miércoles, 13 de diciembre de 2017

DOMINGO 3º DE ADVIENTO B

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO CICLO B (Comentario sonoro)

REFLEXIÓN-DOMINGO 3º DE ADVIENTO B 17 de diciembre de 2017


PREPARAR EL CAMINO
 “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios”. Esas palabras, tomadas de la tercera parte del libro de Isaías (Is 61,10), resumen el ambiente de alegría que caracteriza a este domingo tercero del Adviento. Nos alegramos, anticipando ya la celebración del nacimiento de Jesús.
En el salmo responsorial se retoma el canto de María, que resuena todas las tarden en la oración oficial de la Iglesia católica: “Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava”. La alegría humana es un eco y una celebración de la intervención divina en la historia.
Y el tema de la alegría retorna en la segunda lectura de la misa de este domingo. En ella  se evoca el primer escrito apostólico, para recoger una preciosa exhortación de san Pablo a los cristianos de Tesalónica: “Estad siempre alegres. Sed constantes en orar” (1Tes 5,16). Se ve que la oración y la alegría se exigen mutuamente.

LOS SENDEROS

 El evangelio de este domingo tercero del Adviento recuerda de nuevo la figura y el mensaje de Juan el Bautista. Hay dos imágenes que lo definen:
• “No era él la luz, sino testigo de la luz”. Ninguno de los profetas era la luz. En todo caso, anunciaban su aparición futura. Juan ya está un paso más cerca del único que es la luz del mundo. Desde él, todos los creyentes en Cristo tenemos esa gozosa y arriesgada misión de ser en nuestro mundo testigos creyentes y creíbles de la Luz.
• “Yo soy la voz que grita en el desierto”. En la segunda parte del libro de Isaías se daba cuenta de una voz celestial que exhortaba a preparar a través del desierto un camino para Dios, que se identificaba con su pueblo. Ahora Juan se presenta como una voz terrena que se alza en el desierto. Los creyentes de hoy no podemos ignorar esa voz.
Es más, ya vemos que entre nosotros han surgido hombres y mujeres que han alzado su voz en el desierto. Nos han recordado la misericordia de Dios. Nos han exhortado a ver a Dios en los más pobres y humillados de la tierra. Y han dado la vida por su coherencia. Este tiempo es la hora de los testigos y de los portavoces.

EL ENCUENTRO

Siempre nos llama la atención tanto el extraño vestido del Bautista como su dieta de saltamontes y miel silvestre. Pero casi siempre olvidamos su humildad y su mensaje.
• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Esa voz de Juan se dirige hoy a cada uno de nosotros. El Señor se ha acercado cientos de veces a nosotros y otras tantas veces hemos decidido ignorar su presencia.
• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Esa voz del Bautista se dirige también a toda la Iglesia. El Señor está en la comunidad que él ha convocado. Pero todos podemos caer en la tentacion de la mundanidad, denunciada por el papa Francisco.
• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Esa voz del profeta del desierto ha de dirigirse también hoy a toda la humanidad. ¿Cuántas crisis y cuántas guerras harán falta para que preste atención al paso de Dios por la historia?
 - Señor Jesús, Ayúdanos a caminar en tu luz y a escuchar la voz de los profetas de hoy que nos recuerdan tu presencia entre nosotros.   
                                                                 José-Román Flecha Andrés

CADA DIA SU AFÁN 16 de diciembre 2017

                                                               

