ENVÍA TU ESPÍRITU
“De
repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de un viento que soplaba
fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados” (Hech 2,2). Se
celebraba la fiesta de Pentecostés y los apóstoles estaban reunidos en
Jerusalén. Tal vez se preguntaban cómo iniciar la misión que el Señor les había
confiando.
De
pronto, un trueno se deja “oír” por
todos. Y a continuación, unas lenguas como de fuego se dejan “ver” sobre cada
uno de ellos. Entran en juego los sentidos corporales.
Es la presencia del Espíritu de Dios. Es como
una nueva creación. Una nueva manifestación de lo divino. Una elección y una
misión. Habrán de dirigirse no solo al pueblo de Israel, sino también a todas
las gentes, que los oirán en sus respectivas lenguas.
Con
el salmo responsorial dirigimos al Padre la súplica que es obligada en el día
de hoy: “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de a tierra” (Sal 103).
San Pablo nos recuerda que “Nadie puede decir que Jesús es Señor, sino por el Espíritu Santo”. Vivamos unidos, porque “todos hemos bebido de un solo Espíritu (1 Cor 12,3.13).
DISCERNIMIENTO Y DOCILIDAD
El
evangelio que se proclama en esta fiesta de Pentecostés (Jn 20,19-23) nos
remite a aquel primer día de la semana en que Jesús resucitado se presentó en
medio de sus discípulos y les deseó la paz. Ellos lo reconocieron al ver sus llagas y se llenaron de alegría.
Entonces,
Jesús sopló sobre sus discípulos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A
quienes les perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; y a quienes se los
retengáis, les quedarán retenidos”. En una sociedad como la nuestra ¿Qué
significan esas palabras?
•
Recibir el Espíritu Santo es acercarnos a la fuente. La verdad que podamos anunciar y el bien que
podamos hacer no brotan de nuestra mente ni de nuestra voluntad. Solo el Espíritu de Dios puede librarnos de nuestra
presunción y de nuestro desaliento.
• Perdonar o retener los pecados tampoco depende de nuestra personal apreciación de la responsabilidad de los demás. Solo el Espíritu puede mover a los pecadores a la conversión y concedernos el discernimiento para evaluar la responsabilidad, la culpa y el arrepentimiento. Del Espíritu viene el perdón, el discernimiento y la docilidad para reflejar su misericordia.
TESTIGOS DE LA VERDAD Y EL PERDON
Pero
antes de ese precioso encargo, Jesús manifiesta ante sus discípulos la misión que él
mismo ha recibido: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío
yo”. Ese envío es lo que garantiza su autoridad y lo que fundamenta y motiva nuestra
responsabilidad.
•
“Como el Padre me ha enviado”. Jesús es consciente de haber sido enviado por el
Padre celestial. Él dijo alguna vez que atender a su voluntad era su comida.
Escucharla y cumplirla era el sustento de su vida y era la razón de su
actuación en el mundo.
•
“Así también os envío yo”. Sin embargo, Jesús había buscado colaboradores para
anunciar por todo el mundo la llegada del Reino de Dios. El que había sido
enviado por el Padre, los envía a ellos y nos envía a nosotros a anunciar la
presencia misericordiosa de Dios.
- Señor Jesús, te damos gracias porque has querido elegirnos sin ningún mérito nuestro para continuar la misión que el Padre te ha confiado. Tú sabes que somos débiles, miedosos e interesados. Que tu Espíritu nos dé la lucidez, la fuerza y la humildad para ser siempre y en todo lugar testigos de la verdad y del perdón. Amén.
José-Román Flecha Andrés