ENTERRAR A LOS MUERTOS.
1. Enterrar
a los muertos es el último acto de servicio que podemos prestarles. Este acto
tan importante ha definido siempre la cultura de un pueblo. De una forma o de
otra, el respeto a los difuntos denota el respeto que en ella se concede a la
persona.
El
poeta León Felipe reflejó la incomodidad que nos produce la rutina cuando se
apodera de los ritos del enterramiento: “Para enterrar a los muertos como
debemos cualquiera sirve, cualquiera…menos un sepulturero”.
Hoy,
este acto es utilizado a veces para hacer propaganda de las ideas y proyectos
de un partido. En un mundo del consumo, los funerales se convierten en una
actividad propicia para hacer negocios o para suscitar un cierto morbo colectivo.
2.
La Palabra de Dios no podía ignorar un acto que constituye un homenaje a los
muertos. Abraham se preocupa por comprar en Hebrón una sepultura para enterrar
a su esposa Sara. Allí será sepultado él por Isaac e Ismael y también lo será Isaac. Jacob entierra a
Raquel a las afueras de Belén y él pide a sus hijos que no dejen su cadáver en
Egipto.
Para
ensalzar la virtud de Tobit se cuenta que daba sepultura a los hijos de su
pueblo, deportados en Nínive, aunque esa compasión le mereciera denuncias y
persecución. Entre los consejos que el anciano Tobit ofrece a su hijo está el
de dar a su padre y a su madre una digna sepultura.
3.
Por otra parte, Jesús critica la falsa devoción de los que honran los sepulcros
de los profetas, pero no siguen sus enseñanzas (cf. Mt 23,29).
Los
evangelios describen el cuidado y devoción con que algunos amigos y discípulos
de Jesús, lo sepultaron al acercarse el descanso sabático. Por esa razón,
pasado ya el sábado, las mujeres pretenden completar los ritos del sepelio. Es
importante subrayar que precisamente esta decisión es la que favorece la
manifestación del Señor resucitado.
4.
En nuestros tiempos, la acción de enterrar o incinerar a los muertos es una
obligación ya determinada por las leyes.
Sin embargo, si el “qué” se encuentra ya legalizado, todavía se puede reflexionar
sobre “cómo” realizar este servicio final.
Para
los cristianos, el modo de enterrar a los muertos puede y debe ser un gesto
profético. Por él anunciamos el triunfo de la vida sobre la muerte y denunciamos
la manipulación de la vida y de la muerte.
5.
Los funerales cristianos han de dar testimonio de la fe en la resurrección y han de ser una ocasión para anunciar,
celebrar y servir el “evangelio de la vida”. Han de ser un signo de la esperanza cristiana. Y han de suscitar gestos
para ejercer la caridad con la familia
del difunto.
En consecuencia, un funeral puede convertirse en un signo de la importancia y la vigencia de las virtudes teologales en la vida cristiana.
Jose-Román Flecha Andrés