martes, 21 de mayo de 2019

DOMINGO 6º DE PASCUA C 2019

DOMINGO 6º PASCUA 2019 C Comentario sonoro

REFLEXIÓN - DOMINGO 6º DE PASCUA- 26 de mayo de 2019

UNA PALABRA PARA TODOS LOS TIEMPOS

“Hemos decidido el Espiritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables”. Así se puede leer en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que hoy se proclama en la celebración de la misa (Hech 15,1-2.22-29).
Habían llegado a Antioquía, algunos hermanos procedentes de Judea que pretendían imponer la circuncisión a los miembros de la comunidad, pertenecientes a la cultura griega. Pero, durante su primer viaje misional, Pablo y Bernabé habían ya comprendido que el mensaje de Jesús había de ser predicado también a los “gentiles”.
Se entabló una acalorada discusión entre unos y otros. No se trataba de algo superficial. Así que la cuestión fue llevada a Jerusalén. Los apóstoles y presbíteros de aquella comunidad decidieron que los gentiles no habían de circuncidarse para ser discípulos del Señor.
En cada momento de la historia cristiana habría que recordar aquella decisión. Es preciso mantener la fidelidad al mensaje de Jesús. Pero siempre será necesaria una generosa flexibilidad para que su espíritu impregne las diferentes culturas de este mundo.

LA PALABRA DEL SEÑOR Y EL AMOR

 El evangelio que se proclama en este sexto domingo de Pascua (Jn 14,23-29) se sitúa en el marco de la última cena de Jesús con sus discípulos. Las palabras del Maestro suenan con  la seriedad de un testamento. Y con la solemnidad de una dramática alternativa:
 • “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Jesús había sembrado su palabra abundante y generosamente. A ese don gratuito sus discípulos habían de responder, acogiéndola con respeto y gratitud y tratando de vivir fielmente su mensaje. 
• “El que no me ama no guardará mis palabras”. Esa es la prueba que desenmascara la sinceridad de nuestro amor o la mentira en la que nos refugiamos. Aunque nuestras  declaraciones de fe parezcan muy solemnes, no siempre son creíbles. Nuestro amor al Señor se demuestra si escuchamos  su palabra y tratamos de llevarla a la práctica de nuestra vida.
La fidelidad con la que escuchamos y cumplimos la palabra del Señor es la prueba del amor que le profesamos y la prenda de la presencia del Padre celestial entre nosotros. 

EL TEMBLOR DEL CORAZÓN

Ademas, en el evangelio que hoy se proclama se recoge otra frase, con la que Jesús nos invita a recorrer en serenidad el camino de nuestra vida.   
* “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Estas palabras de Jesús podían referirse al temor que muy pronto se apoderaría de  sus discípulos. Uno iba a traicionarlo, otro lo negaria y los demás iban a abandonarlo. No deberían escandalizarse por ello.
* “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Estas palaras Jesús eran ya un aviso para su Iglesia. A lo largo de los siglos sufriría las persecuciones por parte de los extraños y la apostasía de sus propios miembros.  Pero deberá permanecer fiel.
* “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Estas palabras Jesús han de suscitar en todos nosotros el deseo de mantenernos fieles a su mensaje, y la voluntad de anunciarlo con valor y con alegría.  Es dicil, pero todo lo podemos con su gracia.
- Señor Jesús, sabemos que tú tienes palabras de vida eterna. Que tu Espíritu nos ayude a recordarlas, a vivir el mensaje que encierran y a transmitirlo fielmente en todo tiempo y lugar. No permitas que nos alejemos de ti. Amén. 
                                                                    José-Román Flecha Andrés


