“Este es el Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo”
(Jn 1,29)
Señor
Jesús, muchas veces hemos leído y oído esa exclamación con la que Juan Bautista
te señalaba entre los peregrinos que acudían hasta él para hacerse bautizar en el Jordán.
Nos llama la atención la imagen con la que
eras identificado. Habríamos entendido que Juan te identificara con los buenos
pastores que habían anunciado los antiguos profetas.
Pero
aquel nuevo profeta, el mayor de los nacidos de mujer, como tú dijiste alguna
vez, no te identificó con los pastores esperados, sino con el Cordero de Dios.
Acaso
tu presencia le recordaba la antigua figura de Isaac, atado sobre la leña del
altar como el cordero que está a punto de ser sacrificado en holocausto en fiel
obediencia a Dios.
Tal
vez pensaba que habías sido ya elegido para ofrecer algún día tu vida, a la
misma hora en que eran sacrificados los corderos en el templo, en la víspera
nerviosa de la pascua.
Quién
sabe si Juan recordaba la pobre corderita que fue robada y sacrificada para
satisfacer la avaricia y la infamia de un rico prepotente, según la parábola
que Natán había contado al rey David.
En
todo caso, tú no eras visto como un
cordero más. Tú eras para Juan el Cordero de Dios. El Cordero único y
definitivo. El Cordero sobre el cual se depositaba el pecado del mundo, la
maldad del mundo, la náusea del mundo.
Y
así era. Así es. Y así será por los siglos. Solo tú puedes librarnos del peso
del gran pecado: el de no reconocer en ti el mensaje definitivo de Dios. El
pecado de no aceptarte como el verdadero mensajero de Dios.
Señor,
Jesús, hijo del Padre y hermano nuestro, ten piedad de nosotros. Ayúdanos a
reconocerte como el Salvador entre los muchos salvadores que se nos ofrecen. Y
carga sobre ti nuestro pecado.
Te
lo pedimos a ti que vives y reinas y nos compadeces por los siglos de los
siglos. Amén.
José-Román
Flecha Andrés
