lunes, 18 de mayo de 2026

CADA DÍA SU AFÁN -23 de mayo de 2026


CREER, ESPERAR Y AMAR 

Según san Isidoro, “unas virtudes ocupan el puesto más elevado y otras el de en medio. La fe, la esperanza y la caridad son las supremas, porque quienes las alcanzan las poseen de verdad. Las otras virtudes están en el medio, porque pueden adquirirse para provecho y para ruina”. 

1.Sobre la virtud de la fe, dice que “nos permite creer firmemente lo que no podemos ver”. Es necesario creer en los demás para poder convivir. Además, “no podemos alcanzar la verdadera felicidad sino mediante la fe”. Es más, “es feliz el que con rectitud de fe lleva una vida santa y con vida santa conserva la rectitud de la fe”.

En realidad, “no solo hay que dar crédito a lo que percibimos por los sentidos corporales, sino más aún a lo que conocemos por la inteligencia, es decir, a Dios. Sin la fe, nadie puede agradar a Dios”.

Como adelantándose a los tiempos, añade él que “la fe de ningún modo se impone por la fuerza, sino que se justifica con la razón y los ejemplos. Si se exige con violencia no puede perseverar”.

Por eso, la fe exige una adhesión personal, íntima y verdadera. Dios contempla la fe en el corazón, donde no caben fingimientos. “De nada aprovecha la fe que se mantiene de palabra, si no se cree de corazón y de nada aprovecha la fe que se mantiene en el corazón, si no se pregona con palabras”.

2. Sobre la virtud de la esperanza (spes), escribe san Isidoro que su nombre deriva de pes, es decir el pie. Así que esperar es mantenerse en camino. Estas referencias no dejan de revelar esa gran verdad que señala inmediatamente: “El que ama el pecado no espera la gloria futura”.

A la misma idea nos remite al escribir que “los que no desisten de obrar el mal, con vana esperanza buscan el perdón de la misericordia divina”. En efecto, “todo justo resplandece por la esperanza y el temor, pues la esperanza lo dispone al gozo, y el terror al infierno lo impulsa al temor”.

3. Sobre la virtud de la caridad san Isidoro dice que es mayor que todas las virtudes, porque quien ama, también cree y espera. Quien no ama, aunque haga muchas cosas buenas, se esfuerza en vano.  

El amor se distingue por el destinatario del afecto. Según él, “hemos de amar a Dios más que a nosotros; al prójimo como a nosotros; al enemigo como al prójimo. Y si no amamos a Dios, de ningún modo podremos amarnos a nosotros mismos”.

Según el Santo, sin amor de caridad, aunque se tenga la virtud de la fe, no se puede alcanzar la felicidad eterna. Además, afirma que “no ama a Cristo en su totalidad, quien odia al hombre”.

Su consejo final se adelanta a los principios de la Bioética moderna: “Dos normas hay que observar en el amor al prójimo: una, la de no ocasionarle daño; la otra, la de procurarle el bien. Lo primero, para evitar herirle; lo segundo para aprender a dar”.  

 

José-Román Flecha Andrés