ANTONIO
TROBAJO
UN
HOMBRE PARA LA ETERNIDAD
Conocedor
de la historia, de la literatura y del cine, Antonio Trobajo me habría
reprendido suavemente por dedicarle este título que se ha atribuido a un hombre
grande, capaz de dejar una huella tanto en la sociedad civil como en la
Iglesia. En realidad, el título elegido para esta memoria del corazón se
refiere tanto al papel que ha desempeñado en el espacio de la temporalidad
como, sobre todo, a esa mirada que lo vislumbra ya en las moradas eternas.
Pero
la proverbial humildad de Antonio no quedará burlada, ahora que ha pasado la
frontera del tiempo y la apariencia. En realidad, Antonio Trobajo ha sido siempre un buen amigo de las gentes y
un gran amigo de la verdad, como dirían los clásicos que él estudió en Salamanca.
Acorralado
por la enfermedad, a la que se enfrentaba con paz y hasta con un cierto toque
de humor, Antonio Trobajo nos ha dejado la imagen de un hombre afable y amable,
que miraba a su interlocutor con atención y confianza, con una firmeza que daba
seguridad y ayudaba al otro a
preguntarse por su propia verdad.
Su
talante, su experiencia, sus estudios y su vida espiritual dieron a Antonio una
admirable capacidad de diálogo. De hecho, ha sabido dialogar con la cultura de
nuestro tiempo, conocía la historia y la crónica, la poesía de los
maestros y la prosa de las gentes de la
calle, que él transfiguraba con toda naturalidad tanto en sus escritos como en
en sus homilías.
Ordenado
por el obispo Luis Almarcha, Antonio Trobajo estrenó su ministerio sacerdotal
como cura de Tejerina. Le gustaba recordar aquel comienzo que continuaría más
adelante en la parroquia de Santo Toribio, en León.
Profesor
en el Instituto Juan del Enzina y en el colegio de las Carmelitas de Vedruna,
en la Escuela Normal y en el Seminario de San Froilán, ha sabido enseñar y
escuchar, estudiar y escribir. Y ha tenido tiempo para ejercer como vicario de
la diócesis, como rector del Seminario y como deán de esta hermosa catedral de
León, a la que ha dado a conocer a los cercanos y a los lejanos.
Y siempre y en todas partes, Antonio Trobajo
nos ha dejado la imagen de un buen sacerdote, siempre afable y amable. Parecía
siempre disponible para atender a los estudiosos y a la gente más sencilla, a
los miembros de las hermandades y cofradías de Semana Santa y a los periodistas
de todos los medios de comunicación.
Ha sido un hombre de diálogo sincero con la fe
y con la cultura, que inició ya con su dedicación a la revista “Colligite” que
publicaba el Centro de Estudios San Isidoro.
No podremos olvidar la humilde tenacidad con la que promovió los ciclos
de conferencias sobre la Fe y la Cultura o las sesiones de estudio sobre
cuestiones sociales.
Nos
mostró las riquezas de nuestros escritores y a ellos los acercó a los umbrales
de la fe. Ha sabido mostrar a la cultura
de nuestro tiempo la verdad, la bondad y la belleza de la Iglesia, Y partiendo
de las parábolas que la reflejan, a las que dedicó el mejor de sus libros, ha
mostrado a nuestra sociedad los tesoros más vivos y humanizadores del evangelio
de Jesucristo.
Con
nuestra más sincera gratitud hacia lo que Antonio Trobajo ha sido y ha hecho,
damos gracias a Dios por todo lo que, por medio de él, nos dejó ver y
vislumbrar de su proyecto divino sobre el hombre y sobre la historia.
José-Román
Flecha Andrés