CADA DIA SU AFÁN - 25 de mayo de 2019


                   HEMOS VISTO AL SEÑOR
Allá en la escuela teníamos un libro  muy atrayente por las imágenes y también por los relatos evangélicos que contenía. Su título sonaba como un gozoso pregón: “Hemos visto al Señor”. Evidentemente era el anuncio de una buena noticia que había que comunicar con rapidez y alegría, con valentía y con esperanza.
Por entonces no usábamos todavía la palabra “testimonio”. Bastaba saber que quienes habían descubierto a Jesús, lo comunicaban a sus amigos y vecinos. Ni podían ni querían guardar para ellos solos el gozo de aquel encuentro. Una tarde, Andrés y otro discípulo de Juan el Bautista habían seguido a Jesús y se habían quedado con él durante el resto del día.
A la mañana siguiente, Andrés se apresuró a dar cuenta del hecho a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41).  Esas palabras son el eco jubiloso de un encuentro  que había de marcar un camino de futuro para aquellos dos pescadores nacidos en Betsaida. Son un evangelio dentro del Evangelio. La buena noticia de la paz y del sentido.
El mismo texto de Juan pone en boca de María Magdalena una expresión semejante: “He visto al Señor” (Jn 20,18). Aquella discípula, que había seguido a su Maestro hasta el Calvario, lo ha descubierto ahora resucitado. Y corre a dar la noticia a los discípulos que lo habían abandonado en Getsemaní. Tiene para ellos un mensaje del Maestro que  desea encontrarse con sus amigos en Galilea.
Al atardecer de aquel mismo día, los discípulos se encuentran reunidos en un lugar, con las puertas bien cerradas. De pronto el Señor se les hace presente, les desea la paz y les muestra sus llagas. No están todos. Falta Tomás. Pero cuando se incorpora al grupo, los discípulos le transmiten una noticia apresurada y gozosa: “Hemos visto al Señor” (Jn 20,24).
 Ese era el título de aquel libro de lecturas. Ese es el mensaje que desde el mismo día de la Pascua había de distinguir a los discípulos de Jesús. Esa es la palabra del testimonio.
En su exhortación  Gaudete et exsultate  sobre la llamada a la santidad en el mundo actual (GE 96),  el papa Francisco incluye unas palabras con las que san Juan Pablo II nos exhortaba a descubrir el rostro de Cristo en las personas con las que él ha querido identificarse.
Están ahí. Unas veces nos contagian su alegría. Y en otras ocasiones nos muestran su dolor, los desgarros de su piel o las cicatrices de las heridas recibidas por los caminos del mundo.
A muchos años de distancia de la lectura de aquel libro, podemos pedir la gracia de “ver” al Señor en los mil rostros con los que nos cruzamos cada día. Que no nos venza la tentación de esa indiferencia que nos impide verlo. Ni la tentación de la pereza que nos impide anunciar el encuentro. 
                                              José-Román Flecha Andrés

domingo, 19 de mayo de 2019

DOMINGO 5º DE PASCUA C 2019

DOMINGO 5º PASCUA C 2019 - Comentario sonoro

REFLEXIÓN - DOMINGO 5º DE PASCUA .C 19 de mayo de 2019













PALABRAS DE DESPEDIDA
 Es interesante releer el resumen de la misión de los apóstoles Pablo y Bernabé. Dan testimonio de Jesús, animan a los discípulos y les exhortan a perseverar en la fe.  La experiencia sufrida  en las tierras de Licaonia les enseña que “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios” (Hech 14, 22). 
Los dos apóstoles dejan el altiplano y regresan a las costas del sur. En Atalía se embarcan y regresan a Antioquía de Siria. Allí los habían elegido los hermanos para iniciar aquel camino misional. Y allá vuelven para dar cuenta a la comunidad de lo que Dios ha hecho por medio de ellos.
Explicar a los hombres las hazañas del Señor es un motivo de alegría, como vemos por el salmo responsorial (Sal 144). La fe nos dice que hemos sido llamados a formar el pueblo de Dios y que Dios estará cono nosotros, enjugando nuestras lágrimas y ofreciéndonos un impensable motivo para la esperanza, como leemos en el Apocalisis (Ap 21,1-5).

