lunes, 14 de agosto de 2017

DOMINGO 20º TIEMPO ORDINARIO A

REFLEXION-DOMINGO 20 TIEMPO ORDINARIO A 20 de agosto de 2017

LA FE DE UNA PAGANA

“A los extranjeros que se han dado al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza: los traeré a mi Monte Santo, los alegraré en mi casa de oración”. Esa es la gran promesa de Dios que se encuentra en la tercera parte del libro de Isaías que hoy se proclama (Is 56,1.6-7).
Israel abre sus fronteras a un universalismo mesiánico que venía proponiéndose de antemano (cf. Is 45,14). También los paganos podrán participar de las bendiciones  que Dios ha derramado sobre Israel, con tal de que acepten a su Dios y lo sirvan y practican las normas y los ritos de su pueblo.
Con el salmo responsorial hacemos nuestro ese deseo al cantar: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben” (Sal 66). También san Pablo reconoce que los paganos han obtenido la misericordia de Dios (Rom 11,29-32).

LA BÚSQUEDA Y EL GRITO

Sin embargo, en el evangelio de Mateo que hoy se proclama nos parece encontrar una negación de esa esperanza (Mt 15,21-28). Es verdad que Jesús ha dejado la tierra de Israel para retirarse a la región  de Tiro y Sidón, habitada por paganos. Una mujer sale de aquellos lugares y se dirige a él gritando:
• “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”. Resulta muy sorprendente que una mujer extranjera y pagana implore la misericordia de Jesús, llamándolo con un título mesiánico.
• “Mi hija tiene un demonio muy malo”. Nos conmueve descubrir en esta mujer tanto la preocupación maternal por su hija enferma como la fe que la lleva a acercarse con su invocación hasta Jesús.
El silencio inicial de Jesús y la imagen tradicional de los “perros”, que él suaviza con el diminutivo, no hacen más que excitar aún más la fe de esta mujer.  Como ha dicho el papa Francisco, “la petición de la mujer cananea es el grito de toda persona que busca amor, acogida y amistad con Cristo” (17.8.2014).

EL LAMENTO Y LA FE

Esa petición de la mujer extranjera fue atendida por Jesús. Con ella se hacía realidad la profecía de la universalidad de la salvación. Es como si aquel ruego hubiera anticipado la hora de la extensión del mensaje y la obra de Jesús a todos los pueblos.
• “Mujer, qué grande es tu fe”. Ante un centurión romano y pagano y ante una mujer cananea y pagana, Jesús reconoce que la fe no es patrimonio exclusivo de las gentes de Israel. Dios ha sido generoso al extender por la tierra el don de la fe.
• “Que se cumpla lo que deseas”  A veces creemos que hacen falta milagros para que brote la fe. Jesús nos hace ver que es la fe que hace botar los milagros en cualquier lugar que se presente. Dios extiende su compasión a quienes creen en él.
- Señor Jesús, al igual que tus discípulos queremos pedirte que atiendas el lamento de todos los que te presentan sus necesidades, sus dolores y esperanzas. Tú eres el Salvador de todos los que confían en tu bondad. ¡Bendito seas por siempre, Señor! 
José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN




