lunes, 1 de agosto de 2016

CADA DÍA SU AFÁN 27 de agosto de 2016

                                               
                PERDONAR LAS INJURIAS

Perdonar es sin duda la más excelente entre las obras de misericordia espirituales.  Todos podemos y debemos estar dispuestos a perdonar. Y todos tendremos que ser perdonados muchas más veces de las que imaginamos.
A veces pensamos que pedir perdón nos humilla, al poner en evidencia nuestros fallos.    Nuestro orgullo nos impide aceptar el perdón.  Por otra parte, la disponibilidad para perdonar a quien nos ha ofendido revela nuestra generosidad y magnanimidad.  
El perdón ha de  brotar de la sinceridad y generosidad de la persona. Sólo entonces es un sentimiento y un gesto de humanidad que hace grande a la persona.  
Para la tradición de Israel el perdón es ante todo un don de Dios. Él se revela a Moisés como  “misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes” (Ex 34, 6-7).
 En las relaciones humanas, el perdón de las injurias es un valor ético y religioso. José perdona a sus hermanos el crimen que cometieron, al venderlo a unos mercaderes. El joven David perdona al rey Saúl que trata de darle muerte.
  Jesús incluye el perdón en la oración que enseña a sus discípulos: “Perdónanos como nosotros perdonamos”. El que ha dicho “perdonad y seréis perdonados”, invita a sus seguidores a perdonar al que se arrepiente. Él mismo perdona al paralítico, a una pecadora y a la mujer sorprendida en adulterio.
La enseñanza de Jesús sobre el perdón se encuentra recogida en el llamado sermón eclesial. Allí exhorta a Pedro a perdonar “ hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22). El mismo Jesús muere pidiendo el perdón para los que le han condenado a muerte. Y, una vez resucitado, confirma su elección a Pedro que por tres veces  había negado conocerlo.
Nuestra sociedad admite algunos desórdenes morales, pero después condena y desprecia a quienes los practican. Los discípulos de Jesús no podemos frivolizar el mal y el pecado. Pero hemos de estar dispuestos a perdonar al que ha faltado, si se muestra arrepentido y afronta las consecuencias de sus actos.
Ahora bien, la misericordia no es lo mismo que el buenismo irresponsable. La dignidad de la persona no puede ser burlada impunemente. Cuando nos ofenden contra toda justicia, estamos autorizados a reivindicar los derechos de que hemos sido privados. Así lo hizo san Pablo, encarcelado injustamente en la ciudad de Filipos (Hech 16, 37).
Sin embargo, siempre hemos de intentar mantener una sincera generosidad para conceder el perdón al que lo suplica. Es necesario un cuidadoso discernimiento para establecer la línea que separa la intransigencia de la tolerancia, y para promover la defensa de la dignidad humana del que ofende y del que es ofendido.
                                                      José-Román Flecha Andrés