BENEDICTO XVI
De nuevo han sido ofrecidos a la opinión pública algunos
supuestos sobre presuntas responsabilidades del cardenal Joseph Ratzinger. A
esos informes ha respondido el papa
emérito Benedicto XVI con un carta que
ha suscitado una gran cantidad de comentarios de un signo y de otro.
En ella manifiesta una
vez más que no tuvo conocimiento de los abusos cometidos por sacerdotes durante
su breve episcopado al frente de la diócesis de Munich.
Sin embargo, haciendo suya la confesión comunitaria de pecado
que se recita al principio de la misa, el Papa emérito manifiesta su dolor y su
vergüenza y pide perdón por la "grandísima culpa" de los abusos y de
los errores que se han cometido en este campo.
Por supuesto, como a cualquier persona, también a él ha de
amparar la presunción de inocencia. Como ante cualquier persona es obligatorio
medir las palabras y los silencios para no dar a entender lo que no responde a
la realidad de los hechos. Como ante cualquier persona, la dignidad humana
exige de todos extremar el respeto para no poner en peligro su credibilidad.
En estos momentos el juicio de los hombres parece querer anticiparse
al juicio de Jesucristo, al que el Papa emérito alude en su carta. Es
impresionante la fe que manifiesta, esa profunda y humilde confesión personal y
la confianza con la que contempla la proximidad de la muerte.
Al leer esta carta, es
preciso recordar todo lo que el teólogo Joseph Ratzinger aportó al Concilio Vaticano II. Y hay que
agradecer su enorme y preciosa contribución posterior a la reflexión teológica,
a la vida de la Iglesia y al diálogo con la cultura y con el sentir de toda la
humanidad.
Durante su encuentro con los párrocos y
sacerdotes de la diócesis de Roma, el jueves
22 de febrero de 2007, decía Benedicto XVI que es necesario cultivar
algunas virtudes como la gratitud, la paciencia y la aceptación incluso de los
sufrimientos, que son inevitables.
Y añadía que eso es también necesario en la comunidad de la
Iglesia: “También los diversos niveles de la jerarquía —desde el párroco
al obispo, hasta el Sumo Pontífice— deben tener juntos un continuo intercambio
de ideas, deben promover el coloquio para encontrar juntos el camino
mejor”.
El mismo año, en la basílica de Mariazell,
en Austria, decía algo que
reflejaba su categoría espiritual: “Escuchar a Dios y obedecerle no
tiene nada que ver con una constricción desde el exterior y con una pérdida de
sí mismo. Solo entrando en la voluntad de Dios alcanzamos nuestra verdadera
identidad”.
Finalmente, en su carta “Porta fidei”, nos decía que la fe implica un testimonio y un compromiso público. “Por ser un acto de la libertad, la fe exige también la responsabilidad social de lo que se cree”. Y Benedicto XVI ha sido consecuente con su creencia.
José-Román Flecha Andrés