TODO SE PIERDE CON LA GUERRA
El día 23 de agosto de
1939 se había firmado en Moscú el Tratado de
no Agresión entre Alemania y la Unión Soviética, también conocido como Pacto
Ribbentrop-Mólotov. Entre sus cláusulas secretas estaba el reparto de Polonia
entre ambas potencias, así como la incorporación de Finlandia y de las
repúblicas bálticas por parte de Rusia.
Ante esa provocación, la noche del jueves 24 de agosto de
1939 el papa Pío XII dirigió un apremiante radiomensaje “a todo el mundo” sobre
el inminente peligro de guerra.
En aquella hora tan grave, deseaba
transmitir la voz de Cristo a los gobernantes, a los hombres de la política, de
las armas y de la comunicación y a todos los que tenían autoridad sobre el
pensamiento y la acción de sus hermanos y responsabilidad por su suerte.
Percibía el Papa que
la tensión de los espíritus era tan fuerte que parecía inminente el
desencadenarse del tremendo torbellino de la guerra. Por eso dirigía una
paternal y cálida llamada a los gobernantes y a los pueblos. A todos les recordaba
tres datos de la experiencia universal:
• La justicia se abre camino con la fuerza de la razón,
no con la fuerza de las armas.
• Los imperios que no se fundamentan sobre la justicia no
son bendecidos por Dios.
• La política que se emancipa de la moral traiciona a los
mismos que así la quieren.
Tras la memoria
del pasado, Pío XII atraía la atención del mundo hacia el presente: “El peligro
es inminente, pero todavía hay tiempo. Nada se ha perdido con la paz. Todo
puede perderse con la guerra”.
Como extrayendo la consecuencia inmediata de aquella
amenaza, el Papa sugería unas medidas
para asegurar un futuro de paz:
• “Que vuelvan los hombres a entenderse. Que vuelvan a
tratar. Tratando con buena voluntad y con respeto a los recíprocos derechos, se
darán cuenta de que a las sinceras y prácticas negociaciones nunca se les
cierra un éxito honorable”.
• “Se sentirán grandes, con la verdadera grandeza, si,
imponiendo silencio a las voces de la pasión, tanto colectiva como privada, y
admitiendo el imperio de la razón, ahorran la sangre de los hermanos y la ruina
de la patria”.
Aquel Papa con vena de poeta, clamaba aquella noche: “Que
nos escuchen los fuertes para no convertirse en débiles en la injusticia. Que
nos escuchen los poderosos, si quieren que su poder no sea destrucción sino
sostén para los pueblos y tutela para la tranquilidad en el orden y en el
trabajo”.
Lo suplicaba por la sangre de Cristo, sabiéndose apoyado por los rectos de corazón que tenían hambre y sed de justicia. Y pedía oraciones para que la gracia del Señor aplacara las iras, reconciliara los ánimos y adelantara la aurora de un futuro más sereno. Son razones y deseos que han de retornar en cada época de la historia.
José-Román Flecha Andrés