martes, 3 de marzo de 2026

CADA DÍA SU AFÁN - 7 de marzo de 2026


UN SALMO PARA GOBERNANTES 

El salmo 101 suele atribuirse a David. Sería la declaración de un rey que se compromete  ante Dios a seguir un camino recto, de acuerdo con lo prescrito por la ley del Señor. Pero el salmo puede ser también leído como un código ético, válido para gobernantes creyentes y no creyentes.

El comienzo del salmo indica que la bondad y la justicia de Dios son el fundamento  y la medida de la bondad y la justicia. Antes de ser una tarea confiada a la responsabilidad humana, estas virtudes son un don de Dios. Por eso merecen la alabanza del salmista: “Voy a cantar la bondad y la justicia, para ti es mi música, Señor” (Sal 101,1).

La nostalgia de Dios da fuerzas al gobernante para explicar el camino perfecto: “Andaré  con rectitud de corazón  dentro de mi casa; no pondré mis ojos en intenciones viles” (Sal 101,2-3).

En realidad, el salmo expone la grandeza de una conciencia moral, que ha de afrontar el riesgo de tomar decisiones públicas, que no siempre responden a lo políticamente correcto. Como ya denunciaba el profeta Isaías, antes como ahora, son muchos los que al bien llaman mal y al mal lo presentan  como el bien (Is 5,20).

El salmo 101 incluye un propósito de comportamiento que nunca pasará inadvertido en una sociedad que favorece la corrupción: “Aborrezco al que obra mal, no se juntará conmigo; lejos de mí el corazón torcido, no aprobaré al malvado” (Sal 101,3-4).

Evidentemente, no basta la conversión personal sino que es preciso promover la reforma de las estructuras. Si toda persona ha de practicar la corrección fraterna, el gobernante ha de frenar la calumnia y la arrogancia. Tal es el propósito del rey evocado en este salmo: “Al que en secreto difama a su prójimo lo haré callar; ojos engreídos, corazones arrogantes no los soportaré” (Sal 101,5).

Después de manifestar su propósito de rechazar la maldad, este gobernante expresa su deseo de estimar los valores morales, de favorecer una sana conciencia social y de rodearse de buenos y honrados consejeros: “Pongo mis ojos en los que son leales, ellos vivirán conmigo; el que sigue un camino perfecto, ese  me servirá” (Sal 101,6). 

Además, incluye en su programa de gobierno la promesa de excluir de su entorno a los malvados. Ni los corruptos ni los mentirosos formarán parte de su corte o del grupo de sus consejeros. Así suena su compromiso político: “No habitará en mi casa quien comete fraudes; el que dice mentiras no durará en  mi presencia” (Sal 101,7). 

Según este salmo, la política es un ejercicio de fidelidad diaria a los grandes ideales morales. El rey ha iniciado su declaración recordando la bondad y la justicia de Dios. Sus propósitos podrían ser incluidos en un programa laico de gobierno, válido para todos los pueblos y todos los gobernantes.

                                                                       José-Román Flecha Andrés