LAS VIRTUDES CARDINALES
Tras
atribuir a Sócrates la denominación de las cuatro virtudes morales o cardinales,
san Isidoro incluye en las Etimologías una breve presentación de las
mismas. Por la prudencia distinguimos en las cosas lo malo de lo bueno. La
justicia, aplicando un criterio correcto, permite que se distribuya a cada uno
lo suyo. La fortaleza soporta las adversidades. Mediante la templanza, se
refrena la lujuria y la concupiscencia.
1.
Refiriéndose a la primera de las virtudes cardinales, san Isidoro define al
prudente como el que ve de lejos y puede anticipar con tiempo un
acontecimiento.
A
la virtud de la prudencia se refiere cuando afirma que el mal uso convierte a
algunas virtudes en vicios. Así el celo excesivo, cuando traspasa los límites
que le impone la prudencia, se parece demasiado al vicio de la ira, mientras
que la mansedumbre desmedida engendra la inacción perezosa.
En
consecuencia, “la discreción del varón prudente mira con solicitud para no
practicar destempladamente lo bueno y para no pasar de la virtud al vicio”.
2.
Con relación a la virtud de la justicia, san Isidoro escribe que los
gobernantes han de saber que son de la misma naturaleza que los gobernados. Han
de estar atentos a favorecer a los pueblos y no a perjudicarlos. No han de
oprimirlos con tiranía, sino que deben velar por ellos con benignidad y
condescendencia.
El
buen rey se aparta del delito para dirigirse a la justicia antes que abandonar
la justicia para entregarse al delito.
3.
Antes de hablar de la fortaleza, san Isidoro reflexiona sobre la debilidad. A la hora de medir el alcance de nuestra
fuerza, hemos de ser prudentes. “Si es mayor el esfuerzo que el provecho de las
almas, se debe renunciar a un trabajo al que acompaña una mínima ventaja”.
La
fuerza que a veces demostramos al afrontar nuestras dificultades es siempre un
don gratuito de Dios. “El ser inteligentes, el sentirnos poderosos, lo debemos
no al favor de otro cualquiera, sino al de Dios”
4.
Analizando la virtud de la templanza, san Isidoro comenta el relato bíblico
sobre Adán y Eva. Los humanos hemos perdido la virtud de la templanza ya en el
paraíso original. “El primer hombre sucumbió fascinado por el diverso encanto
de los seres”
Evocando la
antigua norma de la “mesura”, afirma que “hay virtudes, que, de no regularse
por la discreción, pasan a ser vicios. La justicia que se excede de su justo
módulo, origina cruel venganza; la demasiada compasión disuelve la disciplina;
el excesivo celo, cuando pasa de la prudencia, llega a ser vicio de ira; la
desmedida mansedumbre engendra la perezosa inacción”.
Como se ve, se requiere
una gran capacidad de discernimiento para llegar a establecer los límites entre
el vicio y la virtud.