LA SOBRIEDAD
Hoy apenas se oye hablar de la sobriedad. Esta es la actitud de quienes han aprendido que la dignidad humana no se mide por el tener sino por el ser. La sobriedad tiene en la renuncia no una mutilación sino un canto de plenitud.
Es cierto que hay una sobriedad que nace de un sentimiento de desprecio hacia los bienes de este mundo. Pero hay una austera sobriedad que nace de la conciencia de la propia dignidad, de una sana valoración de las cosas, de un desprendimiento que lleva a compartir los bienes con los demás.
Los profetas de Israel asocian con frecuencia los desórdenes en la comida, la bebida y el sexo con los cultos idolátricos de los pueblos cananeos. Ya el profeta Oseas afirma que “el vino y el mosto el corazón embriagan" (Os 4,10-11).
Es conocida la acusación de Isaías contra los ebrios: "¡Ay de los que despertando por la mañana andan tras el licor; los que trasnochan, encandilados por el vino!” (Is 5,11). Como cántaros que se estrellan al chocar entre sí, perecerán las gentes de Jerusalén, obnubiladas por una trágica borrachera, según lo anuncia Jeremías (Jer 13,13).
Sobre la sobriedad hay algunos proverbios que nos sorprenden por su  realismo: "Si has hallado miel, come lo que te baste; no llegues a hartarte y la vomites" (Prov 25,16). Comer mucha miel es para el refranero sapiencial como dejarse engañar con palabras lisonjeras (cf. Prov 25,27).
El evangelio exhorta a los discípulos a vivir aguardando a su Señor. Pues bien, la sobriedad ayuda a mantener abiertos los ojos para discernir las señales de los tiempos. Cuando el criado que guarda la casa renuncia a seguir aguardando a su amo, comienza a abusar de la comida y la bebida (Lc 12,45; Mt 24,29). O tal vez ocurra lo contrario y cuando tales desórdenes embotan al ser humano, su vigilancia se adormece (Lc 21,34).
También en el mensaje de Pablo a los fieles de Tesalónica la sobriedad se une a la esperanza de la venida del Señor y al aguardo tenso y vigilante. “Los que duermen, de noche duermen; los que se emborrachan, de noche se emborrachan. Pero nosotros, que somos del día, debemos vivir con sobriedad, cubiertos con la coraza de la fe y del amor, y con la esperanza de la salvación como casco protector" (1Tes 5,7-8).
San Pablo  recuerda también a los cristianos de Corinto que la embriaguez y la glotonería cierran el acceso al reino de Dios (1Cor 5,11; 6,10). Por eso se repite a los de Éfeso una consigna que parece una paradoja: "No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu" (Ef 5,18).
En la oración cristiana que cierra cada noche la jornada queda flotando el consejo apostólico: “Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar” (1Pe 5,8). Así pues, la sobriedad es signo de responsable madurez y de vigilante esperanza.


José-Román Flecha Andrés

miércoles, 9 de agosto de 2017

DOMINGO 19º TIEMPO ORDINARIO A

REFLEXIÓN-DOMINGO 19 TIEMPO ORDINARIO A 13 de agosto de 2017


LA TORMENTA Y LA PAZ
“Sal y aguarda al Señor en el monte, que el Señor va a pasar”. Ese es el mensaje que se dirige al profeta Elías, refugiado en el monte Horeb. La amenaza de la reina Jezabel lo ha obligado a ocultarse. Y el miedo parece haberse apoderado de él. Desearía tener la certeza de que lo protege el Dios a quien ha defendido ante los derviches de Baal
Pero Dios no está en el viento huracanado, ni en el terremoto ni en el fuego. El Señor se hace presente en el susurro de la brisa. Esa presencia de Dios le dará fuerza para recorrer el camino de vuelta, para denunciar la prepotencia y la corrupción de la reina y anunciar el proyecto de Dios sobre su pueblo (cf. 1Re 9-13).
También nosotros esperamos que el Señor nos muestre su misericordia. En ello está nuestra salvación, como vamos a cantar con el salmo responsorial. “Su misericordia y su fidelidad se encuentran” (Sal  84,11).

EL TEMOR Y LA CONFIANZA

La oración del profeta Elías en el monte anticipa para nosotros la oración de Jesús en otro monte. Ambos se encuentran con Dios en la soledad. Mientras tanto, los discípulos de Jesús se sienten amenazados por el agua y por el viento. A la oración de Jesús se contrapone el miedo de los suyos. Pero la presencia del Señor los alienta.
• “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” Jesús no ignora la angustia y el temor de sus discípulos. Está cerca de los que lo han dejado todo para seguirle. Ellos nunca deberían dudar de la fidelidad de su Maestro.
• “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” Ahora, como entonces, imaginamos fantasmas que nos roban la paz. En lugar de calmarnos, solamente añaden terror a nuestras preocupaciones ordinarias.
• “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” Los dioses antiguos atemorizaban a los hombres. El Dios vivo nos exhorta continuamente a superar el temor y a vivir en paz y en confianza.

