jueves, 8 de mayo de 2014

EL HOMBRE Y LA VIDA

 CUANDO EL ENFERMO ES UN ANCIANO

En mi libro sobre el “Dios de los Ancianos”, he querido considerar especialmente la situación del anciano enfermo. Si la condición de los ancianos merece una atención afectiva y efectiva, eso es más  urgente cuando el anciano se encuentra enfermo. Estas diez tesis afrontan esa situación.

1. La ancianidad  es en sí misma una enfermedad. El avance de los años comporta una disminución más o menos perceptible de las capacidades de los sentidos, de la movilidad personal, de la agudeza de la memoria. La persona se siente cada vez más limitada en su actividad y en sus posibilidades de relación interpersonal. 

2. El anciano enfermo es limitado. Las limitaciones que imponen la edad y la enfermedad revisten un carácter especial en cuanto que se perciben como definitivas. El deterioro de las capacidades de acción y de relación con los demás es con frecuencia irreversible. La misma persona se repite a sí misma que “ya nada volverá a ser como antes”.

3. El anciano enfermo es dependiente. Como consecuencia de las limitaciones causadas por la edad y la enfermedad, la persona anciana se hace cada vez menos autónoma y más dependiente de otras personas. La conciencia de esta dependencia es especialmente dolorosa cuando la persona anciana no ha perdido la conciencia de su dignidad.  

4. El anciano enfermo es discriminado. Entre todos los enfermos, los ancianos son especialmente discriminados en algunas ocasiones. Con la excusa de que “ya no se puede esperar mucho de ese estado de deterioro” se relaja el esfuerzo y la atención, que no faltarían en el cuidado de otros pacientes de pronóstico más halagüeño.

5. El anciano enfermo es un enfermo crónico. Entre todas las enfermedades imaginables, la ancianidad es la que está destinada a permanecer y a agravarse con el tiempo. En consecuencia, la ancianidad requiere del personal médico-sanitario una especial profesionalidad y una generosa disponibilidad de ánimo para afrontar ese factor de la temporalidad.

6. El anciano enfermo es un indigente. La enfermedad es la forma más radical de pobreza. Ahora bien, la pobreza del enfermo anciano se caracteriza muchas veces por la escasez de recursos económicos. Es bien sabido que en muchos casos estos ingresos disminuyen notablemente con motivo de su jubilación o desempleo.

7. El anciano enfermo se encuentra ante la muerte. Con frecuencia el anciano enfermo afirma que su vida ya está cumplida y que espera la muerte como una liberación. No es extraño que manifieste que sólo está “dando quehacer”. No se le debe ocultar su verdadera situación, pero hay que ayudarle a integrar la muerte en el itinerario de su vida.

8. El anciano enfermo corre el riesgo de la eutanasia. La sociedad contemporánea está siendo constantemente adoctrinada para que acepte una eutanasia solicitada por el mismo enfermo. La apelación a los testamentos vitales o documentos que recojen las “voluntadas anticipadas” no ayuda a solucionar el problema.

9. El anciano enfermo requiere una especial atención pastoral. El cuidado integral al anciano enfermo incluye también la atención a sus necesidades espirituales y religiosas. Ignorarlas supondría mutilar a la persona de la referencia  a Dios y su misericordia.


10. El anciano enfermo descubre el misterio de la cruz. El cristiano sabe y cree que puede encontrar un sentido al sufrimiento en su participación en el misterio de la cruz de Jesucristo. El anciano enfermo tiene “derecho” a recibir la ayuda necesaria para vivir su enfermedad de acuerdo con la fe que ha orientado su vida.  
                                                                              José-Román Flecha Andrés