ENTRE LA VERDAD Y LA FALSEDAD
“Nuestra religión es verdadera, pero
nuestra manera de practicarla la hace parecer tan falsa…” Esta frase, tan aguda
como interpelante, parece que se debe a Bruce Marsahll (1899-1987). Aquel
célebre escritor escocés, convertido al catolicismo a sus dieciocho años, hizo
de la religión católica uno de sus temas favoritos.
Al menos en este caso, esta observación
es ciertamente muy atinada. Si nos escuece la franqueza de su autocrítica,
siempre podemos encontrar un modo de disculparnos. Por ejemplo, podemos afirmar
que algunos que dicen creer en la democracia la traicionan sin escrúpulo
alguno.
Además, sin pretender escabullirnos y
salirnos del tema, podemos llegar a aducir
que también los seguidores de otras religiones nos dan con alguna frecuencia
una imagen bastante lamentable de las mismas.
Claro que la sabiduría popular lleva mucho
tiempo afirmando que el mal de muchos solo consigue consolar a los tontos. De
sabios es propia la prudencia. Y la reflexión sobre la coherencia del propio
comportamiento.
Por otra parte, aunque nos entusiasma
ese oficio de jueces, ya sabemos que nadie nos ha conferido la categoría
necesaria para juzgar la coherencia de los demás, cuando la nuestra es tan
dudosa
Nadie debería atreverse a decir que ama
la verdad cuando es manifiesto que vive sin complejos, instalado cómodamente en una vida que aparece amasada de mentiras
tan vergonzosas.
Nadie deberá atreverse a proclamar con solemnidad que ama apasionadamente
la claridad de la luz cuando procura vivir en la oscuridad o, al menos, no hace
demasiados esfuerzos para superarla. Nuestra incoherencia no convence a nadie.
Tiene razón el escritor al afirmar que nuestra
religión es verdadera. Y lo es porque nos ofrece la enseñanza y el ejemplo de Aquel
que se definía ante sus discípulos como la verdad y se presentaba ante el
procurador romano como testigo de la
verdad.
Nuestra falsedad no solo es mendaz. Es
tan ridícula como las que tratamos de vender como “mentiras piadosas”. Nuestra
forma de practicar esa religión verdadera puede pecar de falsedad si con
nuestras frecuentes “verdades a medias” negamos de hecho la valía y la fuerza de
la “verdad total”.
Ahora bien, hay momentos en los que la
fidelidad a la verdad puede llegar a costarnos un enorme sacrificio. Es
evidente que el testimonio no es gratuito. No debemos olvidar que en la lengua
griega, de la que viene nuestra cultura, el testigo se llama “mártir”.
Entre tanto, podemos ir haciendo sencillos y cotidianos ejercicios de entrenamiento. A defender la verdad en la hora más dramática de la vida se aprende siendo coherentes un día y otro día. Siendo verdaderos ante Dios, ante los demás y ante nosotros mismos.
José-Román Flecha Andrés