     EL MIEDO Y LA FE

El evangelio nos recuerda la osadía de Simón Pedro. No está mal pretender seguir al Señor sobre las aguas movedizas. El peligro está en confiar en nosotros mismos más que en él. Menos mal que el Señor nos devuelve la calma y la fe para exclamar:
• “Realmente eres Hijo de Dios”. Solamente su presencia hará que cesen las tormentas que amenazan nuestro trabajo. 
• “Realmente eres Hijo de Dios”. Solamente su cercanía nos hará descubrir que nuestros miedos pueden ser superados por la fe.
• “Realmente eres Hijo de Dios”.  Solamente esa fe nos llevará a reconocer  y a proclamar a Jesús como el Hijo de Dios que nos trae la salvación.
- Señor Jesús, a tus discípulos los llamaste sabiendo que eran pescadores. Si su trabajo no los apartó de ti, tu oración no te alejaba de ellos. Líbranos del miedo de cada día y fortalece nuestra fe en tu presencia salvadora.
                                                        José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN 12 de agosto de 2017


ANTE LA FIESTA DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA
                                                      
No se habían cumplido aún dos meses desde su elección al pontificado. Todos los católicos estábamos muy atentos a las palabras que en aquellas primeras semanas pronunciaba el nuevo papa.
Pues bien, en su audiencia del miércoles 14 de agosto de 1963, Pablo VI se refería a la fiesta de la Asunción de la Virgen María a los cielos. Pedía a los fieles que habían acudido a la audiencia que honraran a María en la gloria, a la que había querido asociarla su divino Hijo.
Le parecía a él que, de esta forma, todos nos sentiríamos autorizados a pedirle que ella, Madre de Cristo y Madre nuestra, hiciera fecunda y abundante de gracias la bendición que recibíamos del papa.   
Sin duda, Pablo VI quería reflexionar sobre el puesto de María en la obra de la salvación. Por eso,  la gracia que el Papa deseaba para los fieles era precisamente la de comprender bien y practicar correctamente el culto hacia la Virgen María. 
Como si estuviera pensando en las objeciones que algunos cristianos no católicos hacen a la veneración a María, Pablo VI quería dejar bien claro que ese culto es, en realidad,  una introducción y consecuencia del culto único y supremo que debemos a Jesucristo nuestro Señor.  
El culto a María no puede separarse de la confesión de la obra de Jesucristo. Por eso el Papa añadía una especie de pequeña pero explícita letanía:
• Ese culto es una garantía de nuestra fe en los misterios y en la misión de Jesús.
• Ese culto es expresión y garantía de nuestra adhesión a la Iglesia, que tiene en María a su hija más santa y más hermosa y que encuentra en ella su imagen ideal, como escribía san Ambrosio.
• Ese culto a María de Nazaret nos llena de gozo y de esperanza.
• Ese culto nos enseña a imitar a la Virgen María en sus virtudes, tan sublimes y tan humanas, y sobre todo en la virtud de la fe,  es decir en la aceptación de la Palabra de Dios, que inicia en nosotros la vida de Cristo.

Finalmente el Papa deseaba para los fieles los mejores dones de Dios y confiaba que les fueran concedidos por intercesión de María.
Nos duelen las continuas acusaciones que los católicos recibimos de nuestros hermanos “cristianos”, que tratan de ignorar o disminuir la importancia de María en la obra de la salvación. Pero hemos de reconocer humildemente que algunas expresiones de la religiosidad popular con frecuencia dan pábulo a esas críticas.
Estas palabras de Pablo VI, pronunciadas ya en el primer año de su pontificado eran una llamada de atención a unos y otros y marcaban una pauta para las reflexiones y orientaciones del Concilio Vaticano II. Seguramente todavía siguen siendo muy oportunas en muchos ambientes.
Que la Asunción de María a los cielos nos ayude a todos a reflexionar sobre su papel en el misterio de la redención del género humano. Y a reconocer con lucidez y con amor  el puesto que le corresponde en la Iglesia.
                                                                            José-Román Flecha Andrés

domingo, 30 de julio de 2017

FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR. (Comentario oral)

TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR A

REFLEXIÓN- LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR 6 de agosto de 2017

GLORIA Y MISIÓN

“Vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hasta el anciano y llegó a su presencia. A él se le dio poder, honor y reino Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su poder es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará”. Es bien conocida esa visión del libro de Daniel, que se lee en esta domingo, fiesta de la Transfiguración de Jesús (Dan 7,13-14).
 El poder y la gloria recibidos del Padre se mencionan también en el texto  de la segunda lectura de este día (2Pe 1,16-19).
En esta fiesta recordamos un hermoso texto de san Bernardo: “Fíjate primeramente en aquel monte donde subió con Pedro, Santiago y Juan: allí se transfiguró delante de ellos; su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron tan blancos como la nieve (Mt 17,2). Es la gloria de la resurrección, que contemplamos en la montaña de la esperanza. ¿Por qué subió para transfigurarse, sino para enseñarnos a nosotros a elevar nuestro pensamiento a la gloria que va a revelarse reflejada en nosotros? (Rom 8,18)”.

LA LUZ Y LA SOMBRA

Hemos meditado muchas veces el misterio de a Transfiguración del Señor en el monte. Y lo hemos imaginado tal vez teniendo ante los ojos el cuadro de Rafael que preside la Pinacoteca Vaticana.
Hoy leemos el relato tomado del evangelio según san Mateo (Mt 17,1-9), y nos detenemos especialmente en un contraste que el texto parece subrayar:.
• El rostro de Jesús resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Efectivamente, en Jesús se manifiesta la gloria de la divinidad. El sol ilumina, pero no podemos fijar nuestros ojos en él. Así es Jesús. Su luz hace resplandeciente lo que toca. Nos ilumina, pero nunca podremos apropiarnos de ese resplandor suyo que nos ciega.
• Por otra parte, los apóstoles elegidos por Jesús están cubiertos con la sombra de una nube luminosa. El texto parece subrayar esa aparente contradicción. La nube que envuelve a Pedro, Santiago y Juan no deja de ser luminosa. Sin embargo, en presencia de Aquel que es la luz, sus seguidores están sumergidos en la sombra. Siempre habrá mucho que iluminar en nuestra tiniebla.

LA LEY Y LOS PROFETAS

Finalmente, a pesar de la sombra que los rodea y de su propio aturdimiento, los discípulos logran ver algo. Pero no vieron a nadie más que a Jesús solo.
• Moisés y Elías representaban la Ley y los profetas de Israel. Atestiguaban la humanidad y la divinidad de Jesucristo. Pero eran sólo eso: precursores y testigos. Ante la gloria de Jesús, lo anterior no pierde su valor, pero encuentra en él su sentido. 
• Pedro se muestra atento a los orígenes de su fe. Desearías ser acogedor con respecto a la lay y los profetas. Quiere preparar para ellos una tienda. Pero no la necesitan. Su misión se ha cumplido. Y Jesús, tampoco va a permanecer en el monte de su gloria. Ha de bajar al valle para encaminarse a su pasión.
- Señor Jesús, gracias a tu resplandor podemos descubrir tu gloria y el sentido de nuestra misión. Sabemos y creemos que tu luz puede también transfigurar nuestra existencia, mientras anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección y esperamos tu venida. Amén.
                                                 José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN - 5 de agosto de 2017