LA HORA DE LA GLORIA

El evangelio que se proclama en este quinto domingo de Pascua nos lleva de nuevo al marco de la última cena de Jesús con sus discípulos (Jn 13,31-35). El texto subraya que después que Judas ha salido ya del Cenáculo, Jesús toma la palabra para hablar de sí mismo y de la gloria que le espera.
• Allá en Caná de Galilea, Jesús había dicho a su Madre que no había llegado su hora. Sin embargo, su presencia cambiaba ya el agua de las purificaciones antiguas en el vino bueno de la alianza nueva. Aquel signo manifestó ya su gloria a los discípulos que lo acompañaban en aquella fiesta de bodas (Jn 2,11).
• Tras la entrada de Jesús en Jerusalén, unos peregrinos griegos piden a los discípulos Felipe y Andrés que les faciliten un encuentro con el Maestro. Esa es la señal para que Él proclame que se acerca el momento que siempre ha esperado.  Dios le va a mostrar su gloria (Jn 12,23). Pero ese momento estará marcado por el signo de la pasión y de la muerte.
 • Ahora, en la intimidad de la cena pascual, Jesús manifiesta a sus discípulos que el tiempo se ha cumplido: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él” (Jn 13,31). Evidentemente, no llega la gloria que se espera de los triunfos sociales. La gloria del Hijo coincide con la aceptación de la voluntad del Padre.    

 LA SEÑAL DEL AMOR

 Jesús es consciente de que le queda poco tiempo para estar con los suyos. Así que, además de hablar de sí mismo y de la gloria que le espera, el Maestro expone el contenido del testamento que deja a sus discípulos.
• “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34). Amar a los demás como uno desea ser amado era el precepto contenido en el libro del Levítico (Lev 19,34). Era una regla razonable y bien conocida. Pero ahora Jesús se atribuía a sí mismo el modelo de ese amor. Amar como él amaba. Ese era el contenido de su testamento. Esa era la señal de la novedad del Mesías.
 “La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros” (Jn 13,35). Evidentemente, Jesús no quería reducir el amor tan solo a un sentimiento. Había de ser una señal pública. El amor de cada uno a los demás se abría al espacio de la sociedad. Y remitía a la persona de Jesús. El amor cristiano era, pues, un símbolo de reconocimiento de los miembros de la comundad. Y un testimonio de fidelidad al Maestro.   
- Señor Jesús,  queremos encontrarnos en el círculo de los discípulos a los que abres el fondo de tu corazón. Deseamos comprender el sentido de la gloria que el Padre te concede. Y te rogamos que nos enseñes a amar con ese amor total y definitivo que te llevó hasta la muerte.  Bendito seas, Señor. Amén.  
                                                                 José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN - 18 de mayo de 2019


                                                   
FAMILIA Y AMOR

 En su carta a las familias, publicada con motivo del Año Internacional de la Familia, el papa san Juan Pablo II escribía que “el amor hace que el hombre se realice mediante la entrega sincera de sí mismo. Amar significa dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino solo regalar libre y recíprocamente”.
Por su misma naturaleza, la entrega de la persona ha de ser duradera e irrevocable. La indisolubilidad del matrimonio deriva primariamente de la esencia de esa entrega: entrega de la persona a la persona. En este entregarse recíproco se manifiesta el carácter esponsal del amor. 
Aun manifestando comprensión materna por las situaciones de crisis en que se hallan las familias y por la fragilidad moral de cada ser humano, la Iglesia sabe que debe permanecer   fiel a la verdad sobre el amor humano. De otro modo, se traicionaría a sí misma. 
Tras referirse a la cuestión de la paternidad y de la maternidad responsables, y siguiendo al papa Pablo VI, escribe Juan Pablo II que la familia es el centro y el corazón de “la civilización del amor”.
Esta época parece resumir sus dramas en la crisis de la verdad. Por eso, es necesario redescubrir el verdadero significado de los términos «amor», «libertad», «entrega sincera» e incluso «persona» y «derechos de la persona».    
Lo que es contrario a la civilización del amor es contrario a toda la verdad sobre el hombre y es una amenaza para él. No le permite encontrarse a sí mismo ni sentirse seguro como esposo, como padre, como hijo. El peligro es la pérdida de la verdad sobre la familia, el riesgo de la pérdida de la libertad y, por consiguiente, la pérdida del amor mismo. 
Ahora bien, la familia es importante para la civilización del amor por la particular cercanía e intensidad de los vínculos que se instauran en ella entre las personas y las generaciones. 
El amor es verdadero cuando crea el bien de las personas y de las comunidades, lo crea y lo da a los demás. Solo quien sabe ser exigente consigo mismo, puede “exigir” humildemente el amor de los demás. El amor es siempre exigente, porque en él está el fundamento último de la familia; un fundamento que es capaz de «soportarlo todo». 
No es fácil mantener la vista en ese ideal. Es evidente que la sociedad humana vive en un contexto de lucha entre la civilización del amor y sus antítesis. Por eso la familia ha de buscar su fundamento en una justa visión del hombre y de lo que determina la plena realización de su humanidad. 
Así pues, a través de la familia pasa la corriente principal de la civilización del amor. En ella encuentra sus bases sociales. Y en ella produce sus frutos primeros y más estables.
                                                                 José-Román Flecha Andrés

