LA ESPERANZA Y LAS DONCELLAS
“Meditar sobre la sabiduría es prudencia consumada, y el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones”. Según este texto (Sab 6,12), la sabiduría no la buscamos nosotros. Es ella quien nos busca y nos espera sentada a la puerta de nuestra casa.
La sabiduría no
es “algo” que se pueda comprar en el mercado. No es un sistema filosófico. No
es una estrategía para entrar en una base de datos. Es “alguien” que sale a
nuestro encuentro para guiarnos amorosamente por el camino de la verdad.
Con razón el
salmo responsorial nos invita a responder con una confesión de nuestros
anhelos: “Mi alma está sedienta de ti, Señor Dios mío” (Sal 62,2-8).
Ahora que recordamos a nuestros difuntos, san Pablo nos dice como a los cristianos de Tesalónica que el duelo no nos aflija “como a los que no tienen esperanza (1 Tes 4,1-13).
LA
ESPERANZA Y LA PEREZA
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La parábola nos dice que la Iglesia está llamada a vivir y caminar esperando la
manifestación de su Esposo. Ha de estar muy atenta para percibir las muchas
voces que anuncian su llegada a nuestra sociedad.
Es
verdad que, algunas veces, la Iglesia puede mostrarse inquieta o distraída por
los muchos desafíos que la llevan a la prisa o al nerviosismo. Pero si la
Iglesia no vive preparada para acoger al Señor, no será reconocida por él.
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La parábola tiene también un mensaje para cada uno de nosotros. Estamos
llamados a iluminar, aunque sea con nuestros pobres medios, el camino de
nuestros hermanos. Y a celebrar con ellos la fiesta del amor y de la vida.
Sin embargo, hemos de reconocer que a veces nos vence la pereza. No sabemos responder a las demandas de Dios ni a las necesidades de nuestros hermanos. No debemos vivir distraídos en tiempos en que es preciso vivir muy despiertos.
EL
AVISO Y EL GRITO
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“¡Llega el esposo: salid a recibirlo!” Esta es la voz del maestro de ceremonias
de la boda. Debemos oír ese aviso a través de las invitaciones o lamentos de
nuestros hermanos. No podemos ignorar la presencia del Señor. Es preciso
despertar de nuestro sueño y de nuestra comodidad. Estamos llamados a reconocer los signos que nos anuncian la
venida del Señor. Es un deber para toda la comunidad. Y esa es nuestra
responsabilidad de cada día.
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“Señor, Señor, ábrenos”. Esa otra voz es el grito que nosotros dirigimos al
Señor en momentos de agobio. Nuestra pretensión de autonomía se ve derrotada
por las crisis que nos asaltan. Hemos pensado que nosotros poseíamos las claves para interpretar el pasado y
prever el futuro. Pero de pronto nos damos cuenta de que hemos quedado fuera de
la fiesta de la vida. Solo el Señor puede abrirnos la puerta de la esperanza.
- Señor Jesús, te damos gracias porque nos has invitado a tu fiesta. Te pedimos perdón por nuestra pereza y por nuestra falta de responsabilidad. Queremos tener encendida nuestra lámpara para acogerte Además, imploramos tu misericordia hacia todos los que se sienten excluidos de la celebración de la vida y del amor.
José-Román Flecha Andrés