SOBRE EL OCIO Y EL DESCANSO

En la literatura clásica son frecuentes las reflexiones sobre el valor del ocio.  Ya Sócrates decía que “los ratos de ocio son la mejor de todas las adquisiciones”. Una sociedad en la que se admitía la esclavitud, tener espacios en los que se podía prescindir de un trabajo, marcaba la diferencia entre el amo y el esclavo.
El pensamiento cristiano valora el trabajo y a veces parece temer la ociosidad, a la que se suele calificar como la madre de todos los vicios. Sin embargo, no faltan alabanzas al ocio, como esta que nos ha dejado Lope de Vega: “Soy rey de mi voluntad, no me la ocupan negocios, y ser muy rico de ocios es suma felicidad.”
Evidentemente, la comprensión y la práctica del ocio puede ser ambivalente. El trabajo excesivo puede convertirse en una adicción y una dependencia. Pero el ocio del vago y el haragán es un signo de la falta de responsabilidad de la persona. Con razón escribía Séneca que “El ocio, si no va acompañado del estudio, es la muerte y sepultura en la vida del hombre.”
Todo en esta vida es lo que es más lo que significa. El ocio puede reflejar el señorío de la persona sobre su propia ambición. Puede convertirse en un espacio privilegiado de silencio, entre el ruido y las prisas de este mundo tan ajetreado y convulso.
El descanso que nos regala el ocio nos presenta en bandeja un tiempo y una oportunidad para el encuentro con uno mismo, con los demás y con Dios. Una oportunidad para la reflexión y la creatividad, para el encuentro amistoso y el diálogo, para la oración y la contemplación.
De Dios se dice que descansó al terminar la obra de la creación. Descansó y se detuve “divinamente” a disfrutar de la belleza y la armonía de todos lo creado, incluido el ser humano.  Y Jesús invitó una vez a sus discípulos a buscar un descanso cerca de las fuentes del Jordán. Un lugar para preguntarles que significaba él para ellos.
Pero el ocio también puede evidenciar una lamentable carencia de motivaciones y de proyectos. El papa Francisco ha dicho ya en varias ocasiones a los jóvenes que no los quieren víctimas de un sofá. Esa advertencia vale también para los adultos. Con frecuencia vivimos demasiado “apoltronados”.
No hay cosecha sin sementara. Tenía razón Tomás de Kempis, a quien se atribuye la autoría de ese hermoso libro que es la “Imitación de Cristo”, al escribir que “sin trabajo no se obtiene descanso, como sin la lucha no se consigue la victoria”. 
Las vacaciones y el descanso han de ser un trampolín para ensayar nuevos saltos en la vida. En el tiempo del descanso, los cristianos nos preguntamos qué espera Dios de nosotros. Y qué esperan de nosotros los que se ven obligados a trabajar sin descanso y también los que se ven obligados a descansar por no encontrar trabajo.
                                                              José-Román Flecha Andrés

lunes, 24 de julio de 2017

DOMINGO 17º TIEMPO ORDINARIO. A

REFLEXIÓN- DOMINGO 17º DEL TIEMPO ORDINARIO. A 30 de julio de 2017

LA SABIDURÍA

“Te concedo un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni surgirá otro igual despues de ti” (1Re 3,12). Así responde el Señor a la oración de Salomón. El joven rey, sucesor de David,  solo le había pedido un corazón  dócil para gobernar a su pueblo, para discernir el mal  y el bien. Eso le bastaba.
Y al Señor le había agradado que Salomón no pidiera una larga vida para sí mismo ni una corta vida para sus enemigos. El rey había pedido sabiduría y discernimiento para poder reconocer el sentido profundo de la vida: la suya y la de su pueblo. Un corazón sabio equivale a una conciencia recta. Ese es un gran ideal humano  y un gran don divino.
Haciendo nuestro el talante de Salomón, proclamamos con el salmista: “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!” (Sal 118). San Pablo nos dice que “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Rom 8,28). Y esa es también nuestra experiencia.  

LA MEJOR OPCIÓN

Se podría decir que el lema de este domingo 17º del Tiempo Ordinario es que “la mejor opción es obrar según el plan de Dios”. La felicidad está en acertar en la opción fundamental de nuestra vida. Pues bien, esa gran verdad Jesús la expone en tres parábolas (Mt 13, 44-52).  
• La primera nos presenta a un jornalero o tal vez un caminante. En un campo encuentra un tesoro oculto. Lo esconde de nuevo, y lleno de alegría vende todo lo que tiene y con el dinero conseguido compra el campo aquel. Su desprendimiento es una ganancia.
• La segunda imagina a un comerciante de perlas finas. Un día encuentra una de gran valor. También él vende todo lo que tiene para poder comprar aquella perla. No desprecia lo que tiene, sino que aprecia de verdad lo que siempre ha ido buscando.
• La tercera parábola evoca la red que los pescadores arrojan al mar. Es cierto que recoge toda cclase de peces. Pero en un segundo momento, los pescadores los seleccionan cuidadosamente. Reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Las tres imágenes representan el reino de Dios. Las tres subrayan su valor. Y sugieren la necesidad de establecer una recta jerarquia de valores. Hay que valorar lo que realmente vale.

