lunes, 7 de febrero de 2022

CADA DÍA SU AFÁN 12 de febrero de 2022

 

                                                                         

ENTRE LA VERDAD Y LA FALSEDAD

“Nuestra religión es verdadera, pero nuestra manera de practicarla la hace parecer tan falsa…” Esta frase, tan aguda como interpelante, parece que se debe a Bruce Marsahll (1899-1987). Aquel célebre escritor escocés, convertido al catolicismo a sus dieciocho años, hizo de la religión católica uno de sus temas favoritos.

Al menos en este caso, esta observación es ciertamente muy atinada. Si nos escuece la franqueza de su autocrítica, siempre podemos encontrar un modo de disculparnos. Por ejemplo, podemos afirmar que algunos que dicen creer en la democracia la traicionan sin escrúpulo alguno.

Además, sin pretender escabullirnos y salirnos del tema, podemos llegar a  aducir que también los seguidores de otras religiones nos dan con alguna frecuencia una imagen bastante lamentable de las mismas.

Claro que la sabiduría popular lleva mucho tiempo afirmando que el mal de muchos solo consigue consolar a los tontos. De sabios es propia la prudencia. Y la reflexión sobre la coherencia del propio comportamiento.

Por otra parte, aunque nos entusiasma ese oficio de jueces, ya sabemos que nadie nos ha conferido la categoría necesaria para juzgar la coherencia de los demás, cuando la nuestra es tan dudosa

Nadie debería atreverse a decir que ama la verdad cuando es manifiesto que vive sin complejos, instalado cómodamente  en una vida que aparece amasada de mentiras tan vergonzosas.

Nadie deberá atreverse  a proclamar con solemnidad que ama apasionadamente la claridad de la luz cuando procura vivir en la oscuridad o, al menos, no hace demasiados esfuerzos para superarla. Nuestra incoherencia no convence a nadie.

Tiene razón el escritor al afirmar que nuestra religión es verdadera. Y lo es porque nos ofrece la enseñanza y el ejemplo de Aquel que se definía ante sus discípulos como la verdad y se presentaba ante el procurador romano  como testigo de la verdad.

Nuestra falsedad no solo es mendaz. Es tan ridícula como las que tratamos de vender como “mentiras piadosas”. Nuestra forma de practicar esa religión verdadera puede pecar de falsedad si con nuestras frecuentes “verdades a medias” negamos de hecho la valía y la fuerza de la “verdad total”.

Ahora bien, hay momentos en los que la fidelidad a la verdad puede llegar a costarnos un enorme sacrificio. Es evidente que el testimonio no es gratuito. No debemos olvidar que en la lengua griega, de la que viene nuestra cultura, el testigo se llama “mártir”.

Entre tanto, podemos ir haciendo sencillos y cotidianos ejercicios de entrenamiento. A defender la verdad en la hora más dramática de la vida se aprende siendo coherentes un día y otro día. Siendo verdaderos ante Dios, ante los demás y ante nosotros mismos. 

                                                      José-Román Flecha Andrés