NUESTRA UTOPÍA PERSONAL
Con
la llegada del verano, por todas partes se puede contemplar el éxodo masivo
hacia el campo. ¿Quién no sueña con tenderse sin reloj en una hamaca a la
sombra de un árbol? Los más afortunados, parecen ser los que pueden regresar a
aquella aldea de la que salieron sus padres, antes de emigrar a la ciudad,
buscando trabajo, diversión y libertad. Todos dicen que por unas semanas es
necesario escapar de la esclavitud de la civilización para vivir sin los
compromisos que ella exige. ¡Qué encanto
el de la aldea!
Entre
sus inolvidables escritos, José María Cabodevilla nos entregó su libro “Feria
de utopías. Estudio sobre la felicidad humana”.
Allí
nos dejó escrito que “el rechazo de la civilización resulta tan viejo
como la misma civilización. Y es, además, un producto suyo muy típico… Nadie
debe ignorar que la alabanza de la vida campesina constituye una invención
característica de la ciudad. Bastó que el hombre se alejara lo bastante del
campo para que se le revelasen sus recónditas virtudes y ventajas, lo mismo que
basta llegar a la mayoría de edad para añorar aquella dicha inefable -e
irrecuperable- de los años infantiles… Solo se canta lo que se pierde”.
Cabría
preguntarse si el autor recordaba los conocidos versos en los que fray Luis de
León pregonaba en un susurro la belleza de la escondida senda de los pocos
sabios que en el mundo han sido, al tiempo que daba cuenta de su huerto
plantado en la ladera.
Cabodevilla
sugería una tarea que podría entretener alguna tarde de nuestro ocio veraniego:
“Si usted quiere cantar con acento convincente la belleza de un bosque de
eucaliptus, sitúese frente a un bloque de viviendas de cualquier barrio urbano.
Coja la pluma y empiece a escribir”
Pero,
de pronto, aquellas reflexiones inspiradas por la aguda crítica de Tomás Moro,
parecían situarse más allá de las vacaciones en la aldea montañera o de la
playa del desencuentro de multitudes acaloradas. Y el admirado escritor compartía
con el amable lector de sus observaciones un minuto de filosofía: “¡Qué
maravillas consigue la distancia! Difumina las aristas, borra cualquier
aspereza, lo aureola todo. Ya se sabe que la realidad es necesariamente
inferior a su imagen”.
Parece
un proverbio bíblico, revestido del sabio desengaño de Séneca. Pero es un
desafío tan saludable como descarado. Todos hemos planeado alguna vez un
descanso que terminó siendo fatigoso.
El papa León XIV ha dicho en la isla de Lampedusa: “Hay auténtico descanso allí donde se reencuentra el sentido de la vida”. Una escapada puede ser una evasión. Pero puede ser una ocasión para preguntarnos de qué percha queda colgada nuestra utopía personal. ¿Seremos capaces de contrastar con la realidad nuestras mejores fantasías?
José-Román
Flecha Andrés