EL NACIMIENTO

De niños, dedicábamos muchas horas de este tiempo de Adviento a preparar el “nacimiento” en nuestras casas. Primero diseñábamos el paisaje. Había que buscar musgo y arena. Y traer a casa las escorias que semejaban las montañas. Y sacar aquel papel plateado que envolvía las libras de chocolate.
Después colocábamos las figuras de barro. Al principio solo teníamos el Niño Jesús, María y José. Año tras año fueron llegando las demás. El abuelo nos regaló los Reyes Magos. Después vinieron el ángel y los pastores con sus ovejas. Finalmente compramos la lavandera, que colocamos junto al arroyo.
Poner el “nacimiento”, o el “belén”, suscitaba nuestra creatividad. Buscamos no sé dónde una estrella. Hicimos a mano algunas casitas y hasta el palacio de Herodes. Por cierto, nunca tuvo un inquilino. Poner el nacimiento era una verdadera catequesis. Y una invitación a la oración.
Visitábamos el “nacimiento” que se colocaba en las iglesias. Aquellos belenes eran grandes, tenían cascadas de agua, luces en las casas y figuras que se movían. También los ponían en lugares públicos y en los escaparates de muchos negocios. Cuando llegó la televisión vimos la cantidad y la belleza de los belenes que lucían en otras ciudades.
Por entonces supimos que fue Francisco de Asís quien en la Nochebuena de 1223 decidió hacer visible a las buenas gentes de Greccio el misterio del nacimiento de Jesús. La Palabra se hizo carne y puso su tienda de campaña entre nosotros. Así que era importante representar la humanidad del Hijo de Dios.
Más tarde leímos que el rey Carlos III se había traído de Nápoles la idea del “belén”. Y supimos del que se expone en el Palacio Real de Madrid. Conocimos las figurillas salidas del taller de Angela Tripi, en Palermo, el monumental “presepio” del monasterio de Santa Clara de Nápoles y el que vemos en el claustro de la iglesia romana de los santos Cosme y Damián.
Ahora nos alegra saber del “nacimiento” instalado en la Plaza de San Marcelo en León o en la del Liceo, en Salamanca y aún en el pueblo de Cerezales del Condado. Nos gusta el monumental “presepio” que se levanta cada año en el centro de la plaza de San Pedro, en el Vaticano. Y el gran “pesebre” de madera que la municipalidad coloca en la plaza pública, allá en el lejano pueblo chileno de Llanquihue.   
Pero ¿qué es lo que está pasando entre nosotros? ¿Es tan solo nuestra prisa la que nos impide detenernos a instalar el nacimiento en nuestro hogar? ¿Por qué algunos gobernantes han decidido eliminarlo de nuestras plazas?
El pretendido respeto a otras religiones ¿no será una excusa para eliminar todos los signos cristianos? ¿Será que con su debilidad este Niño pone en ridículo a los prepotentes? ¿O será que desgraciadamente la cultura de la muerte nos impide contemplar la imagen de la familia y hasta el más sencillo signo de la vida?
                                                              José-Román Flecha Andrés

jueves, 7 de diciembre de 2017

INMACULADA CONCEPCIÓN DE SANTA MARÍA VIRGEN. 8 de diciembre 2017


DONDE LA GRACIA ESTÁ
“Reina y Madre, Virgen pura, que sol y cielo pisáis, a vos sola no alcanzó la triste herencia de Adán. ¿Cómo en vos, Reina de todos, si llena de gracia estáis, pudo caber igual parte de la culpa original?  De toda mancha estáis libre: ¿y quién pudo imaginar que vino a faltar la gracia en donde la gracia está?” Es hermoso este romance de Francisco de Borja (1577-1658) que recitamos en la fiesta de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen.
En el tiempo del Adviento, la fiesta de la Concepción Inmaculada de María nos alienta en el camino de la esperanza. Somos conscientes  de nuestros errores y pecados. A pesar de ellos, Dios ha querido ofrecer a la humanidad un horizonte de perdón y de misericordia, de gracia y de belleza.
Esta fiesta de María nos lleva a celebrar esta nueva creación. Nuestra oración de hoy brota de una íntima alegría. La de saber que lo que perdió EVA, “la madre de todos los que viven”, ha sido felizmente recuperado gracias al AVE que el ángel Gabriel dirige a María, Madre de todos los redimidos.

LLENA DE GRACIA

Hoy se proclama el relato evangélico de la Anunciación a María. En él escuchamos las palabras que le dirige el ángel del Señor: “María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios”. Ese saludo convierte a María en imagen de todo el género humano. Con él se inicia el gran Adviento de la historia humana. Con él renace la esperanza.
Desde lo más hondo de su existencia, María refleja fielmente la misericordia de Dios y sabe traducirla en fidelidad. Dios nos crea y nos sostiene. María gozó durante toda su vida de la plenitud de la gracia y de la salvación. Fue una persona fiel en todo al proyecto de Dios. También a nosotros, Dios se nos da gratis, pero espera nuestra respuesta.
La sintonía de María con la salvación ofrecida por Dios a la humanidad es un don gratuito, pero encontró en ella una respuesta libre y generosa. Muy pobre es nuestra fe si superar el temor no nos ayuda a aceptar el don de la gracia que Dios nos ofrece cada día.
La humanidad no tiene nada que temer a Dios. Dios no es un enemigo de la causa y de la libertad humana. Dios nos ofrece su amable cercanía. Como dijo Benedicto XVI, “el hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo”.

