ANTONIO TROBAJO, AMIGO
Tu muerte no me ha
cogido por sorpresa. En la última llamada telefónica noté tu voz tan débil y
cansada que yo mismo aceleré con dolor la despedida. Ahora, en este momento en
que me llega la noticia de tu partida, solo quiero manifestarte mi amistad y mi
profunda gratitud por lo que has sido y por lo que has hecho.
Has sido un hombre
bueno, que no es poco decir. Seguramente todos te recordarán como una persona
amable y sincera. Has mostrado a todo el mundo rostro amable de la fe, el
itinerario tenaz y paciente de la esperanza, la vocación cristiana al amor,
entendido también como caridad social.
Has promovido el
diálogo entre la fe y la cultura, tomando muy en serio a los dos dialogantes.
Has sabido presentar ante la Iglesia el rostro confiable del mundo. Y has
sabido presentar al mundo de la cultura el valor de una iglesia peregrina, a la
que has dedicado las parábolas más bellas y atinadas en tus escritos y
homilías.
Has sido un buen
sacerdote, como cura de pueblo, profesor de religión, rector del seminario,
vicario de la diócesis o deán de esta “pulchra” catedral que, gracias a ti, es
más conocida y amada por los de cerca y los de lejos.
Yo sé que en este
momento son muchas las alabanzas que se
escribirán sobre ti. A pesar del dolor
de esta hora, me alegra pensar que esas alabanzas son de sobra merecidas.
Esta es la hora de dar
gracias a Dios por los muchos dones que derramó sobre ti. Y por lo mucho, bueno
y sabroso que nos has ido entregando con tu humanidad y tu espiritualidad, con
tu trabajo y tu serenidad, con tu sabiduría y tu humildad, con esa paz y esa
sinceridad tuyas que nos estimulaban cada día.
Querido Antonio, ha
sido un privilegio poder contar con tu amistad. Y es un deber dejar constancia
de lo mucho que agradecemos lo que has hecho por la cultura y por la fe en esta
tierra nuestra. Y, sobre todo, por
habernos acercado más a Jesucristo y a su Iglesia. Que Dios te lo pague, hermano.