jueves, 6 de agosto de 2026

CADA DÍA SU AFÁN - 1 de agosto de 2026

                                                               

LAS HUELLAS DE DIOS

La fe cristiana no tiene inconveniente en admitir el valor de la naturaleza. De hecho, la fe ha suscitado sacrificios heroicos por atender al ser humano y su ambiente natural. Es asombroso el puesto que en las escrituras bíblicas ocupa el respeto a la naturaleza y la responsabilidad del ser humano en su destrucción o conservación.

La acusación de despotismo sobre la naturaleza dirigida a los cristianos suele fundarse en las palabras que Dios pronuncia al final del poema bíblico de la creación: «Llenad la Tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar,  las aves del cielo y  todo animal que serpea sobre la tierra» (Gén 1,28).

Esas palabras van dirigidas al ser humano, creado “a imagen y semejanza” de Dios, Creador de todas las cosas (Gén 1,26-27). El hombre es representante de Dios. Está llamado a hacer visible y efectiva su providencia sobre el mundo creado. Esos imperativos del Creador  constituyen al ser humano en visir y colaborador en su tarea.  

El “dominio” no equivale al despojo de la naturaleza. Dios invita al hombre a compartir su tarea creadora y su responsabilidad sobre el mundo creado. Por eso, el israelita confiesa en su oración: “El cielo pertenece al Señor, la tierra se la ha dado a los hombres” (Sal 115,16). El verbo “dar” (natan)  no implica la expoliación, sino que significa  “confiar” algo a la responsabilidad de alguien.  Así se dice que “Salomón tenía una viña y se la dio a guardar (natan) a los aparceros” (Cant 8,11).

El creyente proclama: “Tuyo es cuanto hay en cielo y tierra; tú eres rey y soberano de todo..., tú eres Señor del Universo” (1 Cró 29,11). Y también: “Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes” (Sal 24,1).

El universo ha sido confiado al ser humano (Sal 8,4-10). El hombre es el señor de las obras salidas de las manos de Dios. Pero ese señorío no es arbitrario. El hombre es responsable del mundo ante Dios y ante sus hermanos.  

Para la Biblia, en la creación se encuentran las huellas de Dios. En los salmos se evoca el lenguaje del cosmos: “El cielo proclama  la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 19,2).

  La creación invita al trabajo fiel y esforzado (cf. Prov 24,30‑34) y a la contemplación de Dios, que despliega los cielos, hace manar las fuentes y da su alimento a los cachorros del león (Sal 104).

Según el profeta Isaías, la tierra entera está llena de la gloria de Dios (Is 6,3). Sin embargo, siendo obra de Dios, la creación no puede ser adorada en lugar del mismo Dios (Is 40,12‑26).  

Así pues, achacar a la Biblia una justificación religiosa para el expolio de la naturaleza significa desconocer la revelación del Dios creador y de la obra salida de sus manos.

                                                                                   José-Román Flecha Andrés