EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA
“La Palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se
multiplicaba el número de los discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban
la fe” (Hch 6,7). El libro de los Hechos de los Apóstoles da cuenta de la
elección de los siete “diáconos” de lengua griega para que atiendan especialmente
a las viudas procedentes de esa cultura.
Pero inmediatamente después, nos informa del asombroso
crecimiento de la comunidad de Jerusalén. Como que había muchos sacerdotes que
habían llegado a creer en Jesús como el Mesías de Dios.
Nosotros nos unimos a aquella comunidad, implorando
con el salmo responsorial: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros
como lo esperamos de ti” (Sal 32).
La primera carta de Pedro, que vamos leyendo durante el tiempo de Pascua, nos recuerda que Jesucristo es la piedra angular de este pueblo adquirido por Dios para anunciar las proezas del que nos llamó de las tinieblas a su luz maravillosa (1 Pe 2,4-9).
CONOCER EL CAMINO
En este domingo quinto de Pascua volvemos al cenáculo y
escuchamos la promesa de Jesús a sus discípulos: “Os llevaré conmigo, para que
donde estoy yo, estéis también vosotros” (Jn 14,3). El evangelio recoge las intervenciones de dos
de sus discípulos.
• En primer lugar, Tomás confiesa que no sabe adónde
va Jesús y, por tanto, no puede conocer el camino. Esa humilde confesión
provoca la magnífica manifestación de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la
vida” (Jn 14,6). También nosotros parecemos desorientados. No sabemos adónde dirigir
nuestros pasos. Pero el Señor es el camino que nos lleva a la vida.
• Después Felipe dirige a Jesús una oportuna petición: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. También en ese ruego nos sentimos representados nosotros. Todos los días invocamos al Padre, pero nuestra invocación es bastante hipócrita. No valoramos la paternidad de Dios cuando lo invocamos en las horas amargas y cuando lo olvidamos si las cosas nos van bien.
CREER EN LAS OBRAS
Ante estas
peguntas de los apóstoles, Jesús les dirige una exhortación y una promesa:
“Creedme, yo estoy en el Padre y el Padre en mí; si no, creed a las obras… El
que cree en mí, también el hará las obras que yo hago, y aún mayores”.
• “Creedme, yo estoy en el Padre y el Padre en mí”. Esa
palabra evoca las que el evangelio pone en boca de Jesús tras la curación del
paralítico de Betesda (Jn 6,19-47). Le fe implica aceptarlo como el Hijo de
Dios. Él es nuestro Maestro y nuestro Salvador. Creemos que él vive y camina
con nosotros.
• “Creed a las obras”. Las obras eran la prueba de su
verdad. Las obras de Jesús eran y son el mejor testimonio de su mensaje. Por
brillantes y eficaces que parezcan nuestras obras, son insignificantes si no son
el reflejo de las obras de nuestro Señor.
• El que cree en él hará las obras que él hace y aún
mayores. Esa promesa solo será posible gracias a la exaltación de Jesús (Jn
12,31). Si aceptamos su cruz y creemos en su resurrección, nuestras obras, por
humildes que parezcan, darán testimonio de la verdad de nuestro Maestro.
- Señor Jesús, nuestra fe nos lleva a recordar y vivir esa exhortación con la que tú nos invitas a creer en Dios y a creer también en ti. Te rogamos que mantengas viva nuestra fe y nuestra confianza, en las horas de luz y en los días de niebla. Y que nos envíes tu Espíritu para que podamos anunciar tu mensaje a nuestros hermanos y dar razón de nuestra esperanza. Amén. Aleluya.
José-Román Flecha Andrés