DOMINGO 4º DE PASCUA 2019 C - Comentario sonoro

lunes, 6 de mayo de 2019

DOMINGO 4º DE PASCUA C 2019

REFLEXIÓN - DOMINGO 4º DE PASCUA. C 12 de mayo de 2019

EL PASTOR Y SUS OVEJAS

 “Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra” (Hech 13,47). Esas palabras del libro de Isaías, señalan a Pablo y Bernabé un importante giro en su tarea misionera.  Han comenzando anunciado el evangelio a los judíos, pero en Antioquía de Pisidia comprenden que han de anunciarlo sobre todo a los gentiles, es decir, a las personas que pertenecen a la cultura helenista.
La tarea no ha de ser fácil, como habrán de experimentar a continuación en las ciudades de la región de Licaonia. Pero los dos apóstoles descubren en la realidad que van encontrando las rutas misioneras que se abren frente a ellos. Se diría que están dipuestos a leer los signos de los tiempos y a seguir el camino que Dios les indica.
El salmo responsorial, en cambio, nos invita a situarnos en el lugar de los que escuchan la palabra de los evangelizadores: “Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño” (Sal 99,3).

LA VOZ Y LA VIDA

Esa imagen de las ovejas y el rebaño reaparee en el evangelio que todos los años se proclama en este cuarto domingo de Pascua. Una vez más evocamos la imagen de Jesús como Buen Pastor. En el texto que leemos este año se contienen seis verbos que, al reflejar seis acciones, resumen y explican la relación entre Jesús y sus discípulos (Jn 10,27-28).
• “Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco”. Escuchan la voz de Jesús quienes han decidido aceptarlo como su Maestro y vivir de acuerdo con su mensaje. Pero, al mismo tiempo, pueden tener la seguridad de que no son ajenos a la atención de ese Maestro que conoce a sus discípulos. 
• “Ellas me siguen y yo les doy la vida eterna”.  Para escuchar al Maestro, es preciso seguir sus pasos. Siguen a Jesús los que han sido llamados por él y lo han dejado todo por él. Esos discípulos creen que los valores de la vida temporal encuentran su plenitud y su perfección en la vida eterna, a la que el Pastor los conduce.  
• “No perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano”. Son muchos los peligros y las tentaciones que acechan a los discípulos del Maestro. Pero el Buen Pastor les asegura que siempre los cuidará y los librará del mal.  El Buen Pastor vigila para que nada ni nadie pueda arrebatarle sus ovejas.

 EL PADRE Y LAS OVEJAS

 “Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 29-30). 
• “Más que todas las cosas”. Esta frase parece un tanto misteriosa. De hecho, puede significar que las ovejas que el Padre ha confiado a Jesús constituyen el mejor don de este mundo. Pero también puede indicar que el Padre es mejor y más fuerte que los que tratan de poner dificultades al rebaño que ha  confiado a su Hijo.
• “Nadie puede arrabatar nada”. El verbo griego que se traduce por “arrebatar” aparece muchas veces en el Nuevo Testamento. Todo indica que los discípulos del Señor habrán de sufrir múltiples asechanzas. Pero nadie es más fuerte que el Padre. Nadie puede arrebatar a Jesús las ovejas que el Padre ha confiado a su cuidado.
• “Yo y el Padre somos uno”. Tras indicar la relación de Jesús con sus discípulos, se revela la relación que le une a su Padre. Una relación nos lleva a la otra. Las ovejas pueden vivir en la confianza, sabiendo que el Padre de Jesús vela por el rebaño de su Hijo.
- Señor Jesús, te reconocemos como el Buen Pastor, que ha dado la vida por sus ovejas. La fe nos dice que tú cuidas de nosotros. La esperanza nos invita a seguir fielmente tus pasos. Y la caridad nos lleva a convivir con nuestros hermanos. Juntos queremos escuchar tu voz y confiar en tu protección. Amén. Aleluya.  
                                                              José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN 12 de mayo de 2019

