LA SABIDURIA Y LA PALABRA
“Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y nunca
jamás dejaré de existir” (Eclo 24,9). La sabiduría,
personificada, da cuenta de su origen y de su futuro. Ha sido creada por Dios,
ha puesto su tienda en Israel y nunca dejará de existir.
Como se puede ver, el libro del
Eclesiástico nos presenta la sabiduría con rasgos que revelan su origen divino
y su fiel dedicación a la especie humana.
También el salmo responsorial
recuerda que Dios “anuncia su palabra a Jacob” y añade que “con ninguna nación
obró así, ni les dio a conocer sus mandatos” (Sal 147, 19.20). Escuchar la
palabra de Dios no es una pesada obligación. Es un privilegio gratuito y
asombroso.
Según la carta a los Efesios, hemos sido elegidos antes de la creación del mundo para ser santos e irreprochables por el amor. Para vivir de esa forma, necesitamos que Dios nos conceda el don de sabiduría para conocerlo. Dios ilumina los ojos de nuestro corazón para que podamos comprender la esperanza a la que nos llama (Ef 1,15-18).
SU PALABRA Y LAS NUESTRAS
Esos son los dones que esperamos
de la Palabra eterna de Dios. Según el evangelio de Juan, el Verbo, es decir la
Palabra, existía en el principio, estaba junto a Dios y era Dios.
Al escuchar esta noticia, no
podemos menos de recordar el elogio que la sabiduría hacía de sí misma, de su
origen y de su misión.
Es más, se nos dice que por medio
del Verbo se hizo todo y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
Es preciso meditar esa
presentación de la Palabra de Dios para adquirir el espíritu de discernimiento.
Es decir, para juzgar todo eso que con demasiada frivolidad consideramos como
espléndidas “creaciones” de los hombres.
Frente a la Palabra creadora de Dios, nuestras palabras, por sonoras y solemnes que parezcan, han de sonar siempre a hueco.
LA PALABRA Y LA LUZ
En el prólogo al evangelio de Juan
sobresalen tres afirmaciones inolvidables sobre la Palabra eterna de Dios, que
se ha hecho terrena y cercana a quienes la escuchan:
• “En la Palabra había vida”.
Muchas de nuestras palabras carecen de vida. Porque no dicen nada o porque son
dañinas para nosotros mismos y para los demás. Por eso, no podemos vivir de
verdad sin prestar una atención cordial y comprometida a la Palabra de
Dios.
• “La Palabra era la luz
verdadera”. Ella es la luz que ilumina a todos los hombres. También a los que
pretenden ser luz para ellos mismos y para los demás. Es impensable tratar de
vivir con claridad sin dejarnos guiar humildemente por la luz de la Palabra de
Dios.
• “La Palabra se hizo carne”. Deberíamos
estar convencidos de que la fe no nace de una una lección o de un discurso,
sino de un encuentro. Es lamentable vivir colgados tan solo de una idea, sin
dejarnos interpelar por la presencia de Jesucristo en nosotros.
* Señor Jesús, Palabra eterna de Dios, nos admira meditar que tú has decidido habitar para siempre entre nosotros. Perdona nuestras palabras malignas y aun las ociosas. Permítenos caminar guiados por tu sabiduría. Que nuestra vida sea luminosa y pueda ofrecer a nuestros hermanos el sencillo testimonio de tu luz. Amén.
José-Román Flecha Andrés