LA TENTACIÓN DE LA MENTIRA
«¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de
ningún árbol del jardín?» (Gén 3,2). Esa es la pregunta que la serpiente
dirige a la mujer. Esa es la primera
mentira de la historia. No es eso lo que ha dicho Dios.
Al
espíritu del mal le interesa suscitar la curiosidad de la mujer, presentar a Dios como el enemigo de la
libertad humana y sugerir que en la trasgresión de sus mandatos se encuentra la
felicidad. Esa es la estrategia de los manipuladores de la humanidad. Pero es
también la presión de nuestros
personales apetitos.
Sin
embargo, el salmo responsorial nos sugiere una oración para reconciliarnos con
Dios: “Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso”
(Sal 50).
San Pablo indica a los fieles de Roma que, frente al pecado del primer hombre, nos llega por Jesucristo la salvación: “Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos” (Rom 5,19).
EL ENGAÑO
En
el primer domingo de la cuaresma, contemplamos a Jesús en el desierto (Mt
4,1-11). Allí Jesús fue sometido una y otra vez a la prueba. El demonio trataba
de explorar su categoría divina y
también su calidad humana.
Si
de verdad se consideraba como Hijo de Dios, podría satisfacer su hambre como por
arte de magia, podría aparecer ante las gentes como un triunfador llovido del
cielo y podría disfrutar de todos los bienes y los reinos de este mundo.
Esas
son también nuestras tentaciones: el ansia del placer fácil y de la
satisfacción inmediata, la conquista del poder que nos hará parecer superiores
a todos los demás y el deseo de poseer bienes y comodidades que nuestros
vecinos no logran alcanzar.
Como
a Jesús, también a nosotros el espíritu del mal nos incita a utilizar en
beneficio contante y sonante nuestra dignidad de hijos de Dios. Nuestra gran
tentación comporta siempre el engaño sobre nosotros mismos.
LA FIDELIDAD
• Solemos
tentar a los demás cuando les presentamos la mentira como si fuera la verdad, cuando
les sugerimos una forma de adicción como si les abriera a la libertad, cuando
les presentamos una satisfacción inmediata como si fuera la felicidad.
• Y
nos atrevemos a tentar a Dios cuando olvidamos su amor y adoramos a las cosas,
como si fueran dioses que pudieran salvarnos, cuando pretendemos ser nosotros
la fuente de la fe y de la esperanza, del amor y de la vida, de la paz y la
justicia.
A
la luz de este mensaje evangélico, hemos de revisar las clásicas tentaciones
del tener, el poder y el placer, que pueden desviarnos del camino del Señor. La
cuaresma es un tiempo propicio para este examen sobre la verdad más honda de
nuestra vida.
-
Señor Jesús, tú has sido tentado como nosotros. Pero nos has liberado del
engaño. Y nos has dado el ejemplo de tu fidelidad al Padre celestial. Solo esa
fidelidad puede conducirnos a la felicidad.
José-Román
Flecha Andrés