martes, 9 de diciembre de 2025

REFLEXIÓN - Domingo 3º de Adviento, Ciclo A 14 de diciembre de 2025

 

ACOGER AL SALVADOR

Las noticias de cada día nos hablan de catástrofes naturales, de guerras y de proyectos de los poderosos para cambiar las estructuras de la tierra. Pero siempre son los más pobres y marginados los que son condenados a pagar las consecuencias del mal y de las desgracias.

El texto del profeta Isaías que hoy se lee gira en torno a una consoladora profecía: “¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará”. A continuación, añade que su venida cambiará la suerte de los ciegos y los sordos, los cojos y los mudos y hará volver a los rescatados del Señor (Is 35,1-6.10).

Este domingo, imploramos: “Ven, Señor, a salvaros” (Sal 145). Y después leemos en la carta de Santiago: “Hermanos, esperad con paciencia hasta la venida del Señor” (Stg 5,7).

Andando los siglos, santa Teresa de Jesús escribía con acierto: “¿Qué esperanza podemos tener de hallar sosiego en otras cosas, pues en las propias no podemos sosegar…?”

 SANACIÓN Y SALVACIÓN

  Desde la mazmorra en la que había sido arrojado por Herodes, Juan Bautista envía a dos discípulos suyos para que interroguen a Jesús sobre su identidad: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” (Mt 11,2-11). Las credenciales de Jesús son sus propias obras, que evidentemente cumplen las promesas que se contenían en el libro de Isaías. En realidad, son la prueba de que él es el Mesías que había de venir.

Sus acciones no son meros actos de curación. La sanación corporal es el signo visible de la salvación integral de la persona. Una salvación que solo Jesús puede otorgar. Nadie fuera de él podrá salvarnos. Ni personas, ni instituciones, ni líderes ni ideologías. Solo él es el Salvador. Ese es el contenido central de nuestra fe y de la nueva evangelización.

La salvación del hombre no se reduce a la sanación corporal de la persona, pero no pretende ignorarla. Hoy podemos y debemos preguntar por los enfermos que conocemos y por los que no conocemos. Hoy no podemos ignorar a todos esos desvalidos. Hoy hemos de agradecer la misericordia que Dios tiene con todos ellos. 

LA GRAN BIENAVENTURANZA

Entre todas las bienaventuranzas que el evangelio pone en boca de Jesús, es fundamental la que se recuerda en este tercer domingo de Adviento:

• “¡Dichoso aquel que no pierde su confianza en mí!”. Muchos desearían un Mesías a la medida de sus gustos, un evangelio que aceptara sus caprichos, una Iglesia que bendijera todas sus decisiones. Sin embargo, para la fe cristiana, es dichoso el que no coloca su propia idea del Mesías por encima y contra la realidad del Mesías Jesús.

“¡Dichoso aquel que no pierde su confianza en mí!”. Contemplemos una vez más la apariencia humilde de Jesús. Contemplemos su sacrificio. Su pasión y su muerte eran un verdadero escándalo, una piedra de tropiezo. Pues bien, es dichoso quien supera la tentación de abandonar a Jesús y su evangelio, a Cristo y a su Iglesia.

-  Señor Jesús, nos llena de gozo la esperanza con la que nos estamos preparando para la celebración de tu Nacimiento. Tu sabes que esa celebración se está paganizando cada día más. No permitas que te recibamos de manera indigna. Deseamos sinceramente aceptarte como el que eres. Queremos acogerte como nuestro Salvador. Amén.

                                                                        José-Román Flecha Andrés