CREER, ESPERAR Y AMAR
Según
san Isidoro, “unas virtudes ocupan el puesto más elevado y otras el de en
medio. La fe, la esperanza y la caridad son las supremas, porque quienes las
alcanzan las poseen de verdad. Las otras virtudes están en el medio, porque
pueden adquirirse para provecho y para ruina”.
1.Sobre
la virtud de la fe, dice que “nos permite creer firmemente lo que no podemos
ver”. Es necesario creer en los demás para poder convivir. Además, “no podemos
alcanzar la verdadera felicidad sino mediante la fe”. Es más, “es feliz el que
con rectitud de fe lleva una vida santa y con vida santa conserva la rectitud
de la fe”.
En
realidad, “no solo hay que dar crédito a lo que percibimos por los sentidos
corporales, sino más aún a lo que conocemos por la inteligencia, es decir, a
Dios. Sin la fe, nadie puede agradar a Dios”.
Como
adelantándose a los tiempos, añade él que “la fe de ningún modo se impone por
la fuerza, sino que se justifica con la razón y los ejemplos. Si se exige con
violencia no puede perseverar”.
Por
eso, la fe exige una adhesión personal, íntima y verdadera. Dios contempla la
fe en el corazón, donde no caben fingimientos. “De nada aprovecha la fe que se
mantiene de palabra, si no se cree de corazón y de nada aprovecha la fe que se
mantiene en el corazón, si no se pregona con palabras”.
2.
Sobre la virtud de la esperanza (spes), escribe san Isidoro que su nombre
deriva de pes, es decir el pie. Así que esperar es mantenerse en camino.
Estas referencias no dejan de revelar esa gran verdad que señala inmediatamente:
“El que ama el pecado no espera la gloria futura”.
A
la misma idea nos remite al escribir que “los que no desisten de obrar el mal,
con vana esperanza buscan el perdón de la misericordia divina”. En efecto,
“todo justo resplandece por la esperanza y el temor, pues la esperanza lo
dispone al gozo, y el terror al infierno lo impulsa al temor”.
3.
Sobre la virtud de la caridad san Isidoro dice que es mayor que todas las
virtudes, porque quien ama, también cree y espera. Quien no ama, aunque haga
muchas cosas buenas, se esfuerza en vano.
El
amor se distingue por el destinatario del afecto. Según él, “hemos de amar a
Dios más que a nosotros; al prójimo como a nosotros; al enemigo como al
prójimo. Y si no amamos a Dios, de ningún modo podremos amarnos a nosotros
mismos”.
Según
el Santo, sin amor de caridad, aunque se tenga la virtud de la fe, no se puede
alcanzar la felicidad eterna. Además, afirma que “no ama a Cristo en su
totalidad, quien odia al hombre”.
Su
consejo final se adelanta a los principios de la Bioética moderna: “Dos normas
hay que observar en el amor al prójimo: una, la de no ocasionarle daño; la
otra, la de procurarle el bien. Lo primero, para evitar herirle; lo segundo
para aprender a dar”.
José-Román Flecha Andrés