LA ÉTICA CIVIL DE SAN ISIDORO
En
el décimo canto del Paraíso, Beatriz orienta a Dante para que vea llamear el
ardiente espíritu de Isidoro. Un espíritu que no solo se mostraba en el interés por transmitir
el saber de los maestros del pasado, sino por advertir de los vicios que
podrían difundirse en el futuro.
Tras
atribuir a Sócrates la denominación de las cuatro virtudes morales o cardinales,
san Isidoro incluye en las Etimologías una breve presentación de las
mismas. Por la prudencia distinguimos en las cosas lo malo de lo bueno.
La fortaleza soporta ecuánimemente las adversidades. Mediante la templanza se
refrena la lujuria y la concupiscencia. Y la justicia, cuando de aplica un
criterio correcto, permite que se distribuya a cada uno lo suyo (Etim II, 24,6).
En el
libro de las Sentencias, san Isidoro
ofrece una espléndida reflexión sobre las virtudes y los vicios. Basta aquí
citar algunos ejemplos:
1.
“Los mentirosos consiguen que no se les crea, aunque digan la verdad, ya que el
embuste frecuente hace a menudo sospechoso al hombre aun siendo veraz” (Sent
2,30,1).
2. De
la avaricia escribe que nunca puede saciarse. Citando un verso de Horacio, añade
que el avaro siempre tiene necesidad, y cuanto más obtiene, tanto más intenta
conseguir (Sent 2,2,7).
3. Al
referirse a los orgullosos, afirma que “el amigo de la vanagloria no cesa de
hacer aquello por donde le puedan venir continuas alabanzas” (Sent 3,23,7).
4. A
los envidiosos les advierte que “la envidia del bien ajeno castiga al propio
culpable, ya que el envidioso se consume por allí por donde el bueno adelanta”
(Sent 3,25,1).
5. Con
relación a los príncipes y a los que gobiernan, escribe que deben sobresalir
más por su humildad y modestia, que por la excelencia del honor. Pero, sobre
todo, han de dar ejemplo por su rectitud (Sent 3,49,2).
6.
En consecuencia, san Isidoro escribe a continuación que los gobernantes han de
saber que son de la misma naturaleza que los gobernados. Por eso han de estar
atentos a favorecer a los pueblos y no a perjudicarlos. No han de oprimirlos
con tiranía, sino que deben velar por ellos con benignidad y condescendencia (Sent
3,49,3).
7. En
la misma obra nos dejó unas admirables reflexiones sobre la corrupción: “La
aceptación de regalos es prevaricación de la verdad… El rico corrompe presto al
juez con regalos. Mas al pobre, puesto que no tiene nada que ofrecer, no sólo
se rehúsa escucharle, sino que se le oprime en contra de la verdad” (Sent 3,54,3-4).
Sobre
este tema, añade: “Sepan los opresores de los pobres que se hacen merecedores
de más grave condena cuando triunfan frente a aquellos a los que desean
perjudicar” (Sent 3,57).
El
bien y el mal no dependen de las leyes ni de la aprobación o rechazo de las mayorías.
Por eso, este breve manual de ética civil puede conservar su palpitante actualidad.