“Vosotros sois la
luz del mundo”
(Mt 5,14)
Señor Jesús, a tus discípulos les
decías que eran sal para la tierra y luz para el mundo. No era una exhortación
piadosa. Era una declaración formal. Una institución responsable y un
reconocimiento autorizado.
Nos preguntamos muchas veces cómo
escucharían ellos esas palabras. Podían sentirse orgullosos de tu confianza. O
tal vez quedarían avergonzados al ver que su comportamiento no respondía a la
altura de tus ideales. Seguramente pensarían cómo vivir con verdad esa imagen
que tú les atribuías.
Tú sabes que no es fácil ser la
sal de la tierra. No es fácil tratar de preservar de la corrupcion a las
personas y a las instituciones que han decididido vivir corrompidas para
asegurarse un puesto en una sociedad marcada por las señales del lucro y del
interés.
Para decir la verdad, no es fácil
que nosotros mismos conservemos la fuerza de la sal. Con frecuencia nos
volvemos insípidos, tanto en nuestras palabras como en nuestras obras. No
podemos dar sabor a la comida rápida de hoy.
Y tu sabes que tampoco es fácil ser
la luz del mundo. Las tinieblas son demasiado espesas. Son muchos los que han
decidido apagar las lámparas para que los hombres y las mujeres caminen en la
oscuridad. Así serán más vulnerables.
Pero también hemos de reconocer
que nosotros mismos nos hemos instalado perezosamente en una tranquila y
somnolienta penumbra. Estamos tan acostumbrados a ella que ni siquiera añoramos
la claridad.
Sin embargo, ahí sigue
resonando tu voz: “Vosotros sois la luz del mundo”. Al parecer no se trata
tanto de hacer como de ser. No se trata tanto de hablar como de vivir. Se trata
de aceptar la seducción y el desafío de la verdad.
Tú dijiste un día: “Yo soy la luz del mundo; el
que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn
8,12). Gracias por revelarnos tu identidad y tu misión.
Gracias por invitarnos a
seguirte con valentía y con alegría, dejando atrás las tinieblas, apostando por
la vida y deseando vivirla con fidelidad. Amén.
José-Román Flecha Andrés
