El TIEMPO DE LA ANTORCHA
“Si
la esperanza se apaga y la Babel se comienza, ¿qué antorcha iluminará los
caminos en la tierra?” Tenía veinte años cuando Federico García Lorca incluyó
esos versos en el romance de su “Canción otoñal”.
Ha
pasado más de un siglo desde aquel mes de noviembre de 1918, pero la pregunta
sigue teniendo el valor que siempre tuvo. El valor y el significado. El valor y
la interpelación. Porque la esperanza no es prescindible. La esperanza en un
ingrediente fundamental de la humanidad.
Pedro
Laín Entralgo diría unos años más adelante que el ser humano necesita esperar y
ser esperado. Pero en nuestra sociedad tenemos la tentación de cosificar esa
tendencia. Trabajo nos ha costado comprender que “creer que algo” ha sucedido o
va a suceder no es lo mismo que “creer en alguien”.
Y
tal cual ocurre con la esperanza. No acabamos de comprender que “esperar algo”
no es lo mismo que “esperar a alguien”. Es cierto que en ambos casos nos
situamos en una posición de aguardo que, por sí misma exorciza y aleja de
nosotros el temor. Pero no anula el deseo ni extingue el anhelo.
La
atención del que cree en algo o en alguien y el nerviosismo del que espera algo
o espera a alguien no pueden sumir a la persona en una pasividad somnolienta y
desentendida. Ambas actitudes, tal vez momentáneas, están llamadas a
convertirse en hábitos y, finalmente en virtudes.
Los
cristianos las calificamos como virtudes “teologales”. Y no solo porque tengan
a Dios (Theós) como destino, sino porque lo reconocemos como sujeto y origen de
esa pasión. Creemos en Dios porque él ha creído en nosotros. Esperamos a Dios
porque él nos espera. Cree y espera porque ama.
Y
como el amor es siempre activo y generador de vida, sabemos que creer es crear y que esperar es operar. Al igual
que las “obras son amores, y no buenas razones”, así la fe se manifiesta en el
compromiso y la esperanza en el testimonio, que en griego se dice “martiría”.
Decimos
que el Adviento es tiempo de esperanza. Habrá que velar para que esta Babel no nos
fije solo en las cosas, que al final terminan por “acosarnos”. El Adviento es
un tiempo cuasi sacramental de espera humana a lo divino y de esperanza divina
de quien se ha enamorado de lo humano.
No
podemos limitarnos a esperar regalos y sorpresas. No debemos vivir el aguardo
entre la rutina y la simple “ilusión”, que siempre significa engaño, según
dicen. Estamos llamados a esperar la manifestación de lo divino en el escenario
del “gran teatro del mundo”.
El
Adviento enciende nuestra antorcha. No olvidemos que la Navidad no es una
fiesta como otras. Celebramos que Dios se ha hecho hombre para que los humanos
lleguemos a ser divinos. Con razón nuestros abuelos decían que “se armó la de
Dios es Cristo”. ¡Pues eso y nada menos!