LA ESCUCHA Y LA ACCIÓN

Todo el discurso de las parábolas se cierra con una pregunta que Jesús dirige a sus discípulos: “¿Habéis entendido todo esto?”  (Mt 13,51).  Como en tantas otras ocasiones, esta pregunta de Jesús nos interpela también a nosotros.
• “¿Habéis entendido todo esto?”  Es preciso oír y escuchar atentamente la palabra del Señor. En ella encontramos no tanto la erudición como la sabiduría.
• “¿Habéis entendido todo esto?” No basta con escuchar. Es necesario entender y aceptar el mensaje de salvacion que la palabra evangélica contiene para cada uno de nosotros. 
• “¿Habéis entendido todo esto?” Y finalmente, es obligado reflexionar sobre el mensaje de Jesucristo para poder anunciarlo con verdad y dar testimonio de él con nuestra vida.
- Señor Jesús, tu sabes bien que muchas veces hemos preferido los bienes de este mundo antes que el bien de salvación que tú nos has presentado. Reconocemos que esa elección ha sido equivocada. Concédenos la sabiduría necesaria para descubrir el valor del reino de los cielos y para preferirlo de verdad a todos nuestros proyectos e intereses. Amén. 
                                                                             José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN 29 de julio de 2017

                                                              
MARTA Y MARÍA
 Marta y María son un icono de nuestras búsquedas e insatisfacciones. Ellas nos recuerdan el gran don de la hospitalidad, las profundas cuestiones ante la muerte,  la dramática sencillez de vivir en la verdad en medio de la mentira.
El evangelio de Lucas presenta a Jesús con los trazos que describen al misionero itinerante.  “Yendo de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa”.  He ahí la palabra clave. “Recibir” es para el evangelio la actitud que exige  la presencia del misterio.
Marta no está sola. “Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra”. Otra palabra clave: “escuchar”. El pueblo de Israel conocía bien el valor religioso de la escucha, cuando la vida cuelga de una Palabra que el hombre no ha podido programar.
Mientras María escucha, Marta se afana en los quehaceres del hogar. Pero la armonía se quiebra ante la desigualdad del reparto de funciones. A nadie puede extrañar el lamento de Marta: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.”
La respuesta de Jesús relativiza inquietudes y subraya lo esencial: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada”. Jesús busca el encuentro más que los manjares.
Por el evangelio de Juan sabemos que Marta y María son hermanas de  Lázaro y que viven en Betania.  Lázaro enferma y muere. Lleva ya cuatro días en el sepulcro cuando llega el amigo. Marta sale al encuentro de Jesús y le dirige un saludo, mezcla de reproche y confianza: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.
Sin quererlo, Marta provoca una de las más altas revelaciones de Jesús: “Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”. A cambio, Jesús provoca en Marta una de las más profundas confesiones de la fe: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo”.
Jesús manda abrir el sepulcro.  Y Marta aporta un aviso de cordura: “Señor, ya huele; es el cuarto día”. Es la última palabra de Marta. Ante ella, la otra palabra del amigo profeta, la que reclama las certezas de la fe:   “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?”
  Marta aparece todavía una vez. Seis días faltan para la Pascua. Jesús regresa a la casa acogedora de Betania. Marta sirve y Lázaro comparte con Jesús las viandas y el coloquio. María se postra por tierra y va ungiendo los pies del amigo con un perfume de nardo y los va secando con sus cabellos. Y la casa se llena del olor de los ungüentos.

Marta y María representran la acogida y la escucha, la fe y la ternura, la gratitud y la profecía. Todo eso y mucho más.

José-Román Flecha Andrés