JUAN XXIII EN EL RECUERDO
“Espero
y acogeré sencilla y alegremente la llegada de la hermana muerte, según todas
las circunstancias con que el Señor tenga a bien enviármela”.
Estas
palabras fueron escritas por el papa Juan XXIII en Castelgandolfo, el día 12 de
septiembre de 1961. Evidentemente, era bien consciente de la realidad y de la
fatalidad de la muerte terrenal.
Al
año siguiente por esa misma fecha estaría a punto de presidir la apertura del
Concilio Vaticano II. Lo había anunciado por sorpresa el día 25 de enero de
1959, en la Basílica de San Pablo Extramuros.
Según
él, había llegado la hora de abrir las ventanas para que entrara un nuevo aire
en la Iglesia. Soñaba la unidad de los cristianos y esperaba un nuevo
Pentecostés. La verdad es que la Iglesia entera y medio mundo siguieron con
atención la preparación de aquel acontecimiento.
Sin
apagarse aún el eco de la llamada “crisis de los misiles”, el día 11 de abril
de 1963 se presentaba su famosa encíclica “Pacem in terris”. En ella insistía
en la urgente necesidad de promover la paz en el mundo y abolía de hecho el antiguo
principio de la guerra justa. Además, el Papa ofrecía a creyentes y no
creyentes una seria consideración sobre los derechos humanos y sobre los
deberes que los acompañan.
El
día 10 de mayo de aquel mismo año, Juan XXIII recibía el Premio de la Paz que
le concedía la
Fundación Internacional Eugenio Balzán. Terminada la
solemne ceremonia, de la entrega del premio, el Papa se encontraba con los
peregrinos en la basílica Vaticana y les decía, entre otras cosas:
“Que el
Premio de la Paz le sea concedido al humilde servidor de los siervos de Dios;
que una asamblea tan numerosa y tan calificada haya querido asociarse así a
este acontecimiento, da pábulo a dos reflexiones: una centrada sobre la persona
del Papa y otra sugerida por el cuadro majestuoso que ofrece esta reunión en la
Basílica Vaticana. Y conviene que todo concluya con el himno de acción de
gracias: Magnificat, magnificat anima mea Dominum!”.
Algunos de nosotros todavía recordamos que el Papa
presentaba ese día un aspecto lamentable. Sabemos que sus colaboradores más
cercanos insistían en decirle que se cuidara y que se “ahorrara” un poco más.
Se cuenta que él solía responder: “Y un papa que se ahorra, ¿para que puede
servir?”
Pues bien, en la tarde del día 3 de junio de 1963, moría
Angelo Giuseppe Roncalli, que como papa Juan XXIII había dado a toda la
comunidad cristiana un ejemplo impagable de coherencia y al mundo entero un
testimonio creíble de bondad.
A sesenta años de su muerte, no podemos olvidar el
valor de sus enseñanzas y el servicio evangélico que prestó a la Iglesia y al mundo
entero.