutra. Todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que
mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y
situaciones.
5. Para que la IA respete la dignidad humana y
sirva realmente al bien común, es esencial que esté clara la responsabilidad de
quienes diseñan y programan los sistemas y hasta de quienes los utilizan.
6. Es preciso discutir el código ético que debe
ser usado, sometiéndolo a criterios de justicia social compartida. De lo
contrario, quien controla la IA impondrá su propia visión moral, que se
convertirá en la infraestructura invisible de los sistemas.
7. El
riesgo es que la IA haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la
cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad,
eliminar lo imprevisto y controlarlo todo.
8. No se trata ciertamente de oponerse a la
inteligencia, sino de recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida que
ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana.
9. La calidad de una civilización se mide no por
el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad
de reconocer un rostro en el otro y no una función.
10. El Papa nos invita a contemplar en el rostro
del Hijo de Dios una magnífica humanidad que también ilumina
la época de la IA. El hombre es un colaborador en la obra de la creación, y no
espectador resignado ante los procesos tecnológicos que limitan su libertad y
su responsabilidad