ABOGADA DE GRACIA

Hoy nuestro corazón se esponja en la contemplación de la decisión de Dios de ofrecer a la humanidad un rayo de esperanza. Con el prefacio de la misa de esta solemnidad nos gozamos en la limpieza de María:
• “Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente”. Esta mirada al pasado de nuestra historia nos invita a dar gracias por el don de la salvación. A la vista del mal y de la corrupción de este mundo, con frecuencia nos dejamos vencer por el pesimismo.
• “Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad”. Esta mirada a nuestro presente nos hace recobrar la esperanza. Y descubrir los signos de esperanza en nosotros mismos, en los demás y en toda la sociedad. 
- “Oh Dios, por la concepción inmaculada de la Virgen María preparaste a tu hijo una digna morada. En previsión de la muerte de tu Hijo la preservaste de todo pecado. A nosotros concédenos por su intercesión llegar a ti limpios de todas nuestras culpas. Amén”.
                                              José-Román Flecha Andrés

miércoles, 6 de diciembre de 2017

FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA (Comentario sonoro)

FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

DOMINGO 2º DE ADVIENTO B

2º DOMINGO DE ADVIENTO. B 10 de diciembre de 2017

PREPARAR EL CAMINO

 “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios”. Estas palabras justifican el título  de “Libro de la Consolación”, que suele darse a esta segunda parte del libro de Isaías”. El pueblo de Israel ha padecido la deportación y el exilio en Babilonia. Pero suena ya la hora del retorno a su tierra.  Así que el consuelo no es una palabra vacía de contenido.
“Una voz grita: En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios” (Is 40,3). ¿Hay que preparar un camino al Señor o al pueblo que ha sido humillado? ¿No será una confusión del profeta? ¿O será que Dios se identifica con aquellos que han sido deportados y  maltratados en tierra extraña?
Es hora de olvidar los sufrimientos del pasado. “La salvación está ya cerca de sus fieles… La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos”. No puede ser vana esa promesa que canta el salmo responsorial (Sal 84).
Pero si Dios no se olvida de nuestra miseria, algo hemos de hacer nosotros.  Al menos, hemos de mirar hacia delante. Eso es. “Esperar y apresurar la venida del Señor” (2 Pe,3,12).

LOS SENDEROS

 El evangelio de este segundo domingo del Adviento modifica levemente el mensaje del profeta: “Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos” (Mc 1,3). El desierto era antes la vía de retorno de los desterrados. El desierto es ahora el lugar donde resuena la voz de Juan Bautista. Pero la exhortación es la misma.
• “Preparar el camino al Señor”.  Dios es discreto, pero no es indiferente. Es el Señor de este mundo y ama a todos sus hijos. Es cierto que muchos parecen vivir alejados de él. Pero no podemos quedar paralizados por el “pesimismo estéril” que denuncia el papa Francisco. Hay que tender puentes para que Dios pueda encontrarse con sus hijos.
• “Allanad sus senderos”. Muchos  encuentran dificultades para  andar por el camino del Señor. Unos gritan su rechazo con blasfemias y otros lo demuestran con su indiferencia. Hay rocas institucionales que habrá que dinamitar. Pero ahí están también todos los escandalosos altibajos que presentamos los que decimos creer en Dios.
Es cierto que vivimos en un desierto. Pero es cierto que en el desierto resuena una voz que grita para despertarnos.  Es urgente allanar senderos para facilitar el encuentro.