                                  
La FAMILIA Y LA VIDA
 Ya han pasado veinticinco años. Por iniciativa de la Organización de las Naciones Unidas,  en 1994 se celebró el Año Internacional de la Familia. Con ese motivo, el papa san Juan Pablo II publicó su famosa carta a las familias, que  “constituyen el camino de la Iglesia”.
El libro del Génesis contiene la primera afirmación de que el hombre y la mujer tienen la misma dignidad: ambos son igualmente personas, unidas por lazos de comunión y de complementariedad.
Sus hijos deberían consolidar  esta alianza, enriqueciendo y profundizando la comunión conyugal del padre y de la madre. Cuando esto no se da, hay que preguntarse si el egoísmo no será en ellos más fuerte que el amor.  
La paternidad y la maternidad son en sí mismas una particular confirmación del amor. Pero ese resultado no es automático.  Es una tarea confiada al marido y a la mujer. “En su vida la paternidad y la maternidad constituyen una novedad y una riqueza sublime, a la que no pueden acercarse si no es de rodillas”.
Cuando de la unión conyugal de los esposos nace un hijo, éste trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de Dios mismo. Dios ha amado al hombre desde el principio y lo sigue amando en cada concepción y nacimiento humano. Dios ama al hombre como un ser semejante a él, como persona. Este hombre, todo hombre, es creado por Dios por sí mismo.
 Ahora bien, esto es válido para todos, incluso para quienes nacen con enfermedades o limitaciones. Ya desde el momento de la concepción y, más tarde, del nacimiento, el nuevo ser está destinado a expresar plenamente su humanidad, a encontrarse plenamente como persona. Y esto afecta absolutamente a todos, incluso a los enfermos crónicos y los minusválidos.  
La generación de los hijos es un milagro de amor. Los esposos desean los hijos para sí, y en ellos ven la coronación de su amor recíproco. Los desean para la familia, como el don más excelente. Por eso, con el amor de Dios ha de armonizarse el de los padres. En ese sentido, éstos deben amar a la nueva criatura humana como la ama el Creador.  
Es verdad que el nacimiento de un hijo significa para los padres ulteriores esfuerzos, nuevas cargas económicas, otros condicionamientos prácticos. Sin embargo, el niño hace de sí mismo un don a los hermanos, hermanas, padres, a toda la familia. Su vida se convierte en don para los mismos donantes de la vida, los cuales no dejarán de sentir la presencia del hijo, su participación en la vida de ellos, su aportación a su bien común y al de la comunidad familiar. 
En ocasiones, el nacimiento de un hijo se ve como una desgracia. A veinticinco años de distancia de la carta de Juan Pablo II a las familias, en este momento es aún más necesario afirmar y repetir que la vida del nuevo hijo es un don precioso para toda la familia.
                                               José-Román Flecha Andrés

martes, 30 de abril de 2019

LIBRO: QUÉ DICE LA BIBLIA SOBRE...

Qué dice la Biblia sobre
Libro de José-Román Flecha Andrés
Edit MONTE CARMELO
1ª ed. (16/04/2019)

DOMINGO 3º DE PASCUA C 2019

REFLEXIÓN- DOMINGO 3º DE PASCUA.C 5 de mayo de 2019


ENCUENTRO JUNTO AL LAGO
 “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero… Testigos de esto somos nostros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen”.  Esta es la respuesta de Pedro al sumo sacerdote que prohíbe a los apóstoles enseñar en el nombre de Jesús (Hech 5,27-41).
Su palabra es realmente profética. Anuncia la resurrección de Cristo. Y denuncia la injusticia de quienes lo condenaron a muerte. Y eso, con la plena conciencia de que ese ministerio profético les ha de costar perscuciones y castigos. Pero la fidelidad a la llamada de  Dios está por encima de las normas y las prohibiciones de los hombres.
Pero en las palabras de Pedro hay además otro punto importante. Él y sus compañeros se consideran testigos del misterio y de la misión de Jesucristo. Y para serlo de verdad, el testigo ha de estar ahí y ser diferente. La valentía es una nota distintiva del testigo. Con razón se canta en el salmo: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado” (Sal 29,2).

