LA TENTACIÓN
“No tentarás al
Señor, tu Dios”
(Lc 4,12)
Señor Jesús, algunos piensan que la
tentación implica siempre un pecado. Pero las gentes más sencillas saben que
tentar un instrumento o un animal significa ponerlo a prueba. Tú nos enseñaste
a pedir al Padre que no nos someta a la prueba. No podemos olvidar que somos
débiles. Por eso le rogamos que no nos abandone cuando nos vemos probados.
Por otra parte, nosotros mismos somos a veces
una tentación para nuestros hermanos.
Con nuestras palabras tratamos de hacerles ver el mal como un bien. Y con nuestro
comportamiento inadecuado les damos un ejemplo funesto que arrastra más que
todos los discursos y todas las lecciones.
Sin embargo, hemos de reconocer que también
tratamos de tentar a Dios. Lo sometemos a prueba. Nos ponemos en situaciones de
peligro y después pedimos que él acuda a liberarnos. Mentimos descaradamente y
esperamos que él venga a manifestar a los demás la verdad que nosotros hemos
ocultado o falseado.
Nuestra avaricia ha contribuido al
deterioro de la casa común y después culpamos a Dios de haber lanzado contra
nosotros los desastres naturales. Robamos a nuestros hermanos los medios
necesarios para subsistir y después blasfemamos contra Dios, afirmando que está
dejando morir a sus hijos.
Tu fuiste tentado por el espíritu del
mal. Fuiste sometido a pruebas para comprobar si eras Hijo de Dios como afirmabas. Los que te
miraban con recelo te ponían a prueba para ver si eras fiel a la Ley y para
invitarte a bajar de la cruz. Y hasta tus discípulos te tentaban para que
aceptaras el estilo mesiánico que ellos
esperaban de ti.
Señor Jesús, recordando las antiguas palabras del Deuteronomio, tú nos pides también hoy que no osemos tentar a nuestro Dios. Que tu Espíritu nos conceda sus dones para que aceptemos con humidad la voluntad divina y reconozcamos con generosa lealtad la dignidad humana de nuestros hermanos. Amén.
José-Román Flecha Andrés