PENSAMIENTOS DE
UN EMPERADOR
Desde
su estatua ecuestre, situada en el centro de la plaza del Capitolio romano, el
emperador Marco Aurelio parece estar dirigiéndose al pueblo. Seguramente no
serían despreciables sus consejos, teniendo en cuenta los pensamientos que nos
dejó escritos. He aquí algunos de ellos:
•
Comienza el día diciendo: hoy encontraré, sin duda, un indiscreto, un ingrato,
un insolente, un embustero, un envidioso, un insociable. Los desgraciados que
tienen estos defectos no conocen los verdaderos bienes y los verdaderos males.
•
Yo he aprendido que el bien verdadero consiste en lo que es honesto, y que el
mal está en lo vergonzoso. Conozco la naturaleza de quien comete la falta. Sé
que es hermano mío, no de sangre y de carne, sino por nuestra común
participación en un mismo espíritu emanado de Dios. Así que no puedo
considerarme ofendido por su parte.
•
Nadie podría despojar a mi alma de la honradez. Es imposible enfadarme con un
hermano y odiarle. Ambos hemos sido hechos para obrar de común acuerdo, como
dos pies, dos manos, dos párpados, dos hileras de dientes… Obraríamos contra la
naturaleza siendo enemigos y manifestando disgusto y aversión con estos
individuos.
•
A cualquier hora del día, y en todas las ocasiones, procura conducirte como un
buen romano, como ciudadano digno de este nombre, sin afectar importancia, con
amor hacia tus semejantes, con libertad y, en fin, con justicia.
•
No son muchos preceptos; pero el que los observe puede estar seguro de llevar
una vida dichosa y casi divina: es lo único que le exigen los dioses.
•
Avergüénzate, alma mía, avergüénzate. Ya no tendrás tiempo de honrarte. La vida
del hombre es corta. La tuya casi ha pasado y no solamente no te honras
todavía, sino que fundas tu felicidad en los caprichos de otro.
•
Las ocupaciones que provienen de fuera te atraen a un lado y a otro. Abandona
esta vida febril y dedica tus momentos de ocio a instruirte en algo bueno.
*
* *
Aquel
emperador, ungido el año 161 tras la muerte de su tío y padre adoptivo, el
emperador Antonino Pío, nos ha dejado una buena muestra de su interés por la filosofía.
Sin duda, había asimilado los consejos del estoicismo que le llegaban a través
de Epicteto.
Es
verdad que se refiere a los dioses que poblaban el panteón de Roma. Pero, por
encima del ambiente en el que vive, él parece tener en cuenta a Dios.
Por
otra parte, dirigiéndose a su alma, se preocupa por la necesidad de examinar su
conducta y elegir el camino recto.
Al releer sus reflexiones, nos preguntamos si el
emperador Marco Aurelio pensaría alguna vez que sus pensamientos podrían sernos
útiles a muchos siglos de distancia.