CUATRO PASOS

El evangelio que se proclama en este domingo tercero de Pascua (Jn 21,1-19) consta de cuatro partes: la crisis de siete discípulos de Jesús que se retiran al lago, el encuentro con el Señor, las preguntas a Pedro y el encargo que le confía Jesús, y finalmente la pregunta por la suerte del discípulo amado. En muchas celebraciones se leerán solo las dos primeras. 
• El relato evoca y presenta el paso que va de la noche al amanecer, de las tinieblas a la luz, de la soledad de los discípulos al encuentro con un personaje que aparece en la mañana a la orilla del lago (vv.3-4).
• Hay otro paso importante que va de la ignorancia al conocimiento. En un principio no saben que ese personaje que los espera en la costa es Jesús (v.4). Pero uno de ellos reconoce que es el Señor y se lo comunica a Pedro (v.7). Al fin todos saben que es el Señor (v.12).
• Un tercer paso va de la esterilidad y del fracaso de esos discípulos que, a pesar de su experiencia, no logran pescar nada en toda la noche (v.3), a la satisfacción ante una pesca más abundante de lo que habrían podido soñar (v. 6.8).
• Y hay finalmente un cuarto paso que lleva a los discípulos de la carestía y el hambre, puesto que no tienen nada que comer (v. 5), al disfrute del almuerzo que Jesús ha preparado para ellos (vv. 9-12).

 LA PRESENCIA DEL MAESTRO

Son siete los discípulos que se vuelven al lago de Galilea. Ese es el lugar en el que se desarrolla la escena del encuentro con Jesús. Allí pescaba Simón en otros tiempos. Y allí regresa, como si tratase de olvidar el tiempo vivido junto a Jesús. 
• Esta huida de Pedro puede ser más dramática que la cobardía con la que afirmó no conocer a su Maestro. Pero Jesús no olvida a quien parece querer ignorar su llamada inicial. Y repetirá el mismo consejo al pescador frustrado.
• Pedro ha de saber que su trabajo puede resultar baldío, aunque lo lleve a cabo en compañía de otros que comparten su desaliento. Solo cuando escucha el consejo del Maestro su pesca se hace asombrosamente abundante.
• Pedro no debe olvidar que algunos abandonaron a Jesús cuando hablaba del pan de la vida.  Ahora, como en la última cena, Jesús toma en sus manos el pan y el pescado y se lo da. El Señor repite los signos de su entrega.
- Señor Jesús, resucitado de entre los muertos, sabemos que tú nos buscas y nos llamas a pesar de nuestros olvidos y traiciones. Tus palabras y tus gestos hacen evidente tu presencia de Maestro entre los que queremos ser tus discípulos. No permitas que nos alejemos de ti. Amén. ¡Aleluya!
                                                        José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN 4 de mayo de 2019


DEVOCIÓN MARIANA Y DIGNIDAD DE LA MUJER

“Venid y vamos todos con flores a porfía, con flores a María, que madre nuestra es”. Muchas personas recuerdan esta canción con la que iniciábamos los actos típicos del mes de María.
Como sabemos, el papa san Pablo VI publicó una interesante exhortación sobre el culto debido a la Madre de Jesús y Madre de la Iglesia.
En aquel documento señala que algunos encuentran difícil  “encuadrar la imagen de la Virgen, tal como es presentada por cierta literatura devocional, en las condiciones de vida de la sociedad contemporánea y en particular de las condiciones de la mujer”.
• En el ambiente doméstico, se reconoce a la mujer la igual responsabilidad con el hombre en la dirección de la vida familiar.
 • En el campo político, la mujer ha conquistado en muchos países un poder de intervención en la sociedad igual al varón.
• En el campo social, la mujer desarrolla su actividad en distintos sectores, dejando cada día más el ambiente del hogar.
• En el campo cultural, se le ofrecen nuevas posibilidades de investigación científica y de éxito intelectual.
Por todo ello, algunas personas no saben tomar a María como modelo. Pero, ante estas nuevas situaciones, Pablo VI  ofrecía  ya algunas interesantes observaciones.

