EL DERECHO A LA
ESPERANZA
El padre Pierre Teilhard de Chardin había dicho que su deseo
sería morir el día de la Resurrección. Y efectivamente murió en la ciudad de
Nueva York el día 10 de abril de 1955. Era el domingo de Pascua.
Han pasado sesenta y cinco años desde aquel domingo. Muchos
años, muchos amaneceres y muchas crisis. Poco tiempo después, la Iglesia
católica celebraría un Concilio, en el que resonaron algunas intuiciones de
aquel paleontólogo y pensador.
Al final de su libro “El medio divino”, Teilhard de Chardin dejó
una frase que habría de ser citada una y otra vez: “Cristianos, a sólo veinte siglos de la Ascensión, ¿qué habéis
hecho de la esperanza cristiana?”
Después del Concilio sería notable el auge de la Teología de
la Esperanza, debido a Ernst Bloch y Jürgen Moltmann, a Karl Rahner y Juan
Alfaro, entre otros. Testigo de aquel diálogo, el papa Benedicto XVI contribuiría
a mantener vivo el verdor de aquella planta con su encíclica “Spe Salvi”.
La esperanza es una actitud humana, como repetía con
frecuencia Laín Entralgo. El hombre es
por naturaleza un ser “elpídico”. Solo se aventura a plantar un manzano quien
desea “obligar a la aurora a nacer, a fuerza de esperar en ella”, como escribía
Rostand.
Para el cristianismo, la esperanza es, además, una de las
tres virtudes teologales, como sugiere Pablo de Tarso, ya en la primera de sus
cartas, dirigida a los fieles de Tesalónica.
Podemos esperar en Dios, porque sabemos que él va delante y
ha esperado y espera algo de nosotros. Pero el cristiano sabe que los dones de
Dios son siempre la chispa que enciende el fuego de una tarea.
La esperanza no es solo un sentimiento. Tampoco es un pesado
deber o una responsabilidad más. En la homilía pronunciada en la vigilia
pascual de este año 2020 el papa Francisco nos ha ofrecido una nueva clave. En el
pasmo de una Basílica Vaticana luminosamente vacía, el Papa nos ha pedido que no
nos dejemos arrebatar el derecho a la esperanza.
Eso era. Y eso ha de ser. Si es una cualidad que naturalmente
define, alimenta y orienta a la persona, la esperanza es un derecho humano
fundamental. Si la piedra del sepulcro ha sido removida y Jesucristo ha
resucitado, la esperanza cristiana es una dádiva que sobrepuja la más febril de
las fantasías y una tarea que sacude los bostezos de la acedia.
¿Qué hemos hecho de la esperanza? La pregunta que Teilhard de
Chardin dirigía a los cristianos sigue ahí. Y la respuesta depende de nosotros.
De cada persona, que se sabe creída, esperada y amada por Dios. De cada
discípulo que descubre que el sepulcro de Cristo está vacío. Y de cada movimiento y decisión de los que
han de retornar a Galilea, sabiendo que el Maestro se les adelanta y les
precede.
En las horas de somnolencia y en los días de tinieblas, en
las horas de tranquilidad y en los días de pandemia, la esperanza es un derecho
y un deber, es una promesa y una profecía, es una plegaria y un compromiso.
José-Román Flecha
Andrés