UNA REFLEXIÓN SOBRE EL MUNDO
El día 9 de enero de este año 2026, el papa León
XIV dirigió a los embajadores acreditados ante la Santa Sede “una reflexión
sobre nuestros tiempos, tan turbados por un número creciente de tensiones y
conflictos”.
Tras aludir al jubileo, a la muerte del papa Francisco y a su vivita a Turquía y al Líbano, citó “La Ciudad de Dios”, en la que san Agustín ”advierte
de los graves peligros para la vida política que entrañan las falsas
representaciones de la historia, el nacionalismo excesivo y la distorsión del
ideal del líder político”.
En ese
contexto, añadió que la debilidad del multilateralismo es hoy motivo de
especial preocupación a nivel internacional. “La guerra vuelve a estar de moda
y el entusiasmo bélico se extiende”.
Por eso, es esencial el derecho internacional
humanitario. “La destrucción de hospitales, infraestructuras energéticas,
viviendas y lugares esenciales para la vida cotidiana constituye una grave
violación del derecho internacional humanitario”. Es evidente que “el principio
de la inviolabilidad de la dignidad humana y la santidad de la vida siempre
cuenta más que cualquier mero interés nacional”.
El Papa se refirió a varios problemas que surgen
de la ambigüedad del lenguaje, como las dificultades que se ponen a la libertad
de conciencia y a la objeción de conciencia. “Una sociedad verdaderamente libre
no impone la uniformidad, sino que protege la diversidad de conciencias,
previniendo las tendencias autoritarias y promoviendo un diálogo ético que
enriquece el tejido social”.
Se refirió, además, a la persecución de los
cristianos, que afecta a más de 380 millones de creyentes en todo el mundo, a
la causa de los migrantes y de los presos, especialmente los presos políticos.
Abogó por la abolición de la pena de muerte, del aborto, de la maternidad
subrogada, de la eutanasia y por la recuperación de las adicciones.
Según el Papa, “en el contexto actual, estamos
asistiendo a un auténtico “cortocircuito” de los derechos humanos”.
Evocando de nuevo a san Agustín, afirmó que, “en
ausencia de un fundamento trascendente y objetivo, solo prevalece el amor
propio, hasta el punto de la indiferencia hacia Dios, que gobierna la ciudad
terrenal”. El orgullo allana el camino para la mentalidad de
confrontación, que es el precursor de toda guerra.
Tras recordar los escenarios actuales de guerra, añadió
que la paz sigue siendo un bien difícil, pero posible. La construcción de la
paz requiere la humildad de la verdad y la valentía del perdón.
A pesar de todo, no faltan algunos signos de esperanza. Este año se cumplirá el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, un hombre de paz y de diálogo. Su vida nos dice que un mundo pacífico se construye a partir de corazones humildes volcados hacia la ciudad celestial.
José-Román Flecha Andrés