EL ENCUENTRO

Nos llama la atención tanto el extraño vestido del Bautista como su dieta de saltamontes y miel silvestre. Pero olvidamos su humildad y su mensaje.
• “Detrás de mí viene el que puede más que yo”. Anunciar al que viene. Porque el Señor está viniendo. He ahí el resumen de  la tarea que nos ha sido confiada. Esa es la forma de superar las tentaciones de la desesperanza y de la orgullosa presunción.
• “Él os bautizará con Espíritu Santo”. Hemos sido bautizados con agua. Y no es poco, si ese bautismo significa el don de la fe y el compromiso de vivirla cada día. Pero el baño del Espíritu nos hará abandonar nuestros miedos y vivir con la osadía de su fuerza.
 - Señor Jesús, sabemos que estás viniendo a nuestro mundo. A nuestro mundo, que es el tuyo. Necesitamos recuperar la fe y el coraje para preparar los caminos que hagan posible tu encunetro con tus hermanos. Tus hermanos, que son los nuestros. No podemos olvidarlo. Ven, Señor Jesús.
                                                                             José-Román Flecha Andrés

CADA DÍA SU AFÁN 9 de diciembre de 2017

                                                                 
TIEMPO DE ESPERANZA

Durante estas cuatro semanas del Adviento preparamos la celebración de la fiesta del nacimiento de Jesús. Pero no sólo eso. El Adviento resume toda nuestra vida. En este tiempo se nos invita a redescubrir la virtud de la esperanza. Y a vivir como quienes están de camino.
En el poema El pórtico del misterio de la segunda virtud, de Charles Péguy, la esperanza asombra al mismo Dios. La niña esperanza camina de la mano de sus dos hermanas mayores: la fe y la caridad. Y el mismo Dios se pregunta si son ellas las que guían a la pequeña o es la esperanza la que arrastra a la fe y a la caridad.
            Pablo VI dijo que  “la esperanza debe apoyarse, sobre todo, en la solidez de nuestras ideas, de nuestra filosofía, de nuestra concepción de la historia y de la vida; en otras palabras, en la verdad de nuestra fe. Quien cree, espera”. La fe tiene como hermana a la esperanza. De alguna forma, creer es proyectarse en el futuro.   
Esperar es tender confiadamente a un futuro en el que se imagina realizable el proyecto humano de ser. Así que la esperanza incluye la itinerancia y el proyecto, la confianza y la humildad, la tenacidad y la paciencia.        
La esperanza pertenece a la estructura misma de la vida y a la dinámica del espíritu humano. Cuando  la persona vive esperanzada, se afirma a sí misma y afirma el valor de la realidad. Cuando la esperanza se destruye, las respuestas de la persona pueden variar según los tiempos, el espacio y la cultura que la sustenta.
La esperanza cristiana es una virtud teologal, infundida por Dios. Gracias a ella, confiamos alcanzar la vida eterna y contar con los medios necesarios para llegar a ella, apoyados siempre en  la omnipotencia y en la misericordia de Dios.
Con frecuencia olvidamos lo que somos y lo que esperamos. La esperanza alienta el camino de la fe, que mientras hace memoria de la pascua del Señor anhela la felicidad del encuentro eterno. Estamos llamados a vivir esperando la manifestación del Señor y la plenitud de su Reino. La esperanza nos exige vivir despiertos, atentos a los signos de los tiempos.
En la eucaristía repetimos con frecuencia la súplica con que se cierra el libro del Apocalipsis: “Ven, Señor Jesús”. Tendremos que preguntarnos si de verdad vivimos esperando, deseando y anticipando la manifestación del Señor. Orar bajo el signo de la esperanza, no significa manifestar nuestro descontento con la realidad de este mundo.
Al contrario. Como nos ha dicho el Concilio Vaticano II, “La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo” (GS 39).
                                                                          José-Román Flecha Andrés


viernes, 1 de diciembre de 2017

DOMINGO 1º DE ADVIENTO B

REFLEXIÓN-DOMINGO 1º DE ADVIENTO. B. 3 de diciembre de 2017

ESPERAR EN VELA  
 “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!” (Is 63,19). El pueblo de Israel se siente atribulado a causa de sus enemigos. Pero siente tambien su parte de responsabilidad. Sabe que ha perdido el camino. Ve que se ha endurecido su propio corazón y que ha olvidado el temor o respeto al Señor.
Como se ha dicho en los versículos precedentes, es preciso que Dios se muestre una vez más. Que muestre su poder y su ternura, su fuerza y su compasión. Que muestre que es el Padre de su pueblo. En ese contexto, el orante manifiesta un deseo que se convierte en súplica apasionada y ferviente. ¡Que Dios rasgue los cielos y baje!   
El salmo responsorial se hace eco de ese anhelo irrefrenable: “Señor, Dios nuestro, que brille tu rostro y nos salve” (Sal 79). Estas súplicas, tan apropiadas al Adviento que hoy comienza, encuentran apoyo en las palabras de San Pablo. A los que aguardan la manifestación de Jesucristo les asegura que el Señor los mantendrá firmes hasta el final (1Cor 1,7-8). Es la promesa más oportuna para los que tratamos de mantener viva la esperanza. 

