UN HUMILDE PESCADOR
“Maestro,
hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada;
pero
por tu palabra, echaré las redes”
(Lc 5,5)
Señor
Jesús, el relato evangélico de la “pesca milagrosa”, más que de los peces nos
habla de ti. Tuya es la iniciativa de subir a la barca, de pedirle a Simón
Pedro que se adentre en el lago y de sugerirle una nueva tentativa de pesca.
Es
admirable la docilidad con la que Pedro escucha tu voz y sigue tus
indicaciones. Este avezado pescador
conoce bien las corrientes de agua y los bancos de peces que puede encontrar en
el lago. Es muy consciente de las horas en las que la faena puede dar buen resultado.
Y, sin embargo, no duda en reconocerte como Maestro.
No
hacía mucho que se había encontrado contigo. Pero ya había llegado a entender
que su experiencia valía muy poco ante la amplitud y la riqueza de tu
sabiduría. Es conmovedora la sencillez con la que reconoce su fracaso. Él y sus
compañeros han estado faenando toda la noche y no han pescado nada.
Tú
sabes que con demasiada frecuencia nosotros nos evaluamos a nosotros mismos por
las iniciativas que hemos tomado y por el esfuerzo que hemos invertido para
llevarlas a cabo. Presumimos del empeño que hemos puesto en nuestros proyectos.
Exponer a los demás nuestro trabajo crea en nosotros una íntima satisfacción.
Pero
la misma palabra “satisfacción” esconde una dramática ambigüedad. En realidad, significa ese contento que nos
produce la convicción de haber “hecho lo que basta” para alcanzar un objetivo.
Pero muy pocas veces nos preguntamos si hay algo que baste para ser y no solo
para hacer o tener.
Señor,
me alegra saber que Simón Pedro fue humilde para reconocer su fracaso y entender
que puso toda su confianza en ti. Hoy te ruego que perdones mi arrogancia, que
me ayudes a reconocer mis fallos y a escuchar tu palabra. Solo tus sugerencias
pueden ayudarme a conseguir los frutos deseados para la vida del mundo. Así sea.
José-Román Flecha Andrés