ESPERAR CON PACIENCIA
El tiempo de Adviento es
tiempo de esperanza. Según el papa
Francisco, “el mundo necesita esperanza, como
también necesita la paciencia, virtud que camina de la mano de la esperanza.
Los seres humanos pacientes son tejedores de bien… Incluso cuando muchos a su
alrededor han sucumbido a la desilusión, quien está animado por la esperanza y
es paciente es capaz de atravesar las noches más oscuras”.
Se suele decir que vivimos en un tiempo
marcado por el nihilismo. Según Emmanuel Mounier, “el nihilismo, del que se
desprende el espíritu de catástrofe, es una reacción masiva de tipo infantil”.
En este tiempo se respira un aire de
pesimismo y desesperanza. Parece que se respira la voluntad de llegar a un
“suicidio asistido”, tanto desde el punto de vista religioso como cultural. Pero
en ese contexto, la esperanza se presenta como la actitud necesaria para
superar el canto de las sirenas y seguir navegando hacia un futuro de plenitud.
El
cristiano que vive esperando el encuentro con su Señor tendrá que sufrir el
retraso y la pesadez de la espera, soportar pacientemente las adversidades
exteriores y dar fruto en la perseverancia. Su actitud paciente, que le asemeja
al mismo Dios, es el precio que ha de pagar por la salvación de su propia alma
y la colaboración que debe prestar a la instauración definitiva del tiempo de
Dios.
La
paciencia es capaz de soportar la adversidad con fortaleza. Si el cristiano no
se resigna a vivir pasivamente ante este siglo malo es precisamente porque vive
aguardando, en lucha contra el pecado, el futuro prometido por Dios.
Según
Erich Fromm, “la fortaleza es la capacidad de resistir a la tentación de
comprometer la esperanza y la fe, transformándolas -y por tanto destruyéndolas-
en vacío optimismo o en fe irracional. La fortaleza es la capacidad de decir no
cuando el mundo quiere oír decir sí”.
En su encíclica Dios es amor, el papa Benedicto XVI escribía que “la
esperanza se relaciona prácticamente con la virtud de la paciencia, que no
desfallece ni siquiera ante el fracaso aparente, y con la humildad, que
reconoce el misterio de Dios y se fía de él incluso en la oscuridad” (DC
39).
Y el papa Francisco ha
añadido que “la paciencia, que también es fruto del Espíritu Santo, mantiene
viva la esperanza y la consolida como virtud y estilo de vida. Por lo tanto,
aprendamos a pedir con frecuencia la gracia de la paciencia, que es hija de la
esperanza y al mismo tiempo la sostiene” (SNC 4).
Es
preciso vivir la paciencia en la firmeza, la vigilancia y la sobriedad. Los
cristianos necesitamos que, un ángel nos asegure: "No temáis, os traigo
una buena nueva, una gran alegría, que es para todo el pueblo" (Lc 2,10). Ese
es el mensaje de la Navidad.
José-Román Flecha Andrés