ATENCIÓN Y VIGILANCIA

 A lo largo del año lítúrgico que hoy comienza se nos ofrecerá la lectura del evangelio según san Marcos. En este primer domingo del Adviento escuchamos una invitacion de Jesús a mantener una esperanza despierta y vigilante (Mc 13,33-37).
• “Estad atentos y vigilad”. Es este un aviso importante para creyentes y no creyentes. Hoy todo nos invita a vivir apresuradamente. La frivolidad se ha convertido en nuestro estilo habitual. Las noticias y los acontecimientos pasan con toda velocidad. Prestar atención a lo que sucede es una buena medida de prudencia.
• “No sabéis cuándo es el momento”. Por numerosos que sean los adivinos y los agoreros, no somos capaces de adivinar el futuro. Creyentes y no creyentes vamos caminando en la oscuridad. No podemos vivir en la indiferencia. Es pecado distraernos. Vigilar el curso de la historia es una obligación moral.
Estas actitudes de la atencion y la vigilancia se reflejan en la parábola de los criados que aguardan el regreso de su amo. Como el portero de la casa, hemos de permanecer en vela.

LA IMAGEN DEL PORTERO

Es importante recordar el deber del portero. El texto evangélico se hace eco de la última palabra de esa parábola. Con ello indica que ese era el punto central del mensaje.
• Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el Señor de la casa. Nuestros cálculos no son de fiar. Nuestros programas pastorales no pueden certificar el momento en que las personas y las estructuras podrán reflejar la presencia del Señor.
• Que no venga inesperadamente. El Señor viene a este escenario del mundo. Está viniendo siempre. Pero con demasiada frecuencia nosotros vivimos distraidos, prestando atencion a mil bagatelas. Es un dolor que él llegue y no estemos esperándolo.
• Que no os encuentre dormidos. El papa Francisco ha dicho que una de las tentaciones del evangelizador es la acedia. Nos hemos acomodado en la poltrona y nos hemos quedado dormidos. Es hora de despertar de nuestra modorra.
 - Señor Jesús, perdona nuestra desesperanza y nuestra presunción. No saber el tiempo de tu llegada nos invita a velar y trabajar. Queremos vivir en esperanza.
                                                                       José-Román Flecha Andrés

DOMINGO 1º DE ADVIENTO CICLO B (Comentario oral)

