LACOSECHA DE DIOS CRECE
En este momento vivimos en un mundo difícil. Son muchos
los frentes que se abren ante nuestros ojos. La corrupción y la violencia, la
agresividad y la guerra, el egoísmo y la incoherencia, la utilización de las
personas, la indiferencia ante el pobre, el aumento de los precios y el
desprecio de la naturaleza.
Ante ese panorama, son numerosas las propuestas técnicas
o publicitarias que desafían a la razón humana, a la responsabilidad social y
aun al sentido común.
Por supuesto, los ciudadanos que pretenden ser fieles a la
fe cristiana no pueden sentirse eximidos de esta convocatoria a repensar y
ofrecer una respuesta ética veraz y creíble.
Es cierto que el mayor problema se encuentra en la misma
fundamentación de los juicios morales. De todas formas, el relativismo, el
nominalismo y el emotivismo que marcan la cultura actual han de encontrar una
respuesta en la afirmación de la dignidad y la verdad última del ser humano.
Allá
por el siglo IV, San Gregorio Nacianceno reflexionaba sinceramente sobre su
propia responsabilidad: “Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar
a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz
para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado
para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia”.
Y,
andando los siglos, el cardenal Josef Ratzinger, futuro papa Benedicto XVI, diría
que “la cosecha de Dios crece. También hoy. Tampoco hoy es inútil que haya
hombres que tengan la osadía de pregonar la palabra, de ponerse del lado y al
servicio de la palabra. Que se atreven a oponerse a la avalancha, al torrente
del egoísmo, de la codicia, de la incontinencia, y alzan un dique para
detenerlo”.
Esa
osadía puede parecer inútil, pero el cardenal añadía: “En algún lugar madura en
silencio su sembrado. Nada es en balde. En lo oculto, el mundo vive del hecho
de que siempre ha habido quienes han creído, quienes han esperado y amado”.
Recordaba,
además, que el apóstol Pablo se enfrentó muchas veces a situaciones
desesperadas. Pero, gracias a la bondad de Dios, apareció lleno de alegría y de
una esperanza inquebrantable.
Pues
bien, “también el cristiano podrá, en medio de todos los desengaños,
experimentar con gozo profundo que los hombres viven, en una hondura protectora
y cobijadora, de su pobre y débil servicio. Que de esto vive el mundo. Y que,
en medio de una siembra, a veces descorazonadora, la cosecha de Dios crece”.
Es una buena lección para este momento. Las nubes son oscuras y la borrasca nos atemoriza. Pero queremos creer que ningún pensamiento bueno queda sin dar fruto. Queremos confiar en la esperanza.
José-Román Flecha Andrés