CUANDO EL ENFERMO ES UN ANCIANO
En mi libro sobre el “Dios de los Ancianos”, he
querido considerar especialmente la situación del anciano enfermo. Si la
condición de los ancianos merece una atención afectiva y efectiva, eso es
más urgente cuando el anciano se
encuentra enfermo. Estas diez tesis afrontan esa situación.
1. La ancianidad
es en sí misma una enfermedad. El avance de los años comporta una disminución más o
menos perceptible de las capacidades de los sentidos, de la movilidad personal,
de la agudeza de la memoria. La persona se siente cada vez más limitada en su
actividad y en sus posibilidades de relación interpersonal.
2. El anciano enfermo es limitado. Las limitaciones que imponen la edad y
la enfermedad revisten un carácter especial en cuanto que se perciben como
definitivas. El deterioro de las capacidades de acción y de relación con los
demás es con frecuencia irreversible. La misma persona se repite a sí misma que
“ya nada volverá a ser como antes”.
3. El anciano enfermo es dependiente. Como consecuencia de las limitaciones
causadas por la edad y la enfermedad, la persona anciana se hace cada vez menos
autónoma y más dependiente de otras personas. La conciencia de esta dependencia
es especialmente dolorosa cuando la persona anciana no ha perdido la conciencia
de su dignidad.
4. El anciano enfermo es discriminado. Entre todos los enfermos, los ancianos
son especialmente discriminados en algunas ocasiones. Con la excusa de que “ya
no se puede esperar mucho de ese estado de deterioro” se relaja el esfuerzo y
la atención, que no faltarían en el cuidado de otros pacientes de pronóstico
más halagüeño.
5. El anciano enfermo es un enfermo crónico. Entre todas las enfermedades
imaginables, la ancianidad es la que está destinada a permanecer y a agravarse
con el tiempo. En consecuencia, la ancianidad requiere del personal
médico-sanitario una especial profesionalidad y una generosa disponibilidad de
ánimo para afrontar ese factor de la temporalidad.
6. El anciano enfermo es un indigente. La enfermedad es la forma más radical
de pobreza. Ahora bien, la pobreza del enfermo anciano se caracteriza muchas
veces por la escasez de recursos económicos. Es bien sabido que en muchos casos
estos ingresos disminuyen notablemente con motivo de su jubilación o desempleo.
7. El anciano enfermo se encuentra ante la muerte. Con frecuencia el anciano enfermo
afirma que su vida ya está cumplida y que espera la muerte como una liberación.
No es extraño que manifieste que sólo está “dando quehacer”. No se le debe
ocultar su verdadera situación, pero hay que ayudarle a integrar la muerte en
el itinerario de su vida.
8. El anciano enfermo corre el riesgo de la eutanasia. La sociedad contemporánea está siendo
constantemente adoctrinada para que acepte una eutanasia solicitada por el
mismo enfermo. La apelación a los testamentos vitales o documentos que recojen
las “voluntadas anticipadas” no ayuda a solucionar el problema.
9. El anciano enfermo requiere una especial atención
pastoral. El cuidado
integral al anciano enfermo incluye también la atención a sus necesidades
espirituales y religiosas. Ignorarlas supondría mutilar a la persona de la
referencia a Dios y su misericordia.
10. El anciano enfermo descubre el misterio de la
cruz. El cristiano sabe
y cree que puede encontrar un sentido al sufrimiento en su participación en el
misterio de la cruz de Jesucristo. El anciano enfermo tiene “derecho” a recibir
la ayuda necesaria para vivir su enfermedad de acuerdo con la fe que ha
orientado su vida.
José-Román Flecha Andrés