PROHIBIDO BOSTEZAR
En este mes de abril se han cumplido ochenta años desde la publicación de
ese libro maravilloso que es “El Principito”. A primera vista, parecía escrito
para niños, pero indudablemente entregaba a los adultos abundantes temas para una
profunda meditación sobre las actitudes humanas.
Antoine de Saint-Exupèry, aquel piloto de avión, artista y pensador, nos
dejaba una reflexión entre irónica y poética sobre el hombre de todos los
tiempos y países, sobre sus manías, sus sentimientos y sus deseos más
profundos. Una mística contemplación del mundo y sus maravillas.
En ese libro de difusión universal lo que parece un sombrero es una boa que
se ha tragado a un elefante. Lo que puede parecer una caja es más que una caja,
porque dentro esconde al cordero más bello que un príncipe pueda imaginar. Lo
que parece una rosa un tanto coqueta y caprichosa es la ocasión para descubrir
el amor.
Bueno, y el que parece ser un rey absoluto o mejor un rey absolutamente
aburrido es todo un símbolo del poder más ridículo e irracional que se pueda
imaginar. Una inolvidable parodia del origen de tantas normas nacidas no solo
del capricho sino de la afirmación narcisista de la propia imagen.
El rey se hace la ilusión de gobernar en el diminuto planeta que él cubre
por completo con su magnífico manto. Por eso prohíbe al principito bostezar,
porque va contra el protocolo. Pero también está dispuesto a ordenarle lo
contrario si esa norma le hace perder al único súbdito que ha aparecido por su
reino. El supergobernante supersolo ha descubierto el autoritario relativismo
que determina en cada caso lo que se debe hacer o evitar.
Solo el vanidoso que el principito encuentra en otro planeta puede superar
en ridiculez al soberano. El lector se queda pensando qué puede ocurrir cuando
los dos caracteres se den en la misma persona.
Entre los habitantes que encuentra en los planetas visitados, frente al
bebedor o al hombre de negocios, el principito solo puede reconocer y valorar la
dignidad del farolero. Es verdad que era esclavo de la consigna, pero al menos
era el único que “se ocupaba de algo más que de sí mismo”.
El zorro que quería ser domesticado sabía bien que se corre el riesgo de
llorar cuando uno se deja domesticar. Pero al fin nos ha enseñado la más
importante de las lecciones. Gracias a él siempre recordaremos que “no se ve
bien sino con el corazón, pues lo esencial es invisible a los ojos”.
Y finalmente, con su ingenua profundidad el principito nos recuerda que lo que de verdad andamos buscando por los desiertos del mundo y los planetas del espacio bien podría encontrarse en una rosa o en un poco de agua.
José-Román Flecha Andrés