CADA DÍA SU AFÁN - 2 de diciembre 2017

LA CORONA DEL ADVIENTO

El tiempo de Adviento tiene el encanto de la preparación de la fiesta la Navidad, en la que celebramos el nacimiento de Jesús, Hijo de Dios, Señor y Salvador nuestro.
Es este un tiempo muy rico en significados. La Navidad es la fiesta de la vida y de la juventud del mundo. Es la fiesta de la alegría. Según el canto de los ángeles, es la gran invitación a dar gloria a Dios y a gozar de la paz que él nos regala.
 Uno de los signos que nos acompañan en este camino es la corona del Adviento. Hasta hace poco tiempo no era muy conocida entre nosotros la costumbre de preparar esta corona. Procedente de Alemania se ha extendido por muchos países.
No hace falta indicar que la corona del Adviento tiene forma circular como para representar el tiempo y su recurrencia cíclica y, sobre todo, la perfección de Dios que nos revela la fe.
Además, la corona se recubre de un ramaje verde, que significa el triunfo de la vida sobre la muerte y, para un creyente, la vitalidad de la esperanza cristiana, llamada a producir frutos de vida.
Sobre la corona se asientan cuatro velas, que representan los cuatro domingos que configuran el tiempo litúrgico del Adviento en la liturgia romana. No tan lejos de nosotros, la liturgia ambrosiana, de Milán, articula el Adviento en seis domingos.
Pues bien, tres de esas velas de la corona suelen tener el color morado, propio  de las vestiduras litúrgicas de este tiempo. Un color que representa la austeridad y la penitencia con la que nos preparamos para la celebración festiva de la Navidad.
La tercera vela suele tener un color rosado, que se corresponde también con las vestiduras litúrgicas que se usan en ese domingo de alivio y de alegría. En efecto la misa de ese domingo comienza con la antífona de entrada “Gaudete”, que significa “alegraos”.
En el centro de la corona, algunas personas colocan una vela más grande o bien un cirio de color blanco, que representa a Jesucristo, cuya luz esperamos recibir.
En cada uno de los domingos del Adviento se va encendiendo una de las velas, hasta llegar al cirio blanco que se enciende precisamente el día de la Navidad.
El encendido de estos cirios, tanto en el templo como en el hogar familiar, suele hacerse en el marco de un sencillo rito que puede unir la oración, el cántico, las peticiones y la alabanza.
Hay comunidades y familias que gustan de dar un nombre a cada una de las velas. Con ese nombre pretenden reflejar los dones que se espera recibir del Señor, como la fe, la esperanza, la caridad y la paz, o bien la luz, la fraternidad, la alegría y la justicia.
Pues bien, que las velas de la corona del Adviento y el rito con el que las encendemos nos ayuden a recordar las palabras de Jesús: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

José-Román Flecha Andrés



jueves, 23 de noviembre de 2017

Libro: LA SEMILLA- Reflexiones dominicales y festivos. Ciclo B

SINOPSIS
En la celebración de la eucaristía dominical durante el año B del ciclo litúrgico nos acompaña generalmente la lectura del evangelio según san Marcos. Como se sabe, las parábolas sobre el Reino de Dios contienen con frecuencia imágenes relativas a la siembra y a la pesca. El evangelio según san Marcos contiene una parábola exclusiva en la que Jesús compara el Reino de Dios con la semilla que germina y va creciendo, sin que el labrador sepa cómo (Mc 4,26-29). Tal vez estas páginas de "La semilla" puedan ayudarnos a meditar el don de la Palabra de Dios que recibimos en gratuidad y queremos celebrar con gratuidad.


martes, 21 de noviembre de 2017

DOMINGO 34º TIEMPO ORDINARIO A

REFLEXIÓN- DOMINGO 34º DEL TIEMPO ORDINARIO.A 26 de noviembre de 2017

      
          EL REY PASTOR                                              
“Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro”. Así comienza el texto del profeta Ezequiel que se lee en esta fiesta de Jesucristo, Rey del Universo.  Nos es bien conocida esta imagen del buen Pastor, que el profeta atribuye al mismo Dios.  
Pero hay momentos en la vida en los que leemos estas palabras desde una nueva experiencia. Y comprendemos que esta afirmación del Pastor no es gratuita ni retórica. No es una poesía estéril. Esa profecía me atañe a mí personalmente. Dios me ha estado buscando siempre, “siguiendo mi rastro” con tanta paciencia como esperanza.
Por eso, con el salmo responsorial puedo hoy afirmar con tanta certeza como humildad: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22,1). 
Pero el Pastor no sólo nos alimenta. Da la vida por nosotros y nos da la vida verdadera. Como escribía san Pablo, si por Adán hemos muerto todos, por Cristo todos volveremos a la vida (1Cor 15,22).   

DOS SENTENCIAS

En este último domingo del año litúrgico, se proclama la tercera de las parábolas de la esperanza, que contiene el capítulo 25 del evangelio de Mateo. Jesús compara al Hijo del hombre con un pastor que separa las ovejas de las cabras (Mt 25,31-46).
La escena del juicio sobre la humanidad contrapone dos sentencias definitivas que ha de pronunciar el Señor de la historia. La primera evoca el tono amable de la acogida: “Venid, benditos de mi Padre”. La segunda resuena con la fuerza terrible del rechazo: “Apartaos de mi, malditos”.
Instintivamente, todos nos colocamos en el bando de los corderos que reciben atención y recompensa por las buenas acciones realizadas al menos alguna vez. Pero, a lo largo de la vida, raras veces pensamos que podemos ser condenados por nuestra indiferencia ante las necesidades de los demás.