 1. Ante todo, la Virgen María ha sido propuesta a la imitación de los fieles no por el tipo de vida que ella llevó o por el ambiente socio-cultural en que se desarrolló, hoy día superado casi en todas partes.
La fe cristiana la presenta como modelo porque en sus condiciones concretas de vida ella se adhirió total y responsablemente a la voluntad de Dios; porque acogió la palabra y la puso en práctica; porque su acción estuvo animada por la caridad y por el espíritu de servicio: porque fue la primera y la más perfecta discípula de Cristo. Estas actitudes de María  tienen un valor universal y permanente.

2. En segundo lugar las dificultades mencionadas están muy unidas con la imagen popular y literaria de María, no con su imagen evangélica ni con los datos que nos ofrecen los evangelios.
La Iglesia, no se vincula a los esquemas representativos de las varias épocas culturales y comprende que algunas expresiones de culto, válidas en sí mismas, son menos aptas para las personas de épocas y civilizaciones distintas.

3. Además, la lectura de las Sagradas Escrituras  nos llevará a descubrir que la figura de la Virgen no defrauda las esperanzas profundas de las personas de nuestro tiempo y les ofrece el modelo perfecto del discípulo del Señor.
Como María, el cristiano de hoy ha de ser promotor de la justicia que libera al oprimido y de la caridad que socorre al necesitado, pero sobre todo testigo activo del amor que edifica a Cristo en los corazones. Como es evidente, esa misión espera también a la mujer cristiana  de hoy.
                                                                 José-Román Flecha Andrés

lunes, 22 de abril de 2019

DOMINGO 2º DE PASCUA C 2019

DOMINGO 2º de PASCUA 2019 C Comentario sonoro

REFLEXIÓN- DOMINGO 2º DE PASCUA.C. 28 de abril de 2019

HEMOS VISTO AL SEÑOR

“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Este es el día en que actuó el Seño.r: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Salmo 117,22-24). Esa invitación a la alegría, con la que concluye el salmo responsorial, resume y refleja el espiritu de la experiencia pascual.
Pilato consideraba una broma que le presentaran como rey de los judios a aquel hombre tan débil y desvalido. De ninguna manera podía ser una amenaza para el imperio.  Pero el que fue despreciado, condenado y ajusticiado había de triunfar sobre la muerte. La piedra desechada se convertiría en la piedra fundamental de un nuevo edificio.
 Un edificio construido como una comunidad viva, que permanecía unida por “la enseñanza de los apóstoles, la vida común, la fracción del pan y la oración”. Así lo recuerda la primera lectura de este domingo segundo de Pascua (Hech 2,42). 
Los hermanos de aquella nueva comunidad vivian unidos y compartían todos sus bienes. Pero esa nota no es solo un recuerdo histórico. Esos han de ser también  los signos que han de distinguir a todos los que hemos renacido para una esperanza viva y para una herencia incorruptible. Así nos lo enseña la primera carta de Pedro (1 Pe 1,3-4).

LA PAZ Y EL PERDÓN

Al ver que era apresado en Getsemaní, los discípulos habían huído cada uno por su lado. Seguramente se han enterado de que su Maestro ha muerto crucificado. Y ahí están ahora, con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos  (Jn 20,19-31).
• Pero, de pronto, Jesús se hace presente entre sus discípulos. Les hace ver las llagas de sus manos y su costado. Han de comprender  que es el mismo que ha sido crucificado. Y han de aprender ya para siempre que el camino de Jesús a la gloria había de pasar por la humillación hasta la muerte y una muerte de cruz.
• Junto al temor, los discípulos han debido de probar el sentido de la culpa. No se abandona tan a la ligera a un Maestro que los ha guiado con claridad y con paciencia. Pero Él no viene ahora a reprocharles su cobardía. Llega y les ofrece los dones de su paz y su perdón. Y les confía la impensable misión de pasar ese perdón a los demás.
• A la sorpresa del encuentro acompaña el gozo de ver que no ha caducado la confianza de su Maestro.  Pero la experiencia de la alegria no puede ser solo individual. Los que han descubierto al Señor resucitado comunican la noticia a Tomás, cuando éste se reincorpora a la comunidad: “Hemos visto al Señor”.

