LA FAMA Y EL HALAGO
“¡Ay
si todo el mundo habla bien de vosotros!””
(Lc 6,26)
Señor
Jesús, entre nosotros ha sido muy fuerte el deseo de alcanzar y mantener una
buena fama. Algunas personas del pasado no dudaron en inventarse una lista de
ilustres antepasados, para tratar de demostrar que procedían de un linaje
distinguido.
Y
cuando pensaban que ya podían gozar de un reconocido prestigio, muchos de esos
personajes trataron de mantenerlo, llegando
a invertir fuertes sumas de dinero, que
muchas veces no había sido conseguido por medios muy honestos.
Es
verdad que siempre ha habido excepciones. En la fachada de algún notable
palacio se puede leer un antiguo lema,
según el cual la nobleza de la familia no viene de la casa, sino que la casa la
recibe de los que en ella habitan.
En
tiempos no muy lejanos, llegaron a alcanzar una fama mundial algunos personajes
que después han sido condenados como dictadores y genocidas, como blasfemos
contra lo divino y como opresores de todo lo verdaderamente humano.
En nuestros días, la fama parece depender del
dinero que ha acumulado la persona. Un dinero que la capacita para difundir
ideas, para apoyar a un grupo u otro de presión, para determinar lo que ha de
considerarse como “políticamente correcto”.
Sin
embargo, tú nos has exhortado a vivir en la verdad y en la justicia, en la
humildad y en la sencillez. Por eso no consideras una bendición que las gentes
nos alaben y hablen siempre bien de nosotros.
La
adulación de las gentes y de quien se finge amigo es una trampa y una tentación
para quien la acepta sin someterla a un sereno discernimiento.
Para
alcanzar una buena fama solemos rebajar el nivel de la virtud. Por eso se
halagaba a los falsos profetas. Pero la verdad no puede ser prostituida.
Señor,
perdona el orgullo y la inseguridad que me llevan a buscar y aceptar los
halagos de los demás. Y ayúdame a reconocer y aceptar con humildad mi verdad
más profunda. Amen.
José-Román Flecha Andrés