LA NUBE Y LA VOZ
En
su constitución sobre la Liturgia, el Concilio Vaticano II dice que, mediante
la escucha de la Palabra de Dios y la oración, el tiempo cuaresmal prepara a
los fieles a celebrar el misterio pascual (SC 109). Como ha escrito León XIV en
su mensaje para la cuaresma de este año, en este tiempo hemos de escuchar con
atención la Palabra del Señor.
La
primera lectura de estos domingos de cuaresma nos va recordando a los grandes
testigos de la Primera Alianza. Si el primer domingo nos presentaba la figura
de Adán, en este segundo domingo se evoca al patriarca Abram. En Ur de Caldea,
él y su familia adoraban a los dioses de aquellas tierras regadas por el río
Éufrates. Pero un día sintió la llamada de un Dios desconocido que lo invitaba
a salir de su tierra (Gén 12,1-14).
Nosotros
no podemos decidir el momento ni el modo de nuestra salvación. Dios tiene la
iniciativa y la realización. Solo él es quien puede salvarnos del mal y del
pecado y suscitar en nosotros la esperanza.
Con
razón podemos repetir confiadamente las palabras del salmo responsorial: “Que
tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal
32,22).
San
Pablo indica a Timoteo que Dios se ha adelantado a nuestra petición, al
enviarnos a Jesucristo para destruir la muerte y sacar a la luz la vida
inmortal (2 Tim 1,10).
LA HORA DE VER
El
evangelio de este segundo domingo de Cuaresma nos recuerda que la
transfiguración de Jesús anuncia el misterio de su muerte y su resurrección.
Pedro, Santiago y Juan subieron con él a lo alto de una montaña. Allí vieron
que su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvían blancos como
la nieve (Mt 17,1-8).
Pudieron
ver que Jesús aparecía envuelto por una nube. Como se sabe, la nube
habitualmente refleja la soberanía, la trascendencia y, al mismo tiempo, la
cercanía de Dios. En este caso, evocaba aquella otra nube que acompañaba al
pueblo de Israel en su peregrinaje por el desierto (Éx 14,21-22; 40,36-38).
Los Apóstoles vieron además que Moisés y Elías conversaban con Jesús. El representante de la Ley y aquel gran profeta de Israel habían llegado al monte para dar testimonio de la identidad y de la misión del Maestro.
Y LA HORA DE OÍR
En
el relato de la Transfiguración de Jesús se recoge la voz que desciende de la
nube, es decir, desde el ámbito de lo divino: “Este es mi Hijo, el amado, el
elegido: escuchadlo”. Cada una de estas palabras encierra una enseñanza
fundamental:
• “Este es mi
Hijo”. Dios no es algo extraño a la experiencia de los hombres. Tampoco es una
idea ni un anhelo insatisfecho. Es el
Padre que reconoce a Jesús como hijo.
•
“El amado”. Los seres humanos han temido muchas veces a los dioses. Los dioses
falsos tienen boca pero no hablan. Pero el Padre de Jesús es un Dios que siente
y ama.
•
“El elegido”. Jesús no fue menos humano por saberse elegido por Dios. Por el
hecho de reconocer a Dios como Dios, el ser humano no pierde su categoría y su
dignidad.
•
“Escuchadlo”. En Jesús y por Jesús nos llega el mensaje de Dios. Podemos
confiar en él. Dios está con él, lo
apoya y garantiza su misión y la verdad de su mensaje.
- Señor Jesús, tú nos revelas el amor de un Dios al que podemos reconocer como nuestro Padre. Como los Apóstoles, queremos escuchar esa voz de los cielos que te presenta como nuestro Salvador. Creemos que tu palabra puede orientar nuestra vida con el resplandor de su luz. Por todo ello te damos gracias, Señor.
José-Román Flecha Andrés