LA CARTA DE JUDAS
Sabemos
que existe un llamado Evangelio de Judas.
Hace unos años ese apócrifo, con notas de la herejía gnóstica, fue dado a
conocer al mundo por una revista de amplia y notoria difusión.
Pero
también existe una carta de Judas, que se presenta a sí mismo como “siervo de
Jesucristo y hermano de Santiago” y que desea paz y amor abundantes “a los que
son llamados y amados en Dios Padre y custodiados en Jesucristo”.
Seguramente
no hay que identificar a este autor con el apóstol Judas Tadeo que tanta
devoción suscita en nuestros días. De todas formas, parece que no son muchas
las personas que buscan en el Nuevo Testamento esta carta que se atribuye a
alguien que lleva el mismo nombre.
El
autor dice sentirse obligado a animar a los fieles a combatir por la fe,
transmitida de una vez para siempre a los santos. A ello le mueve el ver a
ciertos individuos “que han convertido en libertinaje la gracia de nuestro Dios
y rechazan al único Soberano y Señor Jesucristo”.
Ignorando
lo que pasó con los impíos de otros tiempos, estos “blasfeman contra todo
cuanto no conocen, e incluso se corrompen en lo que se aprende por instinto
como los animales”.
El
autor afirma que estos, que banquetean sin recato y se apacientan a sí mismos,
son una mancha en los ágapes de los creyentes. Son impresionantes las cuatro
imágenes que evoca para reflejar la impiedad que los caracteriza:
“Son
nubes sin lluvia que los vientos se llevan; árboles otoñales y sin frutos que,
arrancados de cuajo, mueren por segunda vez; olas encrespadas del mar que
arrojan la espuma de sus propias desvergüenzas; estrellas fugaces a las que
aguarda la oscuridad eterna de las tinieblas”.
Tras
citar algunos escritos apócrifos, escribe que esos “murmuradores y amigos de
querellas proceden como les da la gana y hablan pomposamente adulando a la
gente en beneficio propio”. Es más, estos individuos burlones que actúan según
los propios deseos de impiedad son los que crean discordias; son animales que
no tienen espíritu.
En
cambio, el autor exhorta a los hermanos a vivir en la fe y en la oración, movidos
por el Espíritu Santo, para mantenerse en el amor de Dios, aguardando la
misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna.
Además,
han de tener compasión con los que titubean, pero con cautela,
aborreciendo hasta el vestido que esté manchado por el vicio. Así darán
gloria a Dios, el único Salvador, que puede preservarlos de tropiezos y
presentarlos intachables y exultantes ante su gloria por medio de Jesucristo,
nuestro Señor.
Es significativo que la liturgia de las Horas haya reservado este vibrante mensaje precisamente para el último día del año litúrgico. Puede ser una buena lección para nuestro tiempo.
José-Román Flecha Andrés