ESPERANZA Y VIGILANCIA
“Venid, subamos al monte del Señor”. Esas
palabras de Isaías nos llaman a ponernos en camino durante el Adviento que hoy comienza (Is 2,5). En aquella
profecía, el monte sobre el que se levantaba el Templo de Jerusalén se veía
como la meta de una peregrinación universal. Todos los pueblos de la tierra
llegarían a escuchar allí la palabra del Señor.
El salmo
responsorial responde a aquel anuncio profético. En medio de las perturbaciones
de este tiempo en que vivimos, nosotros
nos ponemos en camino y cantamos: “¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la
casa del Señor!” (Sal 121,1).
Con las palabras que dirige a los cristianos de Roma, también a nosotros nos recuerda san Pablo que ya es hora de despertar para caminar por las sendas de la luz. Que el cuidado diario de nuestras cosas no fomente la distracción y, menos aún, los malos deseos (Rom 13,14).
EL TIEMPO DE NOÉ
Durante el tiempo del Adviento nos preparamos
para la celebración de la fiesta del Nacimiento de Jesús. Además, este tiempo nos
invita a recobrar la actitud y la virtud de la esperanza. Y nos exhorta a perseverar
con paciencia y alegría en la espera del Señor.
Es verdad que la
certeza de su manifestación está acompañada por la incertidumbre sobre el
momento concreto de su aparición. En el evangelio de este domingo hasta cinco
veces se repite el verbo “venir”. Y otras dos veces se anota que “no sabemos”
el momento de la venida del Señor (Mt 24,37-44). La esperanza del futuro exige la atención al
presente.
• Por una parte,
el texto evangélico evoca el pasado que se refleja en el libro del Génesis y
nos recuerda la imagen del diluvio. Las gentes vivían dedicadas a sus tareas
habituales y entregadas a sus placeres. El diluvio llegó inesperadamente.
• Por otra parte,
el texto evangélico mira también al futuro y nos anuncia que “cuando venga el
Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé”. La manifestación del Señor revelará las actitudes más secretas de todos los
hombres.
ESPERAMOS A ALGUIEN
La reflexión
sobre la venida imprevisible del Señor comporta la invitación de Jesús a
mantenernos vigilantes. “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro
Señor”.
• El evangelio
nos advierte que los creyentes no vivimos a la espera de “algo”, por importante
o seductor que nos parezca. Nosotros vivimos esperando a “Alguien”. Nos
mantenemos en vela, aguardando la manifestación del único Salvador.
• Pero
mantenerse en vela exige practicar la sobriedad y la virtud de la templanza. Ya
sabemos que con frecuencia se confunde
la satisfacción inmediata con la felicidad que todos anhelamos. Dejarnos
seducir por las voces que nos tientan cada día nos incapacita para mantenernos
despiertos y prestar atención a los signos que el Señor nos envía.
• Además, nuestro
Maestro nos dice que no sabemos el día ni la hora de su manifestación. Hay que
superar la tentación de tratar de adivinar el tiempo futuro. Son muchos los agoreros y los profetas de
calamidades. Una y otra vez difunden el temor del mañana que nos impide
dedicarnos hoy a la misión que nos ha sido confiada.
- Señor Jesús, la fe nos dice que tu venida no es para los que creen en ti un motivo de temor. Es una exhortación a vivir en la esperanza. La misma ignorancia del tiempo de tu llegada es una urgente invitación a mantener la caridad. ¡Ven, Señor Jesús!
José-Román Flecha Andrés