UN SALMO PARA GOBERNANTES
El
salmo 101 suele atribuirse a David. Sería la declaración de un rey que se
compromete ante Dios a seguir un camino
recto, de acuerdo con lo prescrito por la ley del Señor. Pero el salmo puede
ser también leído como un código ético, válido para gobernantes creyentes y no
creyentes.
El
comienzo del salmo indica que la bondad y la justicia de Dios son el
fundamento y la medida de la bondad
y la justicia. Antes de ser una tarea confiada a la responsabilidad
humana, estas virtudes son un don de Dios. Por eso merecen la alabanza del
salmista: “Voy a cantar la bondad y la justicia, para ti es mi música,
Señor” (Sal 101,1).
La
nostalgia de Dios da fuerzas al gobernante para explicar el camino
perfecto: “Andaré con rectitud de
corazón dentro de mi casa; no pondré mis ojos en
intenciones viles” (Sal 101,2-3).
En
realidad, el salmo expone la grandeza de una conciencia moral, que ha de
afrontar el riesgo de tomar decisiones públicas, que no siempre responden a lo
políticamente correcto. Como ya denunciaba el profeta Isaías, antes como ahora,
son muchos los que al bien llaman mal y al mal lo presentan como el bien (Is 5,20).
El
salmo 101 incluye un propósito de comportamiento que nunca pasará inadvertido
en una sociedad que favorece la corrupción: “Aborrezco al que obra mal, no
se juntará conmigo; lejos de mí el corazón torcido, no aprobaré al
malvado” (Sal 101,3-4).
Evidentemente,
no basta la conversión personal sino que es preciso promover la reforma de las
estructuras. Si toda persona ha de practicar la corrección fraterna, el
gobernante ha de frenar la calumnia y la arrogancia. Tal es el propósito del
rey evocado en este salmo: “Al que en secreto difama a su prójimo lo haré
callar; ojos engreídos, corazones arrogantes no los soportaré” (Sal
101,5).
Después
de manifestar su propósito de rechazar la maldad, este gobernante expresa su
deseo de estimar los valores morales, de favorecer una sana conciencia social y
de rodearse de buenos y honrados consejeros: “Pongo mis ojos en los que son
leales, ellos vivirán conmigo; el que sigue un camino
perfecto, ese me servirá” (Sal
101,6).
Además,
incluye en su programa de gobierno la promesa de excluir de su entorno a los
malvados. Ni los corruptos ni los mentirosos formarán parte de su corte o del
grupo de sus consejeros. Así suena su compromiso político: “No habitará en mi
casa quien comete fraudes; el que dice mentiras no durará
en mi presencia” (Sal 101,7).
Según este salmo, la política es un ejercicio de fidelidad diaria a los grandes ideales morales. El rey ha iniciado su declaración recordando la bondad y la justicia de Dios. Sus propósitos podrían ser incluidos en un programa laico de gobierno, válido para todos los pueblos y todos los gobernantes.
José-Román Flecha Andrés