ACOGER AL SALVADOR
Las noticias de cada día nos
hablan de catástrofes naturales, de guerras y de proyectos de los poderosos
para cambiar las estructuras de la tierra. Pero siempre son los más pobres y
marginados los que son condenados a pagar las consecuencias del mal y de las
desgracias.
El texto del profeta Isaías que
hoy se lee gira en torno a una consoladora profecía: “¡He aquí vuestro Dios!
Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará”. A
continuación, añade que su venida cambiará la suerte de los ciegos y los
sordos, los cojos y los mudos y hará volver a los rescatados del Señor (Is
35,1-6.10).
Este domingo, imploramos: “Ven,
Señor, a salvaros” (Sal 145). Y después leemos en la carta de Santiago:
“Hermanos, esperad con paciencia hasta la venida del Señor” (Stg 5,7).
Andando los siglos, santa Teresa de Jesús escribía con acierto: “¿Qué esperanza podemos tener de hallar sosiego en otras cosas, pues en las propias no podemos sosegar…?”
SANACIÓN Y SALVACIÓN
Desde la mazmorra en la que había sido arrojado por
Herodes, Juan Bautista envía a dos discípulos suyos para que interroguen a
Jesús sobre su identidad: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a
otro?” (Mt 11,2-11). Las credenciales de Jesús son sus propias obras, que evidentemente
cumplen las promesas que se contenían en el libro de Isaías. En realidad, son
la prueba de que él es el Mesías que había de venir.
Sus acciones no son meros actos de
curación. La sanación corporal es el signo visible de la salvación integral de
la persona. Una salvación que solo Jesús puede otorgar. Nadie fuera de él podrá
salvarnos. Ni personas, ni instituciones, ni líderes ni ideologías. Solo él es
el Salvador. Ese es el contenido central de nuestra fe y de la nueva
evangelización.
La salvación del hombre no se reduce a la sanación corporal de la persona, pero no pretende ignorarla. Hoy podemos y debemos preguntar por los enfermos que conocemos y por los que no conocemos. Hoy no podemos ignorar a todos esos desvalidos. Hoy hemos de agradecer la misericordia que Dios tiene con todos ellos.
LA GRAN BIENAVENTURANZA
Entre todas las bienaventuranzas
que el evangelio pone en boca de Jesús, es fundamental la que se recuerda en
este tercer domingo de Adviento:
• “¡Dichoso aquel que no pierde su
confianza en mí!”. Muchos desearían un Mesías a la medida de sus gustos, un
evangelio que aceptara sus caprichos, una Iglesia que bendijera todas sus
decisiones. Sin embargo, para la fe cristiana, es dichoso el que no coloca su
propia idea del Mesías por encima y contra la realidad del Mesías Jesús.
• “¡Dichoso
aquel que no pierde su confianza en mí!”. Contemplemos una vez más la apariencia
humilde de Jesús. Contemplemos su sacrificio. Su pasión y su muerte eran un
verdadero escándalo, una piedra de tropiezo. Pues bien, es dichoso quien supera
la tentación de abandonar a Jesús y su evangelio, a Cristo y a su Iglesia.
- Señor Jesús, nos llena de gozo la esperanza con la que nos estamos preparando para la celebración de tu Nacimiento. Tu sabes que esa celebración se está paganizando cada día más. No permitas que te recibamos de manera indigna. Deseamos sinceramente aceptarte como el que eres. Queremos acogerte como nuestro Salvador. Amén.
José-Román Flecha Andrés