DE LA MUERTE A LA VIDA
Se
suele decir en el corrillo y la tertulia que, al igual que el sexo, la muerte
es un tabú. Los más leídos afirman con aplomo que el principio y el final de la
vida son realidades que nos fascinan y nos horrorizan, como la mirada del que
se asoma al borde del abismo.
En
otros tiempos, en que las gentes vivían obsesionadas por el honor y por la
fama, no se hablaba de “esas cosas”. Pero el silencio no siempre implica
desinterés. Esas cosas no dejaban de
atraer, ocupar y preocupar al noble y al plebeyo, al guerrero y al artesano, al
poeta y al pirata, al monje y al gandul.
En
este tiempo, en el que llaman progreso a la obsesión por las pantallas y los
drones, el sexo y la muerte son objeto de discursos y piezas de caza para la
bolsa. Con estas cosas engordan los dineros y aumentan las audiencias. Nunca
tantos mantos y uniformes se enredaron en los feroces zarzales del sexo y de la
muerte.
Estos
son otros tiempos y soplan otros vientos. Eso es lo que se dice. Se susurra en
la calleja que el sexo y la muerte generaron otrora sentimientos de culpa y de
vergüenza. Pero se advierte ya en la plaza que la muerte y el sexo generan agora
orgullos de poder y de opinión.
En
estos tiempos y lugares todo vale y todo se discute, todo se pregona y sobre
todo se grita y vocifera. Se ignora el llanto desgarrado por el estallido del
último misil y se pregona el éxito del suicidio asistido y coreado de una joven
que se consideraba humillada por unos y abandonada por todos.
Hoy
se premia la desvergüenza y se condecora a la injusticia. Hoy se niega el
derecho a la vida a la persona que se considera inútil. En el gran teatro del
mundo se promueve el derecho a la muerte, previamente decidida por el guionista
y al final aplaudida por todo el auditorio. ¿Una muerte más qué importa al
mundo? Será una pérdida de tiempo bucear en los archivos de la historia.
Pero
acaba de decir el papa León XIV que “la fragilidad forma
parte de la maravilla que somos. No fuimos hechos para una vida donde todo es
firme y seguro, sino para una existencia que se regenera constantemente en el
don, en el amor”.
La causa del Justo injustamente ajusticiado ha sido finalmente revisada. El misterio de Cristo y su destino nos ayudan a descubrir y a celebrar con tímida mesura que la muerte ha sido vencida por la vida. Y que a la crucifixión sucede la resurrección. Ya no es creíble la impostura. Aún es posible la esperanza. Siempre habrá que recibir y compartir esa esperanza que nunca nos defrauda.
José-Román Flecha Andrés