 LUZ Y VALENTÍA

El evangelio de hoy evoca dos momentos. En el primero, Tomás no se encuentra en el grupo de sus amedrentados compañeros. En el segundo, Tomás está presente cuando se les revela el Señor Resucitado. Tres frases marcan el diálogo que centra el encuentro.  
• “No seas incrédulo, sino creyente”. Jesús recuerda a Tomás que el misterio de la cruz nunca fue ni será el final del camino. Es verdad que solo con la fe se puede aceptar la muerte de Jesús. Pero la fe es necesaria también para aceptar que el Resucitado vive entre nosotros.
• “¡Señor mío y Dios mío!” En ese humilde susurro de Tomás  se refleja la trémula confesión de la fe de todos los discípulos del Maestro. La muerte y resurrección de Jesús nos impulsan  a confesar con decisión su señorío y su divinidad.
• “Dichosos los que crean sin haber visto”. Con esa última bienaventuranza del evangelio, Jesús hace de Tomás el portaestandarte de todos los que apoyamos nuestra fe en la fe de los que vivieron la experiencia del encuentro con el Señor resucitado.
- Señor Jesús, tú conoces nuestro miedo y nuestro alejamiento de la comunidad. Te damos gracias por los dones de tu paz y tu perdón. Y te pedimos luz y valentía para confesarte siempre como nuestro Dios y Señor. Amén.   
                                                           José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN 27 de abril de 2019

        CINCO DESEOS DE VIDA Y DE PAZ
Siempre nos asombra ver la plaza de San Pedro llena de peregrinos en la mañana del domingo de Pascua. Y siempre esperamos con interés el mensaje que en ese día el Papa suele dirigir “a la Urbe y al Orbe”.
Este año teníamos el corazón encogido por los trágicos atentados perpetrados ese mismo día en Sri Lanka. Pues bien, en esta mañana de Pascua, símbolo de la “juventud perenne de la Iglesia y de toda la humanidad”, el papa Francisco ha recordado el comienzo de su reciente exhortación “Christus vivit” dedicada especialmente a los jóvenes:
“Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo…   ¡Él vive y te quiere vivo! Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar”. 
Así es. Nuestra fe nos dice que “la resurrección de Cristo es el comienzo de una nueva vida para todos los hombres y mujeres, porque la verdadera renovación comienza siempre desde el corazón, desde la conciencia. Pero la Pascua es también el comienzo de un mundo nuevo, liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte”.   
Tras este mensaje de vida y de esperanza, el Papa fue deseando la paz para los países y regiones que sufren situaciones de guerra y de violencia: Siria,  Oriente Medio, Yemen,  Libia y otros países de África como Burkina Faso, Mali, Níger, Nigeria y Camerún. Recordó especialmente a los líderes de Sudán del Sur, que han vivido recientemente un retiro espiritual en el Vaticano.  Además, mencionó a los habitantes de Ucrania de Venezuela y de Nicaragua.
A la vista de todos estos escenarios de violencia, de injusticia y de dolor, el Papa ha desgranado un breve rosario de cinco deseos de paz y de justicia:
 • Que ante los numerosos sufrimientos de nuestro tiempo, el Señor de la vida no nos encuentre fríos e indiferentes.
• Que haga de nosotros verdaderos constructores de puentes, no de muros.
• Que Él, que nos da su paz, haga cesar el fragor de las armas, tanto en las zonas de guerra como en nuestras ciudades”.
• Que impulse a los líderes de las naciones a que acaben con la carrera de armamentos y la propagación de las armas, especialmente en los países más económicamente avanzados.
• Que el Resucitado abra nuestros corazones a las necesidades de los menesterosos, los indefensos, los pobres, los desempleados, los marginados, los que llaman a nuestra puerta en busca de pan, de un refugio o del reconocimiento de su dignidad.
Esta no es solamente un responsabilidad de los gobernantes. Todos podemos trabajar por la paz y la justicia. Haciéndonos eco del mensaje del Papa, los cristianos nos repetimos unos a otros: “¡Cristo vive! Él es la esperanza y la juventud para cada uno de nosotros y para el mundo entero. Dejémonos renovar por Él. ¡Feliz Pascua!”
                                                              José-Román Flecha Andrés