DON DE ENTENDIMIENTO
Hoy no es fácil percibir el entendimiento
o la inteligencia como un don del Espíritu Santo. En nuestra sociedad se valora
sobre todo la inteligencia pragmática. Importa entender los objetos. No importa
tanto entender el por qué y el para qué del sujeto.
Además,
hoy se pregona el relativismo de todo lo que se puede conocer. Cada uno
pretende que es indiscutible su forma de entender el mundo, la persona, sus
derechos y deberes, así como los valores éticos.
El
sentido y el alcance de este don de entendimiento importa muy poco en una
sociedad que vive “el eclipse de Dios” y el desinterés por lo divino.
Según
la Biblia, el piadoso israelita sabía que si escuchaba los mandamientos de
Dios, recibiría la bendición del Señor. Ese era el gran privilegio que distinguía
a su pueblo.
Según el Nuevo Testamento, gracias a este
don de inteligencia, el creyente puede meditar en su corazón los misterios de
Dios, como María de Nazaret. Jesús preguntaba con frecuencia a sus discípulos
si entendían su mensaje. El relato pascual nos revela que no es lo mismo
entender las palabras del Maestro que aceptar su entrega.
Pues bien, este don de entendimiento es
el que reciben los discípulos de Emaús. Sentados a la mesa, ven que el
peregrino que había caminado con ellos, toma el pan, pronuncia la bendición, lo
parte y se lo entrega. Es entonces cuando se les abren los ojos y lo reconocen.
Con
todo, el Maestro no ha querido reservarse este don. Gracias a Jesús, los que le
siguen pueden llegar a conocer al Padre. De hecho, Jesús no considera a sus
discípulos como siervos sino como
amigos, a los que da a conocer todo lo que él ha oído a su Padre.
Con la fe, el Espíritu Santo concede a los
creyentes el don de entendimiento o de inteligencia, que los ayuda a acercarse
a la intuición de la verdad. Les concede esa contemplación de Dios que produce
impaciencia y confiere una mayor semejanza con él y también reposo y gozo en la
unión con él.
Como decía san Juan Pablo II, la luz del
Espíritu agudiza la inteligencia de las cosas divinas, pero hace también más
limpia y penetrante la mirada que se refiere a las cosas humanas. Gracias a
ella se ven mejor los numerosos signos que Dios nos ha ido dejando en su
creación.
En
fidelidad a su vocación profética, los creyentes están llamados a denunciar el conocimiento falso sobre
Dios y a promover una lectura crítica de los signos de los tiempos.
Al mismo tiempo, están llamados a anunciar la posibilidad de conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo. El entendimiento de las necesidades del mundo y de las propias capacidades puede ayudar a la persona a descubrir su vocación y a practicar las obras de misericordia.
José-Román Flecha Andrés