PREGUNTA Y RESPUESTA

El criterio para ese discernimiento final no será lo que hemos dicho o escrito. Ese diálogo entre los hombres y el Señor no solo orienta nuestro definitivo examen de conciencia sino también la última de las revelaciones de su identidad.
• “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos?” A la asombrada pregunta de los que se han entregado por los más abandonados, responde el gran Abandonado: “Lo que hicisteis con mis hermanos, lo hicisteis conmigo”.
• “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed… y no te asistimos?” A la escandalizada pregunta de los que han vivido solo para sí mismos, responde el gran Marginado: “Lo que no hicisteis con los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”.
En el examen final el Señor solo tendrá en cuenta nuestra actitud y nuestro compromiso activo a favor de nuestros hermanos. Y, por cierto, al juicio no serán convocados solo los discípulos de Jesucristo. Creyentes y no creyentes, creyentes no practicantes y practicantes no creyentes, todos seremos examinados de igual manera.
- Señor Jesús, sabemos que la meditación sobre el juicio último es una de las escuelas para aprender y vivir la esperanza.  No permitas que olvidemos la tarea sobre la cual seremos examinados. Amén.
                                                                                  José-Román Flecha Andrés  

FESTIVIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (Comentario oral)


CADA DÍA SU AFÁN 25 de noviembre de 2017

DE LA FE A LA ECOLOGÍA

Es evidente que a todos los seres humanos corresponde la responsabilidad de cuidar esta tierra. Ahora bien, los cristianos estamos convencidos de que no podemos eximirnos de ese honroso deber. Creer en Dios nos exige colaborar con el proyecto de Dios sobre el mundo.
De sobra sabemos que nuestro aprecio por la fe, la esperanza y el amor ha de impregnar la reflexión ecológica y la práctica de un mayor respeto hacia el mundo creado por Dios, percibido por el creyente en términos de gratuidad y de ofrenda.
A esa renovación de actitudes nos sentimos llamados e impulsados en virtud de nuestra fe en la Trinidad de Dios. Creer en Dios significa preguntarnos cómo actúa esa creencia, también en cuanto al uso de las cosas creadas, como explícitamente afirma el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 226).
 • Creer en un Dios Creador, significa proclamar la bondad del mismo creador y la grandeza de su criatura. Y, al mismo tiempo, significa aceptar el honor y el deber de la colaboración en la tarea de una creación que continúa. La cuestión ecológica vuelve a replantear el sentido de la creación y del mundo creado.
Pero vuelve a plantear con igual fuerza la pregunta por la dignidad, la majestad y la finalidad del ser humano con relación a las obras de sus manos y al mundo en el que y del que vive.  Según escribió Juan Pablo II, "los que creen en Dios Creador y, por tanto, están convencidos de que en el mundo existe un orden bien definido y orientado a un fin, deben sentirse llamados a interesarse por este problema".
• Creer en un Dios Redentor significa confesar que en Jesucristo la naturaleza y la historia han sido exaltadas a su dignidad más alta. Eso significa proclamar desde la fe que en Cristo comienza una nueva creación (GS 39).
Una reflexión cristiana sobre la tarea ecológica no puede olvidar el misterio de la encarnación del Verbo en la naturaleza humana. Pero tampoco puede ignorar el misterio de la resurrección de Cristo, primicia y anticipo de la renovación de todo lo creado. A la luz de la Pascua, habrá que repensar la dialéctica entre "la resistencia y la sumisión" del ser humano.
También la relación del hombre con su mundo es un misterio de obediencia y de imposición. Ahí se plantea la necesidad de ver a la "persona" en términos de relación y responsabilidad dialogal. 
• Y creer en un Dios, al que confesamos como Espíritu de Amor, supone descubrir cada día el valor de epifanía y de promesa que encierra el mundo creado, como anticipo de la paz y de la gloria que esperamos.
Creer significa aceptar el misterio de la cruz. Y confesar que hemos sido redimidos por la muerte de Jesús en la cruz implica, entre otras cosas, comprender al ser humano no tanto desde el progreso ilimitado cuanto desde la perspectiva de la renuncia y la abnegación.
                                                                José-Román Flecha Andrés