lunes, 6 de abril de 2026

REFLEXIÓN - Domingo 2º de Pascua. A 12 de abril de 2026

 

VIVIR EN COMUNIDAD 

“Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”. Así se resume la vida de las primeras comunidades de los discípulos del Señor (Hech 2,42). Estaban unidas por la escucha de la Palabra, la celebración de los Misterios y el servicio de la caridad.

 Muchos datos nos aseguran que realmente se vivió así, al menos en la comunidad de Jerusalén. Los fieles pensaban que la memoria de Jesús no podía ser echada en el olvido. El Espíritu del Resucitado los mantenía en la fe, la esperanza y la caridad.   

Con el salmo 117 hoy damos gracias al Señor y proclamamos que Jesús es la piedra angular de ese edificio. El desechado por los hombres, ha sido glorificado por el Padre.

Según la segunda lectura, si creemos que Jesús es el Cristo, es decir el Mesías, es que hemos nacido de Dios (1Jn 5,1). Si no amamos al prójimo tampoco amamos a Dios. Por otra parte, es el amor a Dios lo que garantiza que nuestro amor a los demás es auténtico. No podemos amar a los hijos de Dios si no amamos a Dios.

CUATRO DONES DEL RESUCITADO

El mensaje evangélico nos recuerda el papel que Jesús juega en la vida y en la acción de sus seguidores. Es precisamente en el seno de la comunidad donde los discípulos reciben la manifestación del Señor Resucitado (Jn 20,19-31).

• Con su presencia, el Señor trae otros preciosos dones. En primer lugar, llena a sus discípulos de alegría. Además, les desea la paz y los envía a todo el mundo, como él mismo había sido enviado por el Padre. No podían esperar tanto aquellos discípulos que habían abandonado a su Maestro en el momento de su arresto y en la hora de su muerte.

• Además de la alegría, la paz y el envío, Jesús les comunica un cuarto don, aún más sorprendente. No solo les perdona su abandono, ciertamente vergonzoso, sino que, por medio de su Espíritu, los convierte en mensajeros y agentes de su perdón: “A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”.

LA CONFESIÓN DE NUESTRA FE

Con razón el papa san Juan Pablo II quiso que este fuera el Domingo de la Divina Misericordia. Ante tales dones del Resucitado, tenemos que dejar atrás nuestro resentimiento y dar aquel paso que llevó al apóstol Tomás a pronunciar su personal confesión de fe.

• “Señor mío y Dios mío”. Así reconocemos nosotros al Maestro. Él ha querido mostrarnos sus llagas, nos ha demostrado la seriedad de su amor y nos ha hecho sentir la gratuidad de su entrega por nosotros y por nuestra salvación. 

• “Señor mío y Dios mío”. Así lo adoramos todos los que él ha querido considerar como bienaventurados. Él nos ha proclamado dichosos y felices, precisamente por habernos atrevido a creer, a pesar de no haber visto al Señor Resucitado.

• “Señor mío y Dios mío”. Así agradecemos en todo tiempo y lugar la misericordia de Aquel que ha perdonado nuestra arrogancia. Él ha querido enviarnos como mensajeros y portadores de su perdón para todos los que vuelven sus ojos hacia él.

- Señor Jesús, hoy agradecemos de verdad tus dones y tu misericordia. Ayúdanos a vivir con gozo y responsabilidad nuestra vida en esta comunidad, que ha sido construida sobre la piedra angular de tu entrega. Bendito seas por siempre. Aleluya. 

                                                                          José-Román Flecha Andrés