“Se han llevado
del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”
(Jn 20,2)
Señor
Jesús, con las primeras luces del alba
María de Magdala descubrió que tu sepulcro estaba vacío. A toda prisa fue a
anunciar la noticia a tus discípulos. Con razón ha sido llamada “apóstol de los
apóstoles”.
Pero
todo el relato nos extraña. ¿Esperó al amanecer o salió al campo caminando en
las tinieblas? ¿No había pensado en los riesgos que corría al abrir el
sepulcro? ¿Fue ella sola hasta el sepulcro o se hizo acompañar por las otras
mujeres que habían presenciado tu sepelio?
Evidentemente,
estas preguntas no interesaban en el relato. Cuando nos arrastra la curiosidad,
no dejamos espacio al asombro, ese rocío mañanero que ayuda a la fe a brotar en
la tierra reseca de la estepa.
María
encontró vacío tu sepulcro. Eso es lo que importa. Ella podía dar testimonio de
que allí había sido depositado el cuerpo de su Maestro. Y ella puede dar
testimonio de que ya no se encontraba
donde fue dejado por tus amigos.
Como
ella, no encontramos explicación para la evidencia. Una cosa era clara para
María. Tu cuerpo fue confiado a la roca, pero la roca no podía contenerlo para
siempre.
Como
muchos de nosotros, María tuvo que sufrir el dolor de experimentar tu ausencia.
Ni siquiera le quedaba el exiguo consuelo de saber dónde reposaba tu cuerpo. De
pronto se quedaba sin ese triste anclaje que todos necesitamos.
No
sabía dónde te habían puesto. Y no lo sabía ella, que se sentía con el derecho
de saberlo. Con todo, la luz del alba venció a las tinieblas. Y pronto habría
de saber que tu ausencia revelaba el milagro de tu presencia universal. Tú te
harías presente a los tuyos en mil formas y en mil lugares.
Hoy
tan solo me hace falta abrir los ojos a la luz de la mañana para descubrirte
presente entre nosotros. A ti, que eres nuestro Maestro. A ti que eres la vida
de nuestra vida. A ti que eres el Señor.
